MA­RÍA ADÁNEZ

Tiempo - - VIVIR - AC­TRIZ HER­NAN­DO F. CA­LLE­JA

La car­te­le­ra tea­tral re­des­cu­bre co­mo ac­triz dra­má­ti­ca a Ma­ría Adánez a tra­vés del con­flic­to ac­tual y la­ce­ran­te del aco­so es­co­lar re­fle­ja­do en ‘El pe­que­ño Po­ni’. Tragedias dia­rias en­tre la in­cre­du­li­dad y la in­di­fe­ren­cia.

Cuan­do pre­pa­ra­ba mi con­ver­sa­ción con us­ted sobre El pe­que­ño Po­ni, el te­le­dia­rio da­ba cuen­ta del sui­ci­dio de un ni­ño en Lon­dres por el aco­so es­co­lar que su­fría. Un asun­to du­ro que el tea­tro afron­ta con pun­tua­li­dad.

La ra­zón de ser del tea­tro ha si­do siem­pre ser el re­fle­jo de la so­cie­dad. En tiem­pos de Sha­kes­pea­re, la ma­yo­ría de la gen­te era anal­fa­be­ta y acu­día al tea­tro pa­ra sa­ber de lo que ocu­rría en su en­torno. El tea­tro nun­ca ha si­do eli­tis­ta, sino el lu­gar del pue­blo, don­de el pue­blo ha po­di­do re­unir­se, don­de ha po­di­do re­fle­xio­nar y don­de ha po­di­do es­cu­char, a tra­vés de ca­da fun­ción, lo que les es­ta­ba pa­san­do.

La te­má­ti­ca de la obra, su im­pac­tan­te ac­tua­li­dad, ¿le obli­gan a cam­biar su re­gis­tro co­mo ac­triz pa­ra es­ta fun­ción?

Lle­vo más de diez años ha­cien­do tea­tro y más de la mi­tad de las obras que he re­pre­sen­ta­do han supuesto un cam­bio de re­gis­tro que es ver­dad que la te­le­vi­sión o el ci­ne no me han exi­gi­do has­ta aho­ra. Pe­ro en el tea­tro hi­ce con Mi­guel Na­rros Sa­lo­mé o La se­ño­ri­ta Ju­lia; con Gon­zá­lez Ver­gel, Las bru­jas de Sa­lem... Si al­guien quie­re co­no­cer a la más au­tén­ti­ca Ma­ría Adánez co­mo ac­triz es a tra­vés de la ca­rre­ra tea­tral.

¿El pe­que­ño Po­ni Ma­ría Adánez?

La obra de Pa­co Be­ce­rra trae un ca­so real de aco­so es­co­lar en que los ac­to­res tra­ba­ja­mos sin ar­ti­fi­cios y des­de el fon­do, con el di­rec­tor Luis Lu­que. En el tea­tro asu­mi­mos un com­pro­mi­so que va más le­jos de la pro­pia in­ter­pre­ta­ción. Nos pro­yec­ta co­mo se­res hu­ma­nos y, en mi ca­so, co­mo mu­jer, cla­ro. Nun­ca ha­bía he­cho un tra­ba­jo así.

¿Es­ta fun­ción se­rá un pun­to de in­fle­xión en su ca­rre­ra?

De al­gu­na ma­ne­ra es­te es un pri­mer tra­ba­jo de al­go nue­vo. A lo lar­go de mi ca­rre­ra he ido con­tan­do los pa­pe­les que en ca­da mo­men­to creía que po­día con­tar. A mi per­so­na­je, Ire­ne, en es­ta fun­ción le apor­to una sa­bi­du­ría, una ex­pe­rien­cia, una co­ne­xión con el do­lor, que con 30 años no te­nía. Des­de que mu­rió mi pa­dre creo que soy me­jor ac­triz, al­go se mo­di­fi­có den­tro de mí.

Di­de­rot dis­tin­guía en­tre el ac­tor, que se me­te en la piel del per­so­na­je, y el co­me­dian­te, que lo aco­ge den­tro de sí. ¿En qué ca­te­go­ría se si­túa?

Yo soy quien va a bus­car al per­so­na­je y me me­to den­tro de él. De­bo a Mi­guel Na­rros que me sa­ca­ra del en­ca­si­lla­mien­to y de la zo­na de con­fort. Cuan­do un di­rec­tor, co­mo aho­ra Lu­que, me sa­ca de la zo­na de con­fort es cuan­do no­to que avan­zo en la pro­fe­sión. Tol­ca­chir di­ce que un buen ac­tor tie­ne que ser un buen de­tec­ti­ve, por­que to­das las pis­tas es­tán en el tex­to. Los per­so­na­jes piden co­sas. El ac­tor res­pon­de des­cu­brien­do los en­tre­si­jos del al­ma hu­ma­na. El buen ac­tor es va­lien­te, se des­nu­da, se en­tre­ga, no juz­ga.

¿Qué es lo me­jor de tea­tro?

Su­pe­rar la enor­me vul­ne­ra­bi­li­dad que se sien­te al es­tar sobre el es­ce­na­rio.

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