Her­bert Hoo­ver

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Tam­bién es­te hom­bre lle­gó a pre­si­den­te des­de la vi­ce­pre­si­den­cia, no por los vo­tos. Su­ce­dió a Wi­lliam Ha­rri­son, que mu­rió de neu­mo­nía al mes de ocu­par la Ca­sa Blan­ca. Ty­ler lo­gró la in­cor­po­ra­ción de Te­xas, pe­ro lo pri­me­ro que hi­zo fue per­mi­tir allí el sis­te­ma es­cla­vis­ta. Se le acu­só de fa­vo­re­cer úni­ca­men­te a la gen­te de su par­ti­do... que pi­dió su in­ha­bi­li­ta­ción sin éxi­to. Y era un com­ple­to su­dis­ta: en la gue­rra ci­vil fue un fer­vien­te con­fe­de­ra­do y com­ba­tió la exis­ten­cia mis­ma del país que él ha­bía pre­si­di­do... tan mal. Lle­gó a la pre­si­den­cia arro­pa­do por la pros­pe­ri­dad de los años 20. Pe­ro era fir­me par­ti­da­rio de la Ley Se­ca (que se de­mos­tró un dis­pa­ra­te) y de ha­cer de Amé­ri­ca un lu­gar fe­liz... so­lo pa­ra los blan­cos pro­tes­tan­tes. Cuan­do so­bre­vino la Gran De­pre­sión de 1929, Hoo­ver di­jo que no ha­bía mo­ti­vo de alar­ma, que era una cri­sis pa­sa­je­ra y que el mer­ca­do se cu­ra­ría so­lo, lo que pro­vo­có el em­po­bre­ci­mien­to y ca­si el co­lap­so de la na­ción. Cuan­do se pre­sen­tó a la re­elec­ción, la pa­li­za que le dio Fran­klin D. Roo­se­velt fue tre­men­da.

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