tre­ce for­mas de mi­rar Co­lum McCan

Tre­ce for­mas de mi­rar es la no­ve­la cor­ta so­bre las re­fle­xio­nes vi­ta­les de un ex­juez que da nom­bre a un vo­lu­men com­ple­ta­do con otros tex­tos. en Sh­jol se na­rra el in­fierno de una ma­dre cu­yo hi­jo des­apa­re­ce, mien­tras que El tra­ta­do cuen­ta la his­to­ria de una

Tiempo - - Turno de palabra -

En­tre vein­te mon­ta­ñas cu­bier­tas de nie­ve, lo úni­co que se mo­vía era el ojo del mir­lo.

La pri­me­ra es­tá es­con­di­da bien arri­ba, en una bi­blio­te­ca de cao­ba. Ofre­ce una pa­no­rá­mi­ca de la ha­bi­ta­ción en la que él duer­me acos­ta­do en una ca­ma de ma­tri­mo­nio, en­tre un mon­tón de al­moha­das.

El ca­be­ce­ro tie­ne una ta­lla in­trin­ca­dí­si­ma. El so­mier, for­ma de tri­neo. El edre­dón, mo­ti­vos

amish. So­bre la me­si­ta de no­che de la iz­quier­da re­po­sa una ur­na. Un re­loj de lin­ter­na an­ti­guo cuel­ga en la pa­red, cer­ca de un es­pe­jo de pla­ta alar­ga­do que el tiem­po ha os­cu­re­ci­do y lle­na­do de mo­tas. De­ba­jo del es­pe­jo, en un rin­cón, ca­si ocul­ta a la vis­ta, hay una bom­bo­na de oxí­geno pe­que­ña.

En la bu­ta­ca, le­jos de la ca­ma, re­po­san me­dia docena de al­moha­das, y va­rios co­ji­nes ocu­pan una si­lla de ro­ble con re­po­sa­bra­zos de cue­ro.

En el es­cri­to­rio, al la­do de la puer­ta, hay va­rios pa­pe­les cui­da­do­sa­men­te api­la­dos, un abre­car­tas de pla­ta, un se­llo se­co y un por­tá­til abier­to. Se ve una pi­pa, pe­ro ni ca­ja de ta­ba­co, ni ce­ri­llas ni ce­ni­ce­ro.

Obras con­tem­po­rá­neas: tres pai­sa­jes ur­ba­nos, líneas y blo­ques ní­ti­dos, y una pe­que­ña ma­ri­na en la pa­red de la puer­ta del ba­ño. Y en me­dio de to­do aque­llo, él ya­ce en la ca­ma he­cho un bul­to, la ca­be­za, ape­nas un bo­rrón.

Me de­ba­tía en tres pun­tos, co­mo un ár­bol en don­de hay tres mir­los.

Na­cí en mi­tad de mi pri­me­rí­si­mo dis­cur­so. De­be­ría le­van­tar­se, bus­car un cua­derno y ano­tar la fra­se, pe­ro, co­mo en la ha­bi­ta­ción ha­ce un frío gla­cial y la ca­le­fac­ción no es­tá en mar­cha to­da­vía, pre­fie­re no mo­ver­se. Pe­ro al me­nos las sá­ba­nas es­tán ti-

ran­tes y ca­len­ti­tas. Pue­de que Sally ha­ya en­tra­do a arro­par­lo otra vez, por­que aho­ra le vie­ne a la me­mo­ria su tra­ve­sía, o sus va­rias tra­ve­sías, o —pa­ra ser más pre­ci­sos— sus in­fi­ni­tas tra­ve­sías al ba­ño. Na­cí en mi­tad de mi úl­ti­ma tra­ve­sía he­roi­ca. Arri­ba, el ven­ti­la­dor del te­cho da vuel­tas. Los de man­te­ni­mien­to han cam­bia­do el sen­ti­do del gi­ro. Pe­ro ¿có­mo va a dar ca­lor un ven­ti­la­dor que gi­ra en sen­ti­do con­tra­rio? Si pu­dié­ra­mos do­mi­nar la co­rrien­te, cam­biar el sen­ti­do del gi­ro... Na­cí en mi­tad de mi

pri­mer dis­cur­so al ju­ra­do. Cu­rio­so, que se re­plan­tee lo de sus me­mo­rias a su edad, pe­ro ¿qué otra co­sa va a ha­cer? Lo flo­jo de las ven­tas, en los ochen­ta, fue una au­tén­ti­ca sor­pre­sa, tan bien edi­ta­das, tan bien pre­sen­ta­das, tan bien co­rre­gi­das. Con to­dos

los de­ta­lles. Ni tra­gán­do­se una píl­do­ra de hu­mil­dad ha­bría ima­gi­na­do que so­lo iba a ven­der unos cuan­tos ejem­pla­res aquí y otros allá, pe­ro ca­si to­dos aca­ba­ron en las me­sas de sal­do a los tres me­ses. Na­cí en mi­tad de mi pri­mer fra­ca­so pú­bli­co. Pe­ro, a ver, ¿eso cuán­do fue, de ver­dad? Na­cí la pri­me­ra vez que le hi­ce el amor a Ei­leen. Na­cí cuan­do to­qué la mano de mi hi­jo Elliot de be­bé. Na­cí cuan­do me sen­té en la ca­bi­na de un Cur­tiss SOC-3. Va, gi­li­po­lle­ces. Gi­li­po­lle­ces con DOBLE ELE ma­yús­cu­la. Pa­ra ser sin­ce­ros, na­ció en me­dio de ese pri­mer ca­so, cuan­do, ayu­dan­te del fis­cal del dis­tri­to re­cién sa­li­do del cas­ca­rón, se plan­tó en el tri­bu­nal de Brooklyn y les dio a sus pa­la­bras la for­ma exac­ta que ha­bía so­ña­do, y pe­ne­tra­ron en el ai­re y las vio re­vo­lo­tear, y ad­vir­tió el efec­to que pro­vo­ca­ban en las ca­ras del ju­ra­do, hom­bres to­dos, y en el com­pren­si­vo juez, que son­rió con al­go muy pa­re­ci­do al or­gu­llo.

Un dis­cur­so muy só­li­do, se­ñor Men­dels­sohn. Y en ese pre­ci­so mo­men­to su­po que nun­ca iba a de­jar­lo. El De­re­cho era lo su­yo. ¿De eso cuán­tos eo­nes ha­ce, aho­ra? De­be­ría ano­tar­lo. Pe­ro la edad tie­ne ese pro­ble­ma, ¿no es cier­to? Tie­nes im­pre­sio­nes, pe­ro te fal­tan fe­chas. Y a la que das con las fe­chas, la im­pre­sión la pier­des.

Lá­piz y pa­pel, Sally, que­ri­da, ¿es pe­dir de­ma­sia­do? Na­cí en mi­tad de mi pri­me­rí­si­ma pér­di­da de

me­mo­ria. ¿Se pue­de sa­ber por qué no ten­go nun­ca pa­pel al la­do de la ca­ma? ¿De­be­ría usar una gra­ba­do­ra? Un por­ten­to di­gi­tal de esos. Pue­de que mi Blac­kBerry ten­ga una; a fin de cuen­tas, to­do lo de­más ya lo tie­ne. Úl­ti­ma­men­te le ha da­do por em­bu­tir­la en el bol­si­llo del pi­ja­ma, don­de pa­sa to­da la no­che con la lu­ce­ci­ta ro­ja par­pa­dean­do. Má­qui­na pro­di­gio­sa, le trae no­ti­cias de los triun­fos y los te­rro­res más re­cien­tes mien­tras él se ador­me­ce y ron­ca. Gol­pes de Es­ta­do y re­vo­lu­cio­nes y re­be­lio­nes y des­gra­cias va­ria­das, to­dos có­mo­dos en la ca­ma, pla­nean­do su fu­ga.

Cu­rio­so: los pi­ja­mas los di­se­ñan pa­ra que el bol­si­llo que­de en el la­do iz­quier­do, en­ci­ma del corazón. ¿Con cri­te­rios mé­di­cos, tal vez? Un pe­que­ño com­par­ti­men­to pa­ra el doc­tor. Un si­tio don­de po­ner los stents y los tu­bos y las píl­do­ras en ca­so de ata­que. Los ac­ce­so­rios de la edad. Ten­dría que pre­gun­tár­se­lo a su vie­jo ami­go, el doc­tor Ma­rion. ¿Por qué es­tá el bol­si­llo en­ci­ma del corazón, Jim? Tal vez no sea más que co­sa de la mo­da, un tic. Y a to­do eso, ¿quién dian­tres in­ven­tó el bol­si­llo del pi­ja­ma? ¿Y

Arri­ba, el ven­ti­la­dor del te­cho da vuel­tas. Los de man­te­ni­mien­to han cam­bia­do el sen­ti­do del gi­ro. Pe­ro ¿có­mo va a dar ca­lor un ven­ti­la­dor que gi­ra en sen­ti­do con­tra­rio?

El es­ti­lo lo era to­do: la palabra pre­ci­sa en el mo­men­to ade­cua­do. Has­ta el más ton­to sa­be que una fra­se rim­bom­ban­te pue­de sa­car­le bri­llo a cual­quier es­tu­pi­dez

con qué pro­pó­si­to? ¿Pa­ra que que­pa un po­qui­to de pan o una ga­lle­ti­ta sa­la­da o una tos­ta­da, por si de no­che nos en­tra el ham­bre? ¿Es un es­con­dri­jo pa­ra an­ti­guas car­tas de amor? ¿Una fun­da pa­ra el al­ter ego, que, ahí fue­ra, es­pe­ra en­tre bam­ba­li­nas? Ay, la men­te va va­gan­do, pla­nea su fu­ga: por la ven­ta­na es­car­cha­da. Y a to­do eso, ¿quién in­ven­tó el la­do fres­co de la al­moha­da?

Ba­jo la sá­ba­na, mue­ve un po­qui­to los de­dos de los pies y los fro­ta los unos con­tra los otros des­pa­cio, de­ja que el ca­lor va­ya rep­tan­do cuer­po arri­ba. Nun­ca ha en­ten­di­do las ca­le­fac­cio­nes de Nue­va York. Tan­ta tu­be­ría sub­te­rrá­nea y tan­to ca­mión de ga­só­leo y tan­ta reu­nión de la jun­ta del edi­fi­cio a pro­pó­si­to de la caldera, tan­to pre­mio No­bel de in­ge­nie­ría y ar­qui­tec­to sa­bihon­do y ex­per­to en ca­len­ta­mien­to global, un au­tén­ti­co gru­po de sa­bios, ge­nios to­dos ellos, y ni así te li­bras de ese es­pan­to­so clac, clac, clac de to­das las mañanas. Es Dan­te, en el só­tano, tra­tan­do de dar­les una ca­pa de im­pri­ma­ción a las tu­be­rías. Por Dios ben­di­to, cual­quie­ra di­ría que en el si­glo XXI po­drían re­sol­ver el mis­te­rio de la pu­ta ca­le­fac­ción, y per­dón por lo soez de mi in­glés, y de mi po­la­co, y de mi li­tuano, pe­ro no, no pue­den, nun­ca han po­di­do y es pro­ba­ble que no pue­dan ja-

más. No en­cien­den la caldera has­ta las cin­co de la ma­ña­na a me­nos que en la ca­lle es­tén co­mo en Si­be­ria Orien­tal. El por­te­ro del edi­fi­cio es maes­tro de aje­drez, de Sa­ra­je­vo, se ha en­fren­ta­do a Spas­ki, se jac­ta de su ca­pa­ci­dad ce­re­bral y di­ce que es miem­bro de Men­sa, ¿y ni él pue­de po­ner en mar­cha la con­de­na­da ca­le­fac­ción?

Co­ge la Blac­kBerry y la re­su­ci­ta a gol­pe de te­cla. To­da­vía fal­tan vein­ti­dós mi­nu­tos pa­ra que las tu­be­rías em­pie­cen a chu­tar co­mo es de­bi­do. Se sien­te ten­ta­do de sal­tar­se su ri­tual, de ha­cer una con­sul­ta an­ti­ci­pa­da a las no­ti­cias y al email, pe­ro vuel­ve a guar­dar la Blac­kBerry en el bol­si­llo del pi­ja­ma. Na­cí en mi­tad de mi pri­mer dis­cur­so al ju­ra­do y sa­lí a Court Street con alas en los pies. No es del to­do cier­to. Nun­ca he te­ni­do alas en los pies, ni si­quie­ra en­ton­ces. Siem­pre he an­da­do re­za­ga­do. No soy un Joe DiMag­gio ni un Jes­se Owens ni un Wilt Cham­ber­lain. Las alas las ha­bía guar­da­do ple­ga­das, ocul­tas en el len­gua­je, en la en­to­na­ción, en la for­ma de sus pa­la­bras. A ve­ces pa­sa­ba la no­che en­te­ra des­pier­to, sen­ta­do a la me­sa de cao­ba, pu­lien­do fra­ses. De jo­ven qui­so ser es­cri­tor. La fuen­te del He­li­cón. Na­cí en mi­tad de mi pri­me­ra con­tra­dic­ción. Los gran­des dis­cur­sos no te­nían na­da que ver con la sus­tan­cia. El es­ti­lo lo era to­do: la palabra pre­ci­sa en el mo­men­to ade­cua­do. Has­ta el más ton­to sa­be que una fra­se rim­bom­ban­te aquí y otra allá pue­den sa­car­le bri­llo a cual­quier es­tu­pi­dez. En la sa­la, es­tu­dia­ba las ca­ras del ju­ra­do pa­ra ver qué pa­la­bras po­dría des­li­zar­les piel aba­jo. Gar­bo de ora­dor y si­lue­ta de ser­pien­te, ¿o gar­bo de ser­pien­te y si­lue­ta de ora­dor, más bien? Era un cum­pli­do, co­mo fue­ra. Has­ta las eses de la ser­pien­te son si­bi­lan­tes.

A Ei­leen le en­can­ta­ba leer sus dis­cur­sos, so­bre to­do en los úl­ti­mos tiem­pos, des­pués del as­cen­so al Tri­bu­nal Su­pre­mo de Kings County, cuan­do siem­pre te­nía al­gún pe­rió­di­co de­trás bus­cán­do­le las cos­qui­llas, el Vi­lla­ge Voi­ce, el New York Ti­mes, ese pe­rio­di­cu­cho de tres al cuar­to de Nue­va Áms­ter­dam, ¿có­mo se lla­ma? El Brooklyn Ea­gle, no, ese lle­va tiem­po fue­ra de cir­cu­la­ción. Una vez, en una ca­ri­ca­tu­ra lo sa­ca­ron co­mo una man­tis re­li­gio­sa. Le ha­bían di­bu­ja­do una ca­ra odio­sa, esas me­ji­llas caí­das, esos len­tes en­ca­ra­ma­dos en la na­riz, la tri­pa co­mo col­ga­da en ban­do­le­ra mien­tras mas­ti­ca­ba a otra man­tis re­li­gio­sa. Idio­tas. No ha­bían en­ten­di­do na­da. Es la hem­bra la que se co­me al ma­cho al tér­mino del com­ba­te amo­ro­so. Con to­do, aque­llo no era un cum­pli­do, pre­ci­sa­men­te.

Co­lum mcCann na­ció en Du­blín. es au­tor de cin­co no­ve­las y dos li­bros de re­la­tos. Ha ob­te­ni­do los ga­lar­do­nes li­te­ra­rios más pres­ti­gio­sos, en­tre ellos el push­cart pri­ze, el Roo­ney pri­ze, el Hen­nessy Award, el irish in­de­pen­dent Hughes y el ire­land Fund of mo­na­co prin­cess Gra­ce me­mo­rial Li­te­rary Award. Su no­ve­la Que

el vas­to mun­do si­ga gi­ran­do ob­tu­vo el Na­tio­nal Book Award y el in­ter­na­tio­nal im­pAC Du­blin Li­te­rary Award. TRE­CE FOR­MAS DE MI­RAR / CO­LUM MCCANN / SEIX BARRAL / 248 PÁ­GI­NAS / 18,50 EU­ROS / PU­BLI­CA­CIÓN: 07/09/2017.

ilus­tra­cio­nes: pa­blo ca­ra­col

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