Cuan­do llue­ve, mi­la­gro

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Lo úl­ti­mo que se sa­be es que, en­tre tur­bión y tur­bión de llu­via des­pia­da­da, en la ci­ma de esa co­li­na que ven se apa­re­ció Nues­tro Se­ñor. Lo di­jo Mar­ya de le­sus, de­vo­ta, que vi­ve en una de las ca­sas que aún no se han caí­do. El Se­ñor se apa­re­ció en for­ma de cho­rro de luz que ba­jó del cie­lo cuan­do las nu­bes se tomaron un res­pi­ro y abrie­ron un hue­co breve. Pu­do pa­re­cer un ra­yo de sol pe­ro Mar­ya de Ie­sus no tie­ne du­das: era Cris­to, con su tú­ni­ca y sus bar­bas. La gen­te se pregunta pa­ra qué ba­jó Pa­pi­to Dios, si ve­nía a cas­ti­gar a al­guien hun­dién­do­le la ca­sa. No. Mar­ya de Ie­sus ase­gu­ra que vino pa­ra lla­mar a la con­ver­sión de los que iban a mo­rir en el de­rrum­be, dos mi­nu­tos des­pués. Lo gra­bó en ví­deo y lo pu­so el You­Tu­be. Lo dio la pren­sa. Y quien vea en esas imá­ge­nes so­lo un ra­yo de sol es un ateo as­que­ro­so y se va a con­de­nar. Pa­pi­to Dios no se an­da con bo­ba­das, ya lo co­no­cen. Por luis al­go­rri Fo­to: strin­ger/aFP

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