Las cam­pa­nas del es­pec­tácu­lo nun­ca so­na­ron tan­to a muer­te co­mo el 12-S

Tiempo - - A FONDO -

Apar­tir del 9 de no­viem­bre de 1989, fe­cha de la caí­da del Mu­ro de Ber­lín y fi­nal ofi­cial de la Gue­rra Fría que ha­bía en­fren­ta­do a los dos blo­ques li­de­ra­dos por Es­ta­dos Uni­dos y la Unión So­vié­ti­ca, los ser­vi­cios de in­te­li­gen­cia y se­gu­ri­dad vi­vie­ron des­con­cer­ta­dos. Tras el fin de la Se­gun­da Gue­rra Mun­dial, ha­bían de­di­ca­do sus ma­yo­res es­fuer­zos a ese con­flic­to y sin él sin­tie­ron que no eran na­da. Es­ta­dos Uni­dos –co­mo mu­chos paí­ses– apro­ve­chó pa­ra des­pren­der­se de un mon­tón de agen­tes de cam­po que se ha­bían es­ta­do ju­gan­do la vida, un día sí y otro tam­bién, y que les da­ban mu­chos pro­ble­mas cuan­do eran des­cu­bier­tos. De­ci­die­ron vol­car sus in­ver­sio­nes ha­cia el fu­tu­ro, las nue­vas tec­no­lo­gías, los sa­té­li­tes que to­do lo veían y a quien na­die de­tec­ta­ba.

Así es­ta­ban las co­sas, con una cier­ta de­pre­sión en­tre los pro­fe­sio­na­les del es­pio­na­je, cuan­do el 11 de sep­tiem­bre de 2001, ha­ce aho­ra 15 años, te­rro­ris­tas de Al Qae­da secuestraron cua­tro avio­nes de lí­nea en Es­ta­dos Uni­dos. Dos se es­tre­lla­ron con­tra las To­rres Ge­me­las de Nue­va York, uno con­tra el Pen­tá­gono, en Vir­gi­nia, y otro más lo hi­zo en Pen­sil­va­nia. Los cer­ca de 3.000 muer­tos que pro­vo­ca­ron es­tos ata­ques sor­pre­sa cam­bia­ron la faz del mun­do y de to­dos y ca­da uno de sus ha­bi­tan­tes. Ha­bía lle­ga­do des­de el ai­re una ame­na­za ca­paz

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