ALI­CIA CAS­TRO

Tiempo - - VIVIR -

Yo pen­sé que ya no que­da­ban ma­tri­mo­nios de con­ve­nien­cia co­mo los de la Edad Me­dia, des­ti­na­dos a fun­dir reinos o a per­pe­tuar di­nas­tías. Es­ta­ba equi­vo­ca­da. El mé­to­do se ha per­fec­cio­na­do y aho­ra se ha­cen ma­tri­mo­nios reales por con­tra­to. Al­ber­to de Mó­na­co fue siem­pre un mu­cha­cho más bien ra­ro. Char­le­ne Wit­ts­tock, an­ti­gua na­da­do­ra sud­afri­ca­na, tu­vo de to­da la vi­da muy fuer­te ca­rác­ter. Por lo que voy le­yen­do, casaron ba­jo con­tra­to: vi­vi­rás co­mo una princesa du­ran­te cin­co años a cam­bio de que des a es­te tea­tro un he­re­de­ro. Una vez cum­pli­do el pla­zo y el con­tra­to, tú ha­rás tu vi­da, ca­ri­ño, y yo se­gui­ré con lo que es­ta­ba ha­cien­do. Así ha si­do. Char­le­ne ha da­do a Mó­na­co no un hi­jo sino dos. Aho­ra, el con­tra­to le per­mi­te vol­ver­se por don­de vino o bien con­ti­nuar ha­cien­do de princesa, pe­ro a su ai­re y sin obli­ga­ción de aguan­tar al otro. To­do de lo más ci­vi­li­za­do. Di­go yo que se­rá efec­to del cam­bio cli­má­ti­co.

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