ALI­CIA CAS­TRO

Tiempo - - VIVIR -

Hoy no voy a ha­blar­les del pe­tar­deo fa­mo­se­ro ni me voy a me­ter con Be­lén Es­te­ban (tra­ba­jo me cues­ta, ¿eh?, tra­ba­jo me cues­ta). Hoy quie­ro con­tar­les que ten­go una ami­ga nue­va en Fa­ce­book. Se lla­ma Fá­ti­ma. Tie­ne casi vein­te años y es­tu­dia Ges­tión de Tu­ris­mo en Ca­sa­blan­ca. No sé có­mo me en­con­tró en ese pa­tio de ve­cin­dad que es la red so­cial. En su mu­ro ati­za unos zu­rria­ga­zos tremendos (na­tu­ral­men­te, sin fo­to: a mí me ha en­via­do una y es mo­ní­si­ma, casi tan­to co­mo yo a su edad) so­bre dos co­sas: la si­tua­ción de la mu­jer en Ma­rrue­cos, que es ca­da vez peor por cul­pa de los so­bor­nos saudíes, y la vio­len­cia de esas bes­tias del Es­ta­do Is­lá­mi­co. Eso no lo ha­ce to­do el mundo en su país. Y me­nos to­das las mu­je­res. Fá­ti­ma ha­bla cua­tro idio­mas y, de­ba­jo del ve­lo que se tie­ne que po­ner por la ca­lle pa­ra que no la agre­dan, pien­sa por sí mis­ma y di­ce lo que pien­sa. Áni­mo, gua­pa. Si hu­bie­se al­gu­nas, mu­chas más co­mo tú...

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