¡AGUA, AGUA!

Tiempo - - ACTUALIDAD - Luis Al­go­rri Foto: Eli­sen­da Pons

En Ma­drid, por ejem­plo, la Policía Mu­ni­ci­pal se com­por­ta con los ven­de­do­res ile­ga­les ca­lle­je­ros (los man­te­ros) igual que con las pa­lo­mas. Van pa­sean­do sin pri­sa y las pa­lo­mas, cuan­do los ven, echan a vo­lar has­ta el te­ja­do de en­fren­te. Cuan­do los guar­dias se van, re­gre­san a don­de es­ta­ban. Es­to lle­va su­ce­dien­do años. Al gri­to de “¡agua, agua!” (o su tra­duc­ción a va­ria­dos idio­mas sub­saha­ria­nos, co­mo el in­glés) los man­te­ros ha­cen co­mo que se van. En Bar­ce­lo­na, sin em­bar­go, Ada Co­lau ha he­cho que los guar­dias ur­ba­nos per­si­gan de ver­dad a es­tos ele­men­tos que per­ju­di­can a to­dos: a los tran­seún­tes (siem­pre se po­nen don­de me­nos si­tio hay), al co­mer­cio, a la ima­gen de la ciu­dad... Ve­re­mos lo que pa­sa. Las pa­lo­mas, cuan­do se asus­tan, vuelan más o me­nos lejos pe­ro siem­pre vuel­ven. De eso vi­ven.

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