Jor­ge II fue ex­pul­sa­do tres ve­ces de Gre­cia, pe­ro vol­vió tres ve­ces del exi­lio pa­ra rei­nar

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al trono he­leno la Ca­sa de Glücks­bur­go, cu­yo pri­mer monarca, Jor­ge I, fue el que dio me­jor re­sul­ta­do, pues reinó du­ran­te 50 años. Sin em­bar­go, la ma­la es­tre­lla que siem­pre ha per­se­gui­do a la mo­nar­quía grie­ga no le de­jó aca­bar en paz su rei­na­do: fue ase­si­na­do por un so­cia­lis­ta.

Su hi­jo Cons­tan­tino I, ca­sa­do con una her­ma­na del kái­ser y ger­ma­nó­fi­lo, fue des­tro­na­do por es­ta ra­zón en 1917, mar­chan­do a un do­ra­do exi­lio en Sui­za con su dia­do­kos (prín­ci­pe he­re­de­ro) Jor­ge, el pro­ta­go­nis­ta de nues­tra his­to­ria. El hom­bre fuer­te de Gre­cia, Ve­ni­ze­los, que en­tró en la gue­rra jun­to a los alia­dos, hi­zo rey al se­gun­do hi­jo de Cons­tan­tino, Ale­jan­dro, pe­ro lo man­tu­vo prác­ti­ca­men­te pri­sio­ne­ro en su pa­la­cio. Si su rei­na­do no fue fe­liz, al menos fue cor­to, tres años, pues mu­rió con so­lo 27 años de la for­ma más ton­ta ima­gi­na­ble: es el úni­co rey de la His­to­ria fa­lle­ci­do ¡por la mor­de­du­ra de un mono!

Mal de unos, for­tu­na de otros. El vie­jo rey Cons­tan­tino y su hi­jo Jor­ge re­gre­sa­ron del exi­lio, Cons­tan­tino vol­vió a rei­nar, y el ha­do fa­tí­di­co vol­vió a en­sa­ñar­se con la co­ro­na: an­tes de dos años un gol­pe mi­li­tar le vol­vió a des­tro­nar. Subió al trono nues­tro Jor­ge II, pe­ro du­ró aún menos que su pa­dre. En 1924, tras la vic­to­ria de los re­pu­bli­ca­nos en las elec­cio­nes, lo echa­ron del país, le con­fis­ca­ron los bie­nes, le re­ti­ra­ron la na­cio­na­li­dad grie­ga y pro­cla­ma­ron la II Re­pú­bli­ca He­lé­ni­ca.

Pe­ro la Re­pú­bli­ca grie­ga fue tan fra­ca­so co­mo la mo­nar­quía, se ve que el pro­ble­ma no era de las ins­ti­tu­cio­nes del Es­ta­do, sino del país. En una dé­ca­da la Re­pú­bli­ca tu­vo 23 Go­bier­nos, una dic­ta­du­ra, 13 gol­pes de Es­ta­do y ter­mi­nó co­mo la II Re­pú­bli­ca Es­pa­ño­la, con un gol­pe mi­li­tar que dio el po­der a un ge­ne­ral que se pro­cla­mó re­gen­te. Aun­que no tar­dó 40 años en traer al rey, co­mo Fran­co, sino mes y me­dio. El 25 de no­viem­bre de 1935 Jor­ge II re­gre­só de su se­gun­do exi­lio y en­se­gui­da se ce­le­bró un ple­bis­ci­to en el que la res­tau­ra­ción mo­nár­qui­ca fue aprobada por un 95% de los vo­tan­tes. La sos­pe­cho­sa ci­fra tu­vo que ver con que el vo­to era obli­ga­to­rio, pe­ro no era se­cre­to.

In­va­sión.

Po­dría pen­sar­se que Jor­ge II ten­dría de­re­cho a un rei­na­do tran­qui­lo, pe­ro eso se­ría no co­no­cer a los grie­gos. A los po­cos me­ses de su se­gun­do rei­na­do, el cau­di­llo del fas­cis­mo grie­go, Me­ta­xas, im­plan­tó una dic­ta­du­ra, aun­que el rey con­ser­vó la co­ro­na, a ejem­plo de lo

Jor­ge II de Gre­cia y, arri­ba, un cro­mo de gue­rra in­glés de 1941 con­tan­do su hui­da de los pa­ra­cai­dis­tas ale­ma­nes en Cre­ta.

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