ALI­CIA CAS­TRO

Tiempo - - VIVIR -

Me­la­nia, amol: no cue­la. Tú no eres Jac­kie Ken­nedy. Mí­ra­te en el es­pe­jo que sue­le usar tu ma­ri­do pa­ra pei­nar­se eso que lle­va en la ca­be­za y pre­gún­ta­le al­go pa­re­ci­do a lo que le pre­gun­ta él: es­pe­ji­to, di­me una co­oos­sa, ¿quién es, de to­das las pri­me­ras da­mas, la más her­mooos­sa? Y te di­rá que es Jac­kie, no tú, por más que te em­pe­ñes en imi­tar­la. En la to­ma de po­se­sión de Ken­nedy, ha­ce ca­si tan­tos años co­mo los que tú tie­nes, Jac­kie se pu­so un mo­de­lo azul con bo­to­nes fo­rra­dos y un go­rri­to a jue­go que eran un pri­mor. Tú co­pias­te el co­lor, los guan­tes y las he­chu­ras, y eli­mi­nas­te los bo­to­nes. Pe­ro se no­ta­ba des­de la úl­ti­ma fi­la (que tam­po­co es­ta­ba tan le­jos) que es­ta­bas tra­tan­do de imi­tar a Jac­kie. Y no pue­des. Mo­na sí eres, pe­ro Jac­que­li­ne Bou­vier te­nía al­go que tú no ten­drás ja­más, y me­nos con ese bru­to al la­do: gla­mour, ca­ri­ño. No te pa­re­ces a Jac­kie ni tu ma­ri­do se pa­re­ce a Jack. Bueno, en lo gol­fo sí, un po­co.

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