RA­FAEL AMAR­GO

Tiempo - - VIVIR - HER­NAN­DO F. CA­LLE­JA

“Yo bai­lo muy sen­ci­llo, no ha­go vir­tuo­sis­mo”

BAILARÍN Y CO­REÓ­GRA­FO

Es­te ve­rano se en­cie­rra en La La­ti­na por ocho se­ma­nas con ‘Tiem­po muer­to 2’, un es­pec­tácu­lo de fla­men­co y dan­za ur­ba­na en el que se la jue­ga en lo ar­tís­ti­co y co­mo em­pre­sa­rio in­de­pen­dien­te.

Tiem­po muer­to 2 se anuncia co­mo fla­men­co y más. ¿Po­de­mos sa­ber qué es ese más?

En el ci­ne, cuan­do una pe­lí­cu­la fun­cio­na se ha­ce una se­gun­da par­te, una ter­ce­ra. Tiem­po muer­to fue uno de los es­pec­tácu­los más ava­la­dos por el pú­bli­co y por ello in­sis­to en su fór­mu­la, que es muy sen­ci­lla, sin dra­ma­tur­gia y en el que se su­ce­den el can­te, el bai­le, la gui­ta­rra y ese más, que es la dan­za ur­ba­na, con la par­ti­ci­pa­ción de It­sa­so Cano, Meks y Su­fian Ben.

En la olea­da de bai­le fla­men­co que inun­da Ma­drid en las úl­ti­mas se­ma­nas hay quie­nes se anuncian en­fá­ti­ca­men­te co­mo fla­men­co pu­ro, us­ted, sin em­bar­go, co­mo bailarín ecléc­ti­co, he­te­ro­do­xo.

La gen­te jo­ven es­tá bai­lan­do tan bien; son tan bri­llan­tes, tan vir­tuo­sos que cuan­do a mí me di­cen he­te­ro­do­xo, me asus­to. Yo bai­lo muy sen­ci­llo, no ha­go vir­tuo­sis­mo. Otra co­sa es que mis es­pec­tácu­los sean ecléc­ti­cos por­que in­cor­po­ran otras ex­pre­sio­nes de dan­za. Lo que yo ha­go es or­to­do­xo, los pa­los fla­men­cos de siem­pre, con un ar­te muy per­so­nal.

Los pu­ris­tas no le tie­nen por tal.

Los pu­ris­tas son los que fu­man pu­ros. El de­ba­te so­bre la pu­re­za en el fla­men­co exi­gi­ría mu­cho tiem­po. Con Mi­guel Poveda, que es un gran­dí­si­mo can­taor de fla­men­co, cuan­do can­ta co­pla, ya tuer­cen el ges­to, por­que no se man­tie­ne den­tro del fla­men­co. ¿Y si can­ta co­pla para aten­der a un pú­bli­co dis­tin­to? Yo ha­go es­pec­tácu­los di­fe­ren­tes, pri­me­ro para pa­sár­me­lo bien; se­gun­do, por­que me gus­ta y ter­ce­ro, por­que to­do su­ma y no res­ta.

Una tem­po­ra­da de ocho se­ma­nas en La La­ti­na en pleno ve­rano ma­dri­le­ño es más que asu­mir ries­gos.

Cier­ta­men­te es arries­ga­do. So­mos do­ce bai­la­ri­nes en es­ce­na, más Ma­ría La Co­ne­ja; do­ce mú­si­cos. Ten­go trein­ta per­so­nas en nó­mi­na en la com­pa­ñía y arries­go mi di­ne­ro, ade­más de mi pres­ti­gio. No re­ci­bo sub­ven­cio­nes o ayu­das pú­bli­cas y co­mo va­lor aña­di­do aún in­cor­po­ro a la gran da­ma del fla­men­co que es Ma­nue­la Ca­rras­co. Es una gran ofer­ta cul­tu­ral a Ma­drid y a sus vi­si­tan­tes.

Ya na­die ha­ce tem­po­ra­das tan lar­gas, no ya en la dan­za, sino en el tea­tro en ge­ne­ral, con car­te­le­ras que cam­bian a ve­lo­ci­dad de vér­ti­go.

Es que es­tar tres días le po­ne las co­sas di­fí­ci­les al pú­bli­co. No per­mi­te la trans­mi­sión bo­ca a bo­ca, que es la me­jor pro­mo­ción. Yo quie­ro que ven­ga a ver­me el pú­bli­co y, por qué no, tam­bién los pro­mo­to­res y los pro­duc­to­res, los que pue­den com­prar la pro­duc­ción para otros tea­tros, por­que es un es­pec­tácu­lo mu­si­cal de pri­me­rí­si­ma di­vi­sión.

¿Para cuán­do un tea­tro de la dan­za co­mo hay en tan­tos paí­ses?

Aquí hay tea­tros que pro­gra­man dan­za con más o me­nos fre­cuen­cia, pe­ro nos fal­ta un Sad­ler’s Wells de Lon­dres o La Mai­son de la Dan­se de Lyon, con­sa­gra­dos a la dan­za en ex­clu­si­va. Es una ca­ren­cia que per­ju­di­ca a los ar­tis­tas y al pú­bli­co.

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