BEN AF­FLECK

AC­TOR Y DI­REC­TOR. La es­tre­lla de Holly­wood di­ri­ge Ar­go, su ter­ce­ra pe­lí­cu­la, que na­rra el asal­to en 1979 a la em­ba­ja­da de Es­ta­dos Uni­dos en Teherán, en ple­na re­vo­lu­ción ira­ní.

Tiempo - - CULTURA - POR GLO­RIA SCO­LA (To­ron­to)

“Clint East­wood es mi mo­de­lo, aun­que sea re­pu­bli­cano”

es­tá con­ten­to y se le no­ta, por­que sa­be que ha di­ri­gi­do una mag­ní­fi­ca pe­lí­cu­la. Ben Af­fleck (Bos­ton, 1969), ga­na­dor del Os­car jun­to a Matt Da­mon por el guion de El in­do­ma­ble Will Hun­ting, es un po­li­fa­cé­ti­co ac­tor que des­de que die­ra el pa­so a la di­rec­ción (Adiós, pe­que­ña, Adiós; The Town) es­tá con­si­de­ra­do co­mo uno de los di­rec­to­res más in­tere­san­tes del mo­men­to. En Ar­go, pre­sen­ta­da en el fes­ti­val de To­ron­to (y, pos­te­rior­men­te, en el de San Se­bas­tián), na­rra có­mo en el pun­to cul­mi­nan­te de la re­vo­lu­ción ira­ní, el 4 de no­viem­bre de 1979, unos mi­li­cia­nos asal­tan la em­ba­ja­da de EEUU en Teherán to­man­do a 52 rehe­nes. Seis di­plo­má­ti­cos nor­te­ame­ri­ca­nos son es­con­di­dos en la re­si­den­cia del embajador ca­na­dien­se y un agen­te de la CIA (Af­fleck) tra­za un in­creí­ble y arries­ga­do plan pa­ra sa­car­los de Irán. Ar­go no es so­lo una pe­lí­cu­la muy en­tre­te­ni­da, sino que, in­te­li­gen­te­men­te y de for­ma bre­ve, us­ted si­túa al es­pec­ta­dor ex­pli­can­do lo que es Irán, la an­ti­gua Per­sia, quié­nes fue­ron el Sha, Jo­mei­ni... po­nien­do to­do en con­tex­to. Un ata­que mag­ní­fi­ca­men­te fil­ma­do por el di­rec­tor de fotografía Ro­dri­go Prieto, bue­nas in­ter­pre­ta­cio­nes, hu­mor, ten­sión... y, so­bre to­do, có­mo el embajador ca­na­dien­se se ju­gó el ti­po. Es ver­dad. Pa­ra mí es­ta pe­lí­cu­la es: “Gra­cias, Ca­na­dá”. Nos sal­va­ron, y me ale­gro de que es­té ahí. El fil­me ha te­ni­do una gran ova­ción en To­ron­to. Y ya se ha­bla de po­si­bi­li­da­des pa­ra el Os­car. ¿Có­mo se lo to­ma? La ova­ción fue fan­tás­ti­ca. Con­fie­so que me emo­cio­né. Tien­do a pen­sar: “Les ha gus­ta­do de for­ma ac­ci­den­tal y a los de­más no les gustará”, pe­ro aho­ra mi úni­ca me­ta es es­tre­nar la pe­lí­cu­la. Quie­ro que la gen­te la vea. No as­pi­ro a pre­mios, sino a que la pe­lí­cu­la se vea. Co­mo di­rec­tor, lo más im­por­tan­te es no caer­te del árbol en el bos­que. Ya me ha pa­sa­do: po­nes to­do tu tiem­po y energía... y na­die ve tu pe­lí­cu­la. Así que es­toy desean­do sa­lir y ha­cer to­do el tra­ba­jo po­si­ble, ir a ciu­da­des en EEUU, en Eu­ro­pa... Ar­go no tie­ne un gé­ne­ro de­ter­mi­na­do; no es de ase­si­nos en se­rie, o de ro­bots, co­mo esas pe­lí­cu­las ma­ra­vi­llo­sas que se ha­cen en Holly­wood y es fá­cil de­cir­le al pú­bli­co de qué van. Cuan­do me pre­gun­tan: “¿De qué va tu pe­lí­cu­la?”, ten­go que de­cir: “En 1979 la em­ba­ja­da ame­ri­ca­na en Teherán fue ata­ca­da, bla, bla, bla...” [son­ríe]. Afor­tu­na­da­men­te War­ner Brot­hers son los me­jo­res ven­dien­do sus pe­lí­cu­las, así que me he pues­to en sus ma­nos. Aquí se ve la co­ne­xión en­tre Holly­wood y la po­lí­ti­ca. ¿Có­mo ve esa re­la­ción? Lo que me gus­tó, y eso lo in­tro­du­jo el guio­nis­ta Ch­ris Te­rrio, es que aquí se ha­bla del po­der que te pro­por­cio­na con­tar his­to­rias y có­mo lo uti­li­za­mos. La cá­ma­ra es más po­de­ro­sa que un ar­ma. Eso lo ve­mos con YouTu­be. Pue­des ma­sa­crar a 300 per­so­nas en Si­ria y si na­die lo ve, no pa­sa na­da. Sin em­bar­go, si ves a una mu­jer aba­ti­da a ti­ros en una ma­ni­fes­ta­ción en Irán es in­creí­ble­men­te po­ten­te. Así que uti­li­zan­do es­to y la cá­ma­ra ves esa idea de que el tea­tro po­lí­ti­co, la pro­pa­gan­da, es igual en sus raí­ces al he­cho de con­tar his­to­rias. Al con­tar his­to­rias creas una na­rra­ti­va de

“Mi pe­lí­cu­la ha­bla so­bre el po­der que pro­por­cio­na con­tar his­to­rias. La cá­ma­ra es más po­de­ro­sa que un ar­ma”

quién crees que eres y ves el ori­gen de có­mo crea­mos po­der, y me en­can­ta có­mo es­ta pe­lí­cu­la ex­plo­ra eso. El en­tre­te­ni­mien­to y las no­ti­cias se su­per­po­nen, ca­si no se pue­den dis­tin­guir. Ves la pre­sen­cia de Holly­wood en la po­lí­ti­ca, por­que la gen­te en Holly­wood son con­ta­do­res de his­to­rias y los po­lí­ti­cos bus­can mol­dear una na­rra­ti­va pa­ra dis­tin­guir­se de los otros. Tam­bién se ha­bla del ci­nis­mo en Holly­wood. To­do el que tra­ba­ja en Holly­wood sa­be que tie­ne que ser un po­co cí­ni­co. John Way­ne tra­ba­jó con in­fi­ni­dad de di­rec­to­res y pen­sa­ba: “Es­tos idio­tas...”. Nos to­ma­mos Holly­wood tan en se­rio... Pe­ro es un si­tio lleno de gen­te am­bi­cio­sa in­ten­tan­do con­tar una his­to­ria.

Ha­ce dos años pa­re­cía que su ca­rre­ra su­fría un ba­che, y aho­ra, una gran re­mon­ta­da.

Sí. A mí me apa­sio­na mi pro­fe­sión, mi ca­rre­ra, y siem­pre en­ten­dí que no se­ría fá­cil. Ha­cía cas­tings y no me co­gían en aque­llos pa­pe­les que que­ría ha­cer, y pen­sa­ba que ten­dría más opor­tu­ni­da­des. Cuan­do mi­ro las ca­rre­ras de los de­más, siem­pre han si­do co­mo un va­lle, con al­ti­ba­jos. Te­nían co­sas que fun­cio­na­ban y otras que no. Así que yo es­ta­ba con­ten­to de las pe­lí­cu­las que no fun­cio­na­ron, pe­ro me di­je: “Ten­go que ha­cer­lo me­jor. Ten­go que sa­lir de es­te agu­je­ro”. Es­te ne­go­cio es muy pe­lia­gu­do. Eres tan bueno co­mo tu úl­ti­ma pe­lí­cu­la, y si tu úl­ti­ma pe­lí­cu­la fun­cio­na, la gen­te di­ce: “Hey, fe­no­me­nal”. Y si no fun­cio­na, la gen­te en las fies­tas ha­ce co­mo que no te ve. Pe­ro yo lo pre­fie­ro así. Aun­que ha­ya mo­men­tos de do­lor y de­cep­ción, pre­fie­ro eso que al­go más cons­tan­te, por­que lo que quie­ro es me­jo­rar.

Creo que East­wood es su mo­de­lo a se­guir. ¿ Ha ha­bla­do con él so­bre di­rec­ción?

He ha­bla­do con él un po­co. Des­de lue­go que lo ten­go co­mo un mo­de­lo, un icono. Ha di­ri­gi­do unas 38 pe­lí­cu­las, ¿te lo pue­des creer? Eso es co­mo en el vie­jo sis­te­ma de es­tu­dios, don­de los di­rec­to­res iban seis se­ma­nas y ha­cían 70 pe­lí­cu­las, por­que no edi­ta­ban, no ha­cían na­da más. Clint East­wood es in­creí­ble. Cuan­do yo es­ta­ba ha­cien­do The Town en War­ner, ha­blan­do con los téc­ni­cos, de re­pen­te vi que to­do el mun­do se ca­lla­ba. Me di la vuel­ta y Clint East­wood ha­bía en­tra­do. Le di­je: “¡Ho­la, Clint! Pa­sa”. Y me con­tes­tó [imi­tán­do­le]: “¡So­lo pa­sa­ba por aquí! ¿Qué ha­ces?”. Le di­je: “Una pe­li de po­li­cías y la­dro­nes”. Y di­jo: “¡Oh, yo he he­cho va­rias!” [Ríe].

Pe­ro él es re­pu­bli­cano, y us­ted, de­mó­cra­ta.

Sí, pe­ro no soy de los que pien­sa que uno no pue­de so­cia­li­zar con gen­te de dis­tin­ta ideo­lo­gía. Una de las co­sas más sa­lu­da­bles es que no ha­ya so­lo un par­ti­do. De he­cho, me gus­ta­ría que hu­bie­ra más de dos.

¿Ha vis­to su dis­cur­so ata­can­do a Ba­rack Oba­ma?

No en di­rec­to, y to­do el mun­do de­cía: “Se vol­vió lo­co en el es­ce­na­rio”. Pe­ro lo vi des­pués y pen­sé: “No creo que es­té tan lo­co”. Es ver­dad que pu­so esa si­lla va­cía co­mo si ha­bla­ra con Oba­ma, y qui­zá si yo hu­bie­ra es­ta­do allí, ha­bría pen­sa­do que es­ta­ba lo­co.

¿Se­gui­rá di­ri­gien­do?

Me en­can­ta­ría. Quie­ro se­guir ac­tuan­do y di­ri­gien­do. Am­bas co­sas.

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