EL INFIERNO AL LA­DO DE CA­SA

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El pi­ró­mano ase­sino pren­dió el pri­mer fue­go a las cua­tro de la tar­de, jun­to a las ca­sas de la ur­ba­ni­za­ción Cum­bre del Sol, en Be­ni­tat­xell. De­bió de pa­re­cer­le que ar­día po­co. A las seis y me­dia pren­dió dos fue­gos más en el par­que fo­res­tal de La Gra­na­de­lla, a un ti­ro de pie­dra de las ca­sas de Já­vea. Y cuan­do se desató el infierno, cuan­do el vien­to y el ca­lor em­pe­za­ron a le­van­tar lla­ma­ra­das co­mo cas­ti­llos, y hu­bo que des­alo­jar a 1.500 per­so­nas, y ar­die­ron co­mo teas nu­me­ro­sos cha­lés en los que vi­ve gen­te que tu­vo que huir con lo pues­to, el pi­ró­mano ase­sino (si es que fue so­lo uno) pren­dió el cuar­to fo­co cer­ca del cam­ping de El Na­ran­jal, en la otra pun­ta de la ciu­dad. Si al­gún día lo de­tie­nen, na­die de­be­ría des­can­sar has­ta que con­tes­te una pre­gun­ta: por qué lo hi­zo. Por qué. Pa­ra qué. A ver si lo sa­be.

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