ALI­CIA CAS­TRO

Tiempo - - VIVIR -

El mun­do con­tie­ne la res­pi­ra­ción, es­tá en sus­pen­so. La mier­dal­ni­ño se ha he­cho ta­tua­jes nue­vos y en los fo­ros in­ter­na­cio­na­les se dis­cu­ten la in­ten­cio­na­li­dad, el sig­ni­fi­ca­do, el sim­bo­lis­mo, la ex­ten­sión exacta de los nue­vos de­co­ra­dos be­lie­bé­ri­cos. Un águila, un león y una fra­se que, tra­du­ci­da del in­glés, quie­re de­cir Hi­jo de Dios. Los teó­lo­gos de di­ver­sas con­fe­sio­nes caminan ya ha­cia Be­lén, mon­ta­dos en ca­me­llos, pa­ra di­ri­mir de qué Dios se tra­ta. Aho­ra den un pa­so ha­cia de­lan­te: vein­te años, no más. La mier­dal­ni­ño se­rá un se­ñor cal­vo y con pe­lu­quín, tri­pón, con ca­ra de no sa­ber qué ha pa­sa­do ni por qué se ha ido todo el mun­do de la fies­ta, por qué ya no le ado­ran las crías ni tie­nen el me­nor éxi­to en la red sus fotos sin ca­mi­se­ta. Y qui­zá se mi­re los ta­tua­jes del león y del águila y la fra­se­ci­ta, de­for­ma­dos por la gra­sa, y no en­ten­de­rá por qué ya has­ta a él le pa­re­cen ri­dícu­los. Y se di­rá: “Qué des­agra­de­ci­dos”.

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