“In­ten­ta­rán ase­si­nar­me sin re­co­no­cer que ha sido ETA”

ETA vi­sua­li­za el fin del te­rro­ris­mo, pe­ro Mi­kel le­jar­za, el Lo­bo, sa­be que su sen­ten­cia de muer­te si­gue en vi­gor. re­cuer­da có­mo el ira, tras la paz, ase­si­nó a to­pos co­mo él. Nie­ga que la ban­da va­ya a en­tre­gar to­das sus ar­mas y re­cuer­da sus años de lu­cha c

Tiempo - - PORTADA - Por fer­nan­do rue­da

Eta va a en­tre­gar las ar­mas, una ofi­cia­li­za­ción del fin de la lu­cha ar­ma­da. ¿se ha aca­ba­do la sen­ten­cia de muer­te que dic­ta­ron con­tra us­ted ha­ce 40 años? Des­de ese día em­pie­za para mí una eta­pa nue­va, di­fe­ren­te, pe­ro más du­ra. Por­que has­ta ese mo­men­to, en cier­ta ma­ne­ra, ha­bía un po­qui­to más de cui­da­do so­bre mí de los ser­vi­cios de seguridad. A par­tir de aho­ra, la co­sa se en­fría, se en­frían los man­dos, se en­frían los po­lí­ti­cos, se en­frían los jue­ces, to­do. Ellos di­je­ron que te­nían re­ser­va­da una ba­la para mí, que tam­bién po­dría ser una es­co­pe­ta de car­tu­chos. A par­tir de ahí em­pie­za la gloria de la ca­za de el Lo­bo y pue­de ser cual­quie­ra, por­que ETA nun­ca lo reivin­di­ca­rá, di­rán que es un lo­co. Hay va­rios pre­ce­den­tes en Ir­lan­da. Va­rios años des­pués de que el IRA fir­ma­ra la paz, ase­si­na­ron a Denis Do­nald­son, un to­po que ha­bían te­ni­do du­ran­te mu­chos años, que fue ase­si­na­do sin que los te­rro­ris­tas re­co­no­cie­ran su par­ti­ci­pa­ción.

da­das las cir­cuns­tan­cias, ¿tie­ne al­gún ti­po de pro­tec­ción? Yo aho­ra me de­di­co a tra­ba­jar en te­mas mun­dia­les de eco­no­mía. Me sien­to pro­te­gi­do por­que ten­go mi pro­pio gru­po, que se de­di­ca a la in­ves­ti­ga­ción, en el que ca­da uno es el me­jor en su ma­te­ria. Mi hom­bre de con­fian­za es Javier Man­so, el hom­bre en el que yo me des­car­go, y se de­di­ca a to­dos los te­mas de in­ves­ti­ga­ción a los que yo no pue­do lle­gar y los con­tras­ta con­mi­go.

aho­ra los eta­rras di­cen que van a en­tre­gar las ar­mas. ¿les cree? No tie­nen otra al­ter­na­ti­va, aun­que no me creo que lo en­tre­guen to­do, guar­da­rán al­go, siem­pre lo ha­cen. Los co­man­dos tie­nen sus pro­pios zu­los y al­gu­nos no los van a en­tre­gar. Va a ser una co­sa sig­ni­fi­ca­ti­va. De­cía­mos que mien­tras ETA no en­tre­ga­ra las ar­mas no se iba a aca­bar to­do, aho­ra lo van a ha­cer en pú­bli­co. Lo que me gus­ta­ría sa­ber es si los di­ri­gen­tes de ETA van a des­cu­brir su ca­ra, yo sé que no pue­do des­cu­brir la mía y aho­ra me­nos. ¿Es cier­to que es­tá ayu­dan­do a al­gu­na aso­cia­ción de víctimas del te­rro­ris­mo para tra­tar de arro­jar luz so­bre ase­si­na­tos no re­suel­tos? Es cier­to y des­de lue­go ayu­da­ré to­do lo que pue­da, ha­ré de tes­ti­go y por su­pues­to cuen­tan con to­da mi ayu­da has­ta el final para que se acla­ren to­dos los aten­ta­dos, aun­que mu­chos no quie­ren que se acla­ren.

¿Cuá­les fue­ron los re­sul­ta­dos de su in­fil­tra­ción en la ban­da? Que­da mal que yo lo di­ga, pe­ro los re­sul­ta­dos de la ope­ra­ción Lo­bo fue­ron tan bru­ta­les que en ese mo­men­to se po­día ha­ber aca­ba­do con ETA. Hu­bo tres reunio­nes con va­rios di­ri­gen­tes de ETA y es­ta­ban dis­pues­tos, prác­ti­ca­men­te por na­da, a de­jar la lu­cha ar­ma­da to­tal­men­te. El je­fe nues­tro de la zo­na es­ta­ba muy cre­ci­do, co­mo to­dos los de­más, y di­je­ron que no acep­ta­ban na­da de lo que pe­dían. Que es­ta­ban to­tal­men­te pi­lla­dos. Es ver­dad que el tiem­po que yo es­tu­ve den­tro de ETA pu­de iden­ti­fi­car to­dos los pisos don­de se es­con­dían, sabía dónde vi­vían, ha­bía es­ta­do en ca­sa del nú­me­ro uno y de los prin­ci­pa­les. Des­pués vino la ope­ra­ción en Es­pa­ña, que se sal­dó con nu­me­ro­sas de­ten­cio­nes, en­tre los que es­ta­ban to­dos los cua­dros prin­ci­pa­les, más una bar­ba­ri­dad de eta­rras. Pe­ro se es­ca­pó mu­cha gente po­co sig­ni­fi­ca­ti­va, que se hi­zo con el po­der, que eran con­tra­rios a la for­ma de pen­sar de los eta­rras de aquel mo­men­to.

tras su in­fil­tra­ción, ¿si­guió lu­chan­do con­tra Eta mu­chos años, aun­que ca­si no se ha ha­bla­do de esa épo­ca?

La ope­ra­ción Lo­bo fue tan bru­tal que en ese mo­men­to se po­día ha­ber aca­ba­do con la ban­da

Una de las co­sas que nun­ca he en­ten­di­do es por qué mi ser­vi­cio no se apro­ve­chó de mi fi­gu­ra, no sé si fue por­que que­rían huir del fran­quis­mo, cuan­do en mi épo­ca ya es­tá­ba­mos tra­ba­jan­do en la Tran­si­ción. Ha­bía fi­gu­ras co­mo An­drés Cas­si­ne­llo o Fau­ra, que es­ta­ban en reunio­nes muy se­gui­das con los so­cia­lis­tas para la Tran­si­ción sin san­gre, pa­cí­fi­ca, co­mo al final tu­vi­mos. Tras mi in­fil­tra­ción, muy le­jos de ir­me, vol­ví al Nor­te a se­guir tra­ba­jan­do. Ya con mi pro­pio gru­po, aun­que siem­pre lle­va­ba a al­guien del Centro. Y tra­ba­ja­mos en el te­ma de ETA mu­chos años y se hi­cie­ron mu­chas de­ten­cio­nes. Que no quie­ran de­cir­lo es al­go que yo tam­po­co he en­ten­di­do nun­ca. El mis­mo ser­vi­cio de en­ton­ces que­ría bo­rrar el nom­bre de el Lo­bo.

al­gu­na vez le he oí­do ha­blar de una eta­pa ne­gra de la lu­cha con­tra Eta, en­tre los años 80 y 90, que ca­li­fi­ca co­mo “en­te­rrar a nues­tros muer­tos a es­con­di­das”. Fue una eta­pa muy du­ra y muy cruen­ta. Por­que fue el mo­men­to en el que ETA te­nía un pro­ble­ma y es que pen­sa­ban que es­ta­ban in­fil­tra­dos por to­dos la­dos y no­so­tros con­tri­buía­mos con la gue­rra si­co­ló­gi­ca. Co­gie­ron tal mie­do que se mi­ra­ban unos a otros y no se fia­ban de na­die. Para no ver­se des­trui­da, ETA lo que hi­zo fue su­bir el po­ten­cial de ase­si­na­tos y ha­cer ver que era una ETA du­ra con ca­pa­ci­dad para ma­tar con­ti­nua­men­te. Pe­ro no por eso aque­llos eta­rras eran más va­lien­tes, al con­tra­rio, eran más co­bar­des, por­que ha­cer esas ac­cio­nes era fá­cil.

En esa épo­ca de Eta, la Po­li­cía y los ser­vi­cios se­cre­tos fran­ce­ses no les ayu­da­ban mu­cho. lue­go sí. To­da­vía no nos ayu­da­ban na­da. An­tes fue mu­cho peor. A mí me to­có tra­ba­jar con Po­li­cía y Guar­dia Ci­vil, tra­ba­ja­ba con­jun­ta­men­te con ellos, vi­ví los mo­men­tos más du­ros con muer­tes de gente de ellos, sal­va­mos si­tua­cio­nes im­por­tan­tes, pe­ro ha­bía tan­to te­mor en las Fuer­zas de Seguridad del Es­ta­do que en al­gu­na oca­sión me vi en­tran­do en la par­te vie­ja de San Se­bas­tián para iden­ti­fi­car a unos eta­rras y de re­pen­te des­cu­brí que ha­bían des­apa­re­ci­do los po­li­cías. Eran mo­men­tos de mu­cho mie­do. Las muer­tes eran con­ti­nuas. Si hu­bié­se­mos te­ni­do en aque­lla épo­ca la ayu­da de la Po­li­cía fran­ce­sa, es­toy se­gu­ro de que se ha­bría aca­ba­do con ETA in­me­dia­ta­men­te.

us­ted tra­ba­jó con el ser­vi­cio se­cre­to, pe­ro tam­bién con la Po­li­cía y la Guar­dia Ci­vil. hu­bo una eta­pa ne­gra, que fue la del te­rro­ris­mo de Es­ta­do de los Gal. ¿qué re­cuer­da de ella? Para mí, eso fue lo peor que po­día ocu­rrir. Des­pués de to­do el tra­ba­jo tan bueno que es­tá­ba­mos rea­li­zan­do, nos en­con­tra­mos con una cha­pu­za tan gran­de, que lo que hi­cie­ron fue vol­ver ha­cia atrás y dar­le alas a ETA y a los que les apo­ya­ban. Yo siem­pre he pen­sa­do que no se de­be ma­tar ni por un la­do ni por otro, ex­cep­to que no te que­de más re­me­dio du­ran­te un en­fren­ta­mien­to. Otra co­sa es ma­tar gra­tui­ta­men­te, no se de­be ma­tar a na­die aun­que sea el ma­yor ase­sino, para eso es­tá la Jus­ti­cia. Yo, por ca­sua­li­da­des de la vi­da, caí en un lu­gar que era don­de se es­ta­ba mon­tan­do to­do. No era un GAL azul, o ver­de, era un GAL con­jun­to, en el que se le dio fuer­za a la Po­li­cía. Hi­cie­ron un cha­pu­zón, por­que pu­sie­ron a unos cha­pu­zas de por me­dio. A mí me to­có por mi la­do si­mu­lar ser un eje­cu­ti­vo vasco, me di­je­ron “pon­te un tra­je, un ma­le­tín, te vas al ho­tel Me­liá, te vas a re­unir con una gente y tú es­cu­cha lo que pi­den por la ca­be­za de ca­da uno de los eta­rras”. Yo me que­dé un po­co parado. Gra­bé aque­llo y se lo pa­sé. Des­pués me apar­ta­ron de to­do y me en­via­ron a Mé­xi­co.

¿Có­mo eran los lí­de­res de Eta que tú co­no­cis­te en los 70 y los que di­ri­gie­ron la ban­da en sus úl­ti­mos años de aten­ta­dos? El cam­bio fue te­rri­ble­men­te gran­de. La ETA que yo me en­con­tré te­nía una eje­cu­ti­va muy bien pre­pa­ra­da in­te­lec­tual­men­te, per­so­nas dis­pues­tas a lo que fue­ra. No voy a de­cir de idea­les, por­que yo la ver­dad he vis­to en ETA po­cos idea­les. Y fi­nes con­cre­tos tam­po­co he vis­to nun­ca. Su fin no era la in­de­pen­den­cia, co­mo me di­je­ron una vez: “Es­tás lo­co, no hom­bre no, si con­se­gui­mos al­go, pues muy bien”. Era gente du­ra, que ha­bía echa­do mar­cha ade­lan­te y no po­día vol­ver atrás. Era gente muy bien pre­pa­ra­da. Era una ETA muy ma­chis­ta, en el que las mu­je­res solo te­nían ca­bi­da para el des­can­so del gue­rre­ro. Cua­ren­ta años des­pués era una ETA que no te­nía na­da que ver, por­que se ha­bía con­ver­ti­do en un gru­po de delincuentes, un gru­po ma­fio­so. Los de la ETA de ha­ce 40 años ja­más ha­brían acep­ta­do que se hu­bie­ran me­ti­do con la dro­ga, lo que hi­cie­ron des­pués.

Mi­kel Le­jar­za, de es­pal­das, char­lan­do con su je­fe de seguridad, Javier Man­so.

Mi­kel Le­jar­za lee TIEM­PO du­ran­te la se­ma­na pa­sa­da.

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