Don Juan de Aus­tria qui­so asal­tar la Torre de Lon­dres para li­be­rar a Ma­ría Es­tuar­do

Tiempo - - CARTA DEL DIRECTOR -

lía, las in­sig­nias de la reale­za. Hoy las jo­yas de la Co­ro­na son un re­cla­mo más del par­que te­má­ti­co tu­rís­ti­co en que se ha con­ver­ti­do la Torre de Lon­dres, pe­ro an­ta­ño la Torre en­ce­rró el pál­pi­to de la his­to­ria de In­gla­te­rra. O qui­zá ha­bría que de­cir que aquí se de­tu­vo mu­chas ve­ces ese pál­pi­to, se­gún caía la es­pa­da del ver­du­go o un rey ni­ño era so­fo­ca­do con un al­moha­dón has­ta mo­rir, co­mo nos cuen­ta Sha­kes­pea­re en Ri­car­do III.

El pri­mer rey pre­so de la Torre fue un pri­sio­ne­ro de gue­rra, Da­vid II de Es­co­cia. Has­ta el XVII los mo­nar­cas iban a la gue­rra y po­dían mo­rir o ser cap­tu­ra­dos. En­ton­ces les tra­ta­ban co­mo hués­pe­des de lu­jo, y así fue con el rey es­co­cés que in­va­dió In­gla­te­rra en 1346 y es­tu­vo cau­ti­vo 11 años. Sin em­bar­go, pa­só po­co en la Torre, en­se­gui­da fue ins­ta­la­do en el cas­ti­llo de Odiham don­de man­tu­vo una pe­que­ña cor­te.

Ca­so si­mi­lar fue el del rey de Fran­cia Juan II, cap­tu­ra­do du­ran­te la Gue­rra de los Cien Años, que fue re­ci­bi­do en Lon­dres con gran­des fes­te­jos pro­pios de un in­vi­ta­do de Es­ta­do. Con él iba su hi­jo Luis, que se­ría lue­go co­ro­na­do rey de Ná­po­les. Con es­tos tres mo­nar­cas ter­mi­na el as­pec­to ama­ble de la Torre-pri­sión de re­yes. Los si­guien­tes ten­drían un des­tino fa­tal.

En­ri­que VI, el úl­ti­mo Lan­cas­ter, con­si­de­ra­do san­to por los in­gle­ses, per­dió el po­der en la Gue­rra de las Dos Ro­sas. En­ce­rra­do en la Torre mu­rió “de me­lan­co­lía” se­gún la ver­sión ofi­cial, aun­que en reali­dad fue ase­si­na­do por or­den de su su­ce­sor, Eduar­do IV. Co­mo una es­pe­cie de te­rri­ble jus­ti­cia di­vi­na, el hi­jo de es­te, pro­cla­ma­do rey Eduar­do V con 12 años, so­lo con­ser­vó la co­ro­na 83 días. En­car­ce­la­do en la Torre por su tío y su­ce­sor Ri­car­do III, fa­mo­so por sus crí­me­nes, fue ase­si­na­do jun­to a su her­mano de 9 años, aun­que téc­ni­ca­men­te des­apa­re­cie­ron, sin que na­die vie­se sus ca­dá­ve­res.

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