ALICIA CAS­TRO

Tiempo - - VIVIR -

A Mic­key Rour­ke yo creo que le ha pa­sa­do lo mis­mo que a mi ado­ra­da Ce­ci­lia Gi­mé­nez, aque­lla ani­mo­sa abue­li­ta del pue­blo de Bor­ja (Za­ra­go­za) que un día vio en la igle­sia del pue­blo una ca­ra de Cris­to lle­na de des­con­cho­nes y se di­jo: “Es­to lo arre­glo yo en un pis­pás”. Y con un po­qui­to de agua­rrás por allí y otro po­qui­to de ti­tan­lux por allá, cuan­do do­ña Ce­ci­lia se qui­so dar cuen­ta aque­llo ya no era la ca­ra de Cris­to sino la de Pa­qui­rrín. Pues a Mic­key le ha pa­sa­do más o me­nos eso pe­ro con su pro­pia ca­ra y con el ci­ru­jano plás­ti­co. Era un chi­co gua­po es­te Mic­key. Pe­ro ya se sa­be: co­rrí­ja­me un po­co la na­riz; no, no, no ha que­da­do bien, igual si au­men­ta­mos los la­bios... Tam­po­co; pón­ga­me pó­mu­los, que se­gu­ro que... Des­pués de la úl­ti­ma res­tau­ra­ción, a Rour­ke le ha pa­sa­do lo que Al­fon­so Gue­rra di­jo una vez que le iba a pa­sar a Es­pa­ña: que ya no lo co­no­ce ni la ma­dre que lo pa­rió. Y que asus­ta a los ni­ños, co­mo Ma­don­na.

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