por la es­cua­dra

Tiempo - - CARTA DEL DIRECTOR - Luis aL­go­rri fa­ce­book.com/lui­sal­go­rri

No le te­mo a la muer­te; le te­mo a la me­mo­ria, al áci­do del re­cuer­do. No sé có­mo voy a ha­cer pa­ra su­je­tar eso

Me con­ta­ba un gran ami­go el otro día, en Va­len­cia, que ha­ce unos me­ses, cuan­do so­nó el des­per­ta­dor, se en­con­tró a su padre sen­ta­do a los pies de la ca­ma. El an­ciano ha­bía re­cu­pe­ra­do el es­plen­dor de los cin­cuen­ta años, y le mi­ra­ba y le son­reía sin de­cir na­da. Mi ami­go, que es per­so­na cul­ta, so­se­ga­da y en ab­so­lu­to da­da a mi­la­gre­rías ni a san­tas com­pa­ñas, su­po in­me­dia­ta­men­te que su padre ha­bía ter­mi­na­do de apa­gar­se. “Lo que más me sor­pren­dió fue que me mi­ra­ba con la ca­ra de ilu­sión que po­ne quien se va de va­ca­cio­nes”, se reía.

Es im­po­si­ble sa­ber qué hay de cier­to en lo que me con­ta­ba mi ami­go. La men­te hu­ma­na, so­me­ti­da a una gran pre­sión –y la pér­di­da de un padre al que se quie­re sue­le ser te­rri­ble–, es ca­paz de crear ca­si cual­quier co­sa. Pen­sé, aun­que no tu­ve va­lor pa­ra de­cír­se­lo, que se­gu­ra­men­te lo so­ñó, por­que es in­ca­paz de re­cor­dar qué pa­só des­pués: si se le­van­tó, si fue al ba­ño, qué hi­zo su padre, có­mo con­ti­nuó la ma­ña­na. Pe­ro qué más da.

De lo que sí es­toy con­ven­ci­do es de que tú no vas a ha­cer na­da pa­re­ci­do a eso, ma­má. Aho­ra, mien­tras ha­go la ma­le­ta pa­ra ir a ver­te qui­zá por úl­ti­ma vez, no me preo­cu­pa na­da que de pron­to te aco­mo­des a mi la­do en el tren y me di­gas: “Tie­nes que po­ner­te a plan, Lui­si­to, que es­tás muy gran­do­te”, que es lo que se­gu­ra­men­te aca­ba­rías por de­cir­me por­que lle­vas ca­llán­do­te­lo co­mo diez años, ca­da vez que nos he­mos vis­to.

Lo que me in­ti­mi­da, por­que no me ha su­ce­di­do nun­ca, es có­mo voy a ha­cer pa­ra man­te­ner su­je­ta a mi me­mo­ria. Có­mo voy a con­se­guir que, a par­tir de aho­ra, al oír o men­cio­nar tu nom­bre sal­te de in­me­dia­to la ima­gen que yo quiero, no la que voy a ver den­tro de unas ho­ras. No sé si se­rá difícil. Eres una de las ma­dres más fo­to­gra­fia­das del mun­do, eso sí que lo sé. Pa­pá ha sido siem­pre un hom­bre a una cá­ma­ra pe­ga­do: la co­lec­ción fa­mi­liar de fotos con­tie­ne mu­chos cien­tos de mi­les de imá­ge­nes, y su mo­de­lo fa­vo­ri­to has sido siem­pre tú. No so­lo por lo gua­pí­si­ma (la gen­te se vol­vía a mi­ra­ros cuan­do pa­sa­bais por la calle: va­ya dos) sino por­que am­bos sois la de­mos­tra­ción irre­fu­ta­ble de que el amor ver­da­de­ro, el amor cons­tan­te más allá de la muer­te, sí exis­te, sí es posible. Se­sen­ta años jun­tos me pa­re­cen una prue­ba más que su­fi­cien­te, y en es­tos úl­ti­mos, cuan­do ya te ibas achi­can­do co­mo un pa­ja­ri­to, ha­bíais re­cu­pe­ra­do la ter­nu­ra dul­cí­si­ma e inal­te­ra­ble del prin­ci­pio, de cuan­do yo era un ni­ño y mi­ra­ba có­mo os mi­ra­bais, em­bo­ba­do.

No le te­mo a la muer­te: ni a la tu­ya, ni a la mía ni a la de na­die. For­ma par­te de la vida y tra­tar de ven­cer­la o de en­ga­ñar­la es el más vie­jo error del ser hu­mano. Le te­mo a la me­mo­ria. Le te­mo al áci­do re­pen­tino del re­cuer­do. Ten­go que su­je­tar eso. Y creo que pue­do: ma­má en Sa­li­nas. Ma­má en Pa­ja­res con vein­te años. Ma­má en la fo­to con la va­ca, que una de las dos so­bra­ba (lo que nos he­mos reí­do con esa fo­to). Ma­má y pa­pá de­lan­te del iglú que hi­zo él con una pa­la. Ma­má ase­dia­da por hor­das en­te­ras de nie­tos, fe­liz. Ma­mi una y otra vez em­ba­ra­za­da pe­ro siem­pre pre­cio­sa. Ma­má en... Sí, creo que sí lo voy a con­se­guir. Ha sido de­ma­sia­da fe­li­ci­dad en una lar­ga vida lle­na de mo­men­tos res­plan­de­cien­tes, y pa­pá los fo­to­gra­fió to­dos. Una vida her­mo­sa, fe­cun­da, de­di­ca­da a sem­brar amor, y a re­gar­lo, y a ver­lo cre­cer. Has he­cho un gran tra­ba­jo, ma­mi. Un lar­go y gran­dí­si­mo tra­ba­jo que no ol­vi­da­re­mos nun­ca, y esa se­rá tu in­mor­ta­li­dad. Aho­ra des­can­sa: cierra los ojos y des­can­sa, que te lo has ga­na­do. Tu pie­dra es­tá ya pu­li­da. Vuela tran­qui­la: siem­pre te va­mos a que­rer.

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