Fri­da, Si­mo­ne y yo

Tiempo - - 540 CARACTERES - EL MUN­DO DE CE­CI­LIA G. Mi nom­bre es Ce­ci­lia, pe­ro to­dos me co­no­cen co­mo Lía. Un buen apo­do pa­ra al­guien co­mo yo. Mu­jer, pe­rio­dis­ta, trein­ta­ñe­ra y con una vi­da muy con­fu­sa.

leo en un pe­rió­di­co que a Fri­da Kah­lo nun­ca le im­por­tó que su ma­ri­do, Die­go Ri­ve­ra, fue­ra un eterno mu­je­rie­go. La úni­ca aven­tu­ra que no le per­do­nó fue la que tu­vo con su pro­pia her­ma­na. Y eso lo en­tien­do, por­que yo ten­go una her­ma­na y creo que tam­po­co se lo hu­bie­ra per­do­na­do. Va­le que yo ten­ga mal gus­to con los hom­bres, pe­ro ¿que tam­bién lo ten­ga ella?

Dos días des­pués, leí en otro pe­rió­di­co que Si­mo­ne de Beau­voir, la au­to­ra de El se­gun­do se­xo y una de las mu­je­res que más ad­mi­ro, ha­bía so­por­ta­do con es­toi­cis­mo las dis­tin­tas in­fi­de­li­da­des de Jean Paul Sar­tre. So­por­ta­do, pac­ta­do o co­mo lo que­ra­mos lla­mar, ya que ella a su vez ha­bía he­cho lo pro­pio con dis­tin­tos aman­tes. Igual que Fri­da.

Men­ciono es­tos dos epi­so­dios por­que des­de ha­ce va­rios días ron­da por mi ca­be­za una idea in­con­fe­sa­ble. Y no me re­fie­ro a ir a ver el mu­si­cal Son­ri­sas y lá­gri­mas.

Jai­ro me ha­bía en­via­do unos 20 men­sa­jes al mó­vil. In­sis­tía en ver­nos, me de­cía que te­nía­mos mu­chas co­sas de qué ha­blar y que es­ta­ba muy gua­pa. Ig­no­ran­do lo ob­vio, es de­cir, que es­ta­ba muy gua­pa, ac­ce­dí a ver­le. No sé por qué lo hi­ce. Des­pués de lo que me cos­tó dar­le a la te­cla del es­ca­pe, allí es­ta­ba otra vez. -¿Có­mo es­tás? Con mi cre­ci­do ego de mu­jer desea­da por dos hom­bres, me die­ron ga­nas de con­tes­tar­le: “¿No lo ves?, bue­ní­si­ma”, pe­ro di­je: -Bien y ¿tú? -¿Qué hay en­tre tú y Ar­tu­ro? -¿Aca­so no es ob­vio? -¿Vais en se­rio? -De­fi­ne se­rio -Se­rio. -¡Qué ri­que­za de vo­ca­bu­la­rio! -Lía... -No ten­go por qué dar­te ex­pli­ca­cio­nes.

-Tie­nes ra­zón –di­jo mien­tras me co­gía la mano.

-No sé por qué he ve­ni­do –di­je en un ata­que de rea­lis­mo que ni el pin­tor An­to­nio Ló­pez. -Yo sí lo sé. -Va­ya, aho­ra eres adi­vino. Mien­tras me le­van­ta­ba, Jai­ro me co­gió la ca­ra. Yo te­nía dos op­cio­nes: ha­cer­le la co­bra o de­jar­me lle­var. Por su­pues­to, es­co­gí la in­co­rrec­ta. Sa­bía que era un error, que no le po­día ha­cer eso a Ar­tu­ro.

Per­ma­ne­ci­mos un ra­to be­sán­do­nos. Co­mo dos quin­cea­ñe­ros en un bar des­tar­ta­la­do lleno de noc­tur­ni­dad y ale­vo­sía. Lle­gué a ca­sa dos ho­ras más tar­de. En mi mó­vil ha­bía va­rias lla­ma­das per­di­das de Ar­tu­ro y un men­sa­je de Jai­ro. Y en­tre los dos, es­co­gí lla­mar a mi ami­ga Ma­ría. Era co­mo Ma­cGy­ver, te­nía una so­lu­ción pa­ra to­do.

-Lía, no te sien­tas cul­pa­ble. Es­ta­mos en el si­glo XXI, las mu­je­res so­mos in­de­pen­dien­tes, se­gu­ras. Que­re­mos un amor pa­ra

“Me co­gió la ca­ra y yo te­nía dos op­cio­nes: ha­cer­le la co­bra o de­jar­me lle­var. Es­co­gí la in­co­rrec­ta”

to­da la vi­da por­que el es­te­reo­ti­po cul­tu­ral es­tá ahí, pe­ro, ¿y si no fue­ra ne­ce­sa­rio? Quie­ro de­cir, ¿y si lo que tú ne­ce­si­tas es una re­la­ción fle­xi­ble, don­de pue­das dis­fru­tar de la pasión de Jai­ro y la es­ta­bi­li­dad de Ar­tu­ro? -¿Pue­do ha­cer eso? -No lo sé. ¿Quie­res? Voy más allá: ¿y si pu­die­ras es­ta­ble­cer con Ar­tu­ro unas re­glas y pu­die­rais dis­fru­tar de otras per­so­nas?

Ma­ría pa­re­cía tan se­gu­ra y con­ven­ci­da que su opinión me tran­qui­li­za­ba. La ver­dad era que yo le ha­bía si­do in­fiel a Ar­tu­ro. La ver­dad era que se­guía sin­tien­do al­go por Jai­ro. La ver­dad era que aque­lla no­che so­lo po­día pen­sar en Fri­da y en Si­mo­ne. Mien­tras, en mi mó­vil, lla­ma­das per­di­das y men­sa­jes sin con­tes­tar. Y, de mo­men­to, has­ta que to­ma­ra una de­ci­sión, so­lo ha­bría si­len­cio. Y ta­ca­tá. To­das las his­to­rias de Ce­ci­lia G. en: www.blogs.tiem­po­dehoy. com/el­mun­do­de­ce­ci­liag

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