YA EN LOS 90 LAS OBRAS DE BUE­RO SE REPRESENTABAN CA­DA VEZ ME­NOS

Tiempo - - A FONDO -

Mi­sión al pue­blo de­sier­to, que subió a las ta­blas cuan­do el au­tor ya te­nía 82 años y le que­da­ban po­cos me­ses de vi­da, el tea­tro de Bue­ro era no so­lo aplau­di­do sino es­pe­ra­do por el pú­bli­co. Un tea­tro en el que na­die se reía. Un tea­tro que plan­tea­ba pre­gun­tas, que obli­ga­ba a pen­sar, que pin­cha­ba. Un tea­tro mo­les­to pa­ra la dic­ta­du­ra, que pre­fe­ría mil ve­ces las co­me­dias de Alfonso Pa­so, por po­ner un ejem­plo.

Pe­ro a Bue­ro la muer­te le pa­só fac­tu­ra. Sus úl­ti­mos es­tre­nos (los de los años 90) no fue­ron fra­ca­sos por­que el dra­ma­tur­go de Gua­da­la­ja­ra, con su ca­pa y su pi­pa y su voz apa­ga­da, no co­no­ció esa pa­la­bra en to­da su vi­da, pe­ro sí fue­ron me­nos so­na­dos. Los es­pec­ta­cu­la­res triun­fos de los años de la Tran­si­ción no vol­vie­ron. Y cuan­do fa­lle­ció en Ma­drid, el 28 de abril de 2000, la nie­bla del ol­vi­do co­men­zó a tre­par, des­pa­cio al prin­ci­pio, por sus dra­mas. Se le re­pre­sen­ta­ba ca­da vez me­nos, al­go que no ocu­rría con Lor­ca, con Sa­lom, con Mu­ñoz Se­ca, con Mihu­ra o con Mon­ca­da, por ci­tar so­lo a unos po­cos. En la épo­ca en que la crisis del tea­tro –ex­pre­sión y con­cep­to que en Es­pa­ña pa­re­cen ser eter­nos– con­ven­ció a los em­pre­sa­rios de que la úni­ca ma­ne­ra de ga­nar di­ne­ro era ir a lo se­gu­ro y mon­tar obras con muy po­cos ac­to­res, pa­ra aho­rrar gas­tos, Bue­ro pa­re­ció ir­se al des­ván de lo ca­ro y de lo vie­jo: se dio in­jus­ta­men­te

Luis Mar­tí­nSan­tos, au­tor de una no­ve­la fun­da­men­tal en la Es­pa­ña del si­glo XX: Tiem­po de si­len­cio.

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