LOS MA­LOS DE­SEOS

Tiempo - - VIVIR -

Ese to­ro con unas as­tas que ha­rían su­dar frío al 60% de los ma­ta­do­res del mun­do se lla­ma Pe­lao y ha si­do, du­ran­te al me­nos un día, el ser más odia­do de to­da la co­mar­ca de Tor­de­si­llas, se­gu­ra­men­te des­de ha­ce dé­ca­das. Es­te año no se ma­tó a lan­za­zos al To­ro de la Ve­ga. Vol­vió vi­vo al co­rral des­pués de tro­tar un po­co, co­mo ha­bían es­ta­ble­ci­do las au­to­ri­da­des. Pe­ro mi­ren us­te­des las ca­ras: qué ga­nas de ma­tar­lo te­nían los ji­ne­tes tor­de­si­lla­nos. Se­gu­ra­men­te más que a nin­gún otro to­ro en mu­chos años, por­que an­tes se po­día y aho­ra no. Si los de­seos de ver muer­to a al­guien ma­ta­sen de ver­dad, Pe­lao, te ha­bía da­do un in­far­to an­tes de dar dos pa­sos por el cam­po. Fi­jo.

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