BAS­TA UN SO­LO ERROR

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Cuan­do por una so­la vía de fe­rro­ca­rril cir­cu­lan ca­da día 200 tre­nes, la vi­da hu­ma­na de­ja de de­pen­der de los or­de­na­do­res y de las ma­te­má­ti­cas: se apo­de­ra de ella el dia­blo, que es el pa­dre del error. Bas­ta una so­la equi­vo­ca­ción, por di­mi­nu­ta que sea, por in­hu­ma­na que sea, para que dos con­vo­yes se es­tre­llen de fren­te uno contra otro y se pro­duz­ca una catástrofe (23 muer­tos cuan­do se cie­rra es­ta edi­ción) que no es que sea es­pan­to­sa: es que es in­com­pren­si­ble, por­que no de­pen­de de la de­sidia, de la pe­re­za ni de la dis­trac­ción, sino de un error que na­die sa­be dón­de se aga­za­pa. Qui­zá con dos vías...

Luis Al­go­rri Foto: AP

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