re­sort Juan Car­los Már­quez

en un com­ple­jo ho­te­le­ro de la cos­ta es­pa­ño­la ha des­apa­re­ci­do un niño alemán. pa­ra es­cla­re­cer lo su­ce­di­do se de­ci­de re­te­ner a los hués­pe­des en el ho­tel y des­ple­gar po­li­cías de pai­sano. pe­ro so­bre es­te tras­fon­do ocu­rren otros dra­mas co­ti­dia­nos, pro­pios de u

Tiempo - - Turno de palabra -

1 Co­ge las dos tar­je­tas-lla­ve que le ofre­ce la re­cep­cio­nis­ta y le en­tre­ga una a su mu­jer. Ella la echa den­tro del bol­so y va de­pri­sa a por el niño, subido en el res­pal­do de uno de los so­fás de la re­cep­ción. Lo ba­ja de allí su­je­to por las axi­las y le obli­ga a dar­le la mano. Tam­bién se aga­cha un mo­men­to y le su­su­rra una fra­se al oí­do, una de esas fra­ses de­fi­ni­ti­vas que las ma­dres su­su­rran al oí­do de sus hi­jos cuan­do se han le­van­ta­do a las cua­tro de la ma­dru­ga­da y han con­du­ci­do más de qui­nien­tos ki­ló­me­tros pa­ra lle­gar al lu­gar de des­tino de las va­ca­cio­nes y lo que más desean en el mun­do es des­ves­tir­se, tomar una du­cha lar­ga y tum­bar­se un ra­to hú­me­das de fres­cor y li­ge­ras de ro­pa so­bre la ca­ma. Los tres se di­ri­gen a los as­cen­so­res, al fon­do de la re­cep­ción. Él car­ga con el equi­pa­je de mano: una tro­lley, dos bol­sas de via­je, una ne­ve­ra y un PC por­tá­til. Cin­tas y asas se en­tre­cru­zan por su cuer­po co­mo ca­na­nas en el tor­so de un mer­ce­na­rio. Las ma­le­tas más pe­sa­das, dos bul­tos gran­des de co­lor ro­jo, y una si­lla de pa­seo ple­ga­da que­dan en el re­ci­bi­dor aguar­dan­do la lle­ga­da de un ma­le­te­ro.

La ha­bi­ta­ción es gran­de y lu­mi­no­sa, co­mo en las fo­to­gra­fías de la web del ho­tel. Es­tá pin­ta­da de un azul pá­li­do, des­va­li­do, y so­bre las ca­mas cuel-

gan cua­dros ma­ri­ne­ros: nu­dos, pe­ces, bar­cas y ga­vio­tas so­bre­vo­lan­do las aguas. El mar se ve al fon­do, más allá de la te­rra­za, en­mar­ca­do por visillos y cor­ti­no­nes. El hom­bre des­ha­ce el equi­pa­je de mano, atien­de la lle­ga­da del ma­le­te­ro y sin­to­ni­za en el te­le­vi­sor di­bu­jos pa­ra el niño mien­tras su mu­jer se du­cha. Los tres, arru­lla­dos por el can­san­cio y los mur­mu­llos del te­le­vi­sor, el ai­re acon­di­cio­na­do y el mar, se que­dan pron­to dor­mi­dos so­bre las ca­mas: el hom­bre y la mu­jer cuan lar­gos son so­bre la de ma­tri­mo­nio; el niño, atra­ve­sa­do so­bre la su­ple­to­ria co­mo un tra­zo dia­go­nal. Unos gri­tos les des­pier­tan una ho­ra des­pués. Vo­ces en un idio­ma ex­tra­ño que ni el hom­bre ni la mu­jer, y mu­cho me­nos el niño, pue­den re­co­no­cer. Pu­die­ra ser ru­so, po­la­co o al­gu­na len­gua nór­di­ca. La mu­jer se des­pe­re­za y anun­cia su in­ten­ción de sa­lir a la te­rra­za pa­ra echar un vis­ta­zo. Lle­va pues­ta una ca­mi­se­ta lar­ga que le cu­bre por de­ba­jo de los mus­los, cer­ca de las ro­di­llas. La pren­da ape­nas con­si­gue di­si­mu­lar unos pe­chos co­mo de lac­tan­cia, gran­des y re­don­dea­dos, li­bres del sos­tén du­ran­te la sies­ta. El hom­bre la si­gue en su cu­rio­si­dad. La abra­za por la es­pal­da con­tra la ba­ran­di­lla de la te­rra­za ha­cién­do­le no­tar en sus nal­gas una erec­ción li­ge­ra, más fi­sio­ló­gi­ca que fru­to de la ex­ci­ta­ción se­xual. La mu­jer es­pe­cu­la con que los gri­tos, que se van apa­gan­do po­co a po­co has­ta des­apa­re­cer, pro­ce­den de los pi­sos su­pe­rio­res. Las ca­be­zas de otros cu­rio­sos le­van­ta­das ha­cia los pi­sos al­tos del edi­fi­cio pa­re­cen co­rro­bo­rar­lo. El hom­bre es­tá a pun­to de pre­gun­tar­les qué pa­sa, pe­ro no lo ha­ce. Tie­nen to­dos as­pec­to de ex­tran­je­ros. Ni­ños ru­bios y pe­co­sos de ojos cla­ros. Chi­cas del­ga­das de cu­los prie­tos y pe­chos desafian­tes, ama­zo­nas cen­troeu­ro­peas lis­tas pa­ra la pro­crea­ción. Vie­jos pe­lle­ju­dos, ro­sá­ceos, de gran­des vien­tres. Pa­ra ha­cer­se en­ten­der ten­dría que ex­pre­sar­se en in­glés y al hom­bre no le pa­re­ce que lo ocu­rri­do, si es que ha ocu­rri­do al­go, re­quie­ra ese es­fuer­zo. El niño lla­ma a vo­ces a su ma­dre. La mu­jer en­tra de­pri­sa y se tum­ba jun­to a él en la ca­ma. El niño es­tá ca­lien­te. Emi­te ese ca­lor agra­da­ble, res­col­do de los sue­ños, que des­pi­den los ni­ños re­cién le­van­ta­dos. Hue­le a ce­rea­les. Pan re­cién sa­ca­do de un horno de in­fan­cia. La mu­jer lo aprie­ta con­tra su cuer­po y le be­sa va­rias ve­ces en la fren­te y las me­ji­llas. ¿A quién le ape­te­ce dar­se un cha­pu­zón?

2 La pla­ya que­da muy cer­ca del ho­tel, al otro la­do de una ca­rre­te­ra. La pre­ce­de un pa­seo. El pa­seo. Ese pa­seo que siem­pre bor­dea las pla­yas de las lo­ca­li­da­des cos­te­ras. Ese pa­seo que, arran­ca­do de cua­jo de cual­quier pla­ya es­pa­ño­la por una fuer­za so­bre­na­tu­ral, po­dría re­im­plan­tar­se en cual­quier otra del mun­do sin que na­die ad­vir­tie­ra el cam­bio. Ban­cos. Bal­do­sas. Bi­ci­cle­tas. Pa­ti­nes. Vie­jos que ca­mi­nan de­pri­sa o co­rren des­pa­cio mi­ran­do de sos­la­yo sus re­lo­jes. Vie­jos que qui­zá per­si­gan lle­gar en bue­na for­ma fí­si­ca y a tiem­po a sus muer­tes. El hom­bre em­pu­ja la si­lla va­cía. El niño, em­ba­dur­na­do de cre­ma de pro­tec­ción so­lar, con una apa­rien­cia al­bi­na, va de la mano de su ma­dre, que por­ta en la otra mano una som­bri­lla ple­ga­da. A de­cir ver­dad, el niño ha de­ja­do de ir en la si­lla ha­ce me­ses. La si­lla no es ya un me­dio de trans­por­te sino un asien­to don­de el niño pue­de ver con co­mo­di­dad un DVD mien­tras sus pa­dres ce­nan o toman una co­pa. O bien una ca­rre­ti­lla so­bre la que trans­por­tar bol­sas y de cu­yos

Las som­bri­llas de­la­tan las zo­nas ocu­pa­das por fa­mi­lias con hi­jos pe­que­ños y an­cia­nos. Los ado­les­cen­tes se tum­ban en­ci­ma de una toa­lla. Se sien­ten in­ven­ci­bles

Es difícil re­gu­lar la tem­pe­ra­tu­ra de los gri­fos de un ho­tel. El agua siem­pre sa­le de­ma­sia­do fría o de­ma­sia­do ca­lien­te, so­bre to­do pa­ra los hi­jos úni­cos

asi­de­ros cuel­gan flo­ta­do­res, cu­bos, pa­las y man­gui­tos: un pe­que­ño ba­zar pla­ye­ro so­bre rue­das. Un ca­mino de ta­blo­nes lle­ga ca­si has­ta la ori­lla del mar. Un mar en cal­ma. Es­tan­ca­do. Una gran ba­ñe­ra de olas mo­ri­bun­das, muy se­pa­ra­das. La mu­jer en­cuen­tra un hue­co y en­tre­ga la som­bri­lla al hom­bre pa­ra que la cla­ve en la are­na. Una vez abier­ta, ape­nas unos cen­tí­me­tros la se­pa­ran de otras som­bri­llas abier­tas a su al­re­de­dor. Las som­bri­llas de­la­tan las zo­nas ocu­pa­das por fa­mi­lias con hi­jos pe­que­ños y an­cia­nos. Ado­les­cen­tes y jó­ve­nes se tum­ban en­ci­ma de una toa­lla so­bre la are­na. A ve­ces ni si­quie­ra pre­ci­san una toa­lla. Se pien­san in­ven­ci­bles. No ne­ce­si­tan pro­te­ger­se del sol ni de na­da, sal­vo de sus erec­cio­nes, los hom­bres, o del ru­bor y el or­gu­llo de sen­tir­se desea­das, las mu­je­res. El niño va co­rrien­do has­ta el lí­mi­te en­tre la are­na y el mar y se que­da quie­to un mo­men­to, mi­ran­do al agua. Con un po­co de in­quie­tud aca­so y mu­chas ga­nas de en­trar. Co­mo un in­mi­gran­te an­te una fron­te­ra. El padre pa­sa co­rrien­do a su la­do y se lan­za al agua de ca­be­za, aun­que ape­nas cu­bre. La mu­jer ha­ce lo pro­pio. El niño echa a an­dar ha­cia ellos, que le ha­cen se­ñas y le dan áni­mos. Cuan­do el agua le al­can­za la cin­tu­ra se tum­ba y da al­gu­nas bra­za­das tor­pes. Na­da con los bra­zos al­go en­co­gi­dos. Su ca­be­za en­tra y sa­le del agua pa­ra co­ger ai­re de ma­ne­ra brus­ca, des­acom­pa­sa­da, co­mo si una mano in­vi­si­ble in­ten­ta­ra es­tran­gu­lar­lo. Mue­ve las pier­nas sin coor­di­na­ción en un cha­po­teo vano. Mi­rar có­mo na­da un niño en el prin­ci­pio de su apren­di­za­je tie­ne mu­cho de agó­ni­co. Y sin em­bar­go los pa­dres y las ma­dres in­ten­tan son­reír mien­tras los hi­jos se les acer­can con una len­ti­tud des­qui­cia­da de mo­vi­mien­tos, son­ríen, co­mo son­ríen el padre y la ma­dre del niño, y sien­ten, por fin, cuan­do los ni­ños lle­gan a su des­tino, a los bra­zos pa­ter­nos o ma­ter­nos, un gran ali­vio.

3 La du­cha. Las cre­mas. Los tur­nos. La ma­dre con la ca­be­za en­vuel­ta en una toa­lla blan­ca. El se­ca­dor de pe­lo del ho­tel en la ho­ra, po­co an­tes de la ce­na bu­fet, en que por to­da la cos­ta se oye un himno de se­ca­do­res de pe­lo. El padre y el hi­jo se du­chan jun­tos. Es difícil re­gu­lar la tem­pe­ra­tu­ra del agua de los gri­fos de ho­tel, aun­que sean ho­te­les con­for­ta­bles. El agua siem­pre sa­le de­ma­sia­do fría o de­ma­sia­do ca­lien­te, so­bre to­do pa­ra los hi­jos úni­cos. Es sen­ci­llo des­pren­der­se me­dian­te una du­cha de la are­na que se pe­ga al cuer­po pe­ro im­po­si­ble que se va­ya so­la, por su pro­pia iner­cia, por el desagüe. Hay que di­ri­gir el cho­rro de la du­cha ha­cia la are­na, esa se­di­men­ta­ción del día de pla­ya. La al­ca­cho­fa a pocos cen­tí­me­tros. Guiar la are­na co­mo se guía a los sol­da­dos pri­sio­ne­ros, a cu­la­ta­zos, con apre­mio, has­ta el agu­je­ro. In­sis­tir has­ta que to­do des­apa­re­ce con la úl­ti­ma es­pu­ma. Las cre­mas. El afei­ta­do. Los al­bor­no­ces. Tum­bar­se un ra­to so­bre la ca­ma y ha­cer zap­ping en la to­rre de Ba­bel. La ro­pa lim­pia y el niño que di­ce que esas no, que las azu­les, que los cal­ce­ti­nes le aprie­tan, una cha­que­ti­ta no, que ha­ce ca­lor. Pa­ra el niño siem­pre ha­ce ca­lor. La mu­jer fan­ta­sea a ve­ces con la idea de lle­var al niño a un gla­ciar y de­jar­lo allí, en ca­mi­se­ta, es­pe­rar ocul­ta con un plu­mas en el re­ga­zo has­ta que el niño gri­te ten­go frío. El as­cen­sor. El niño que aprie­ta to­dos los bo­to­nes. Suban

o ba­jen. Al niño le es in­di­fe­ren­te. El niño, una vez den­tro, pul­sa los bo­to­nes de to­das las plan­tas. El niño es­tá en esa edad en que no es­cu­cha, en esa edad en que ni si­quie­ra sa­be di­si­mu­lar que no es­cu­cha.

El maî­tre con­du­ce al ma­tri­mo­nio y a su hi­jo por el co­me­dor has­ta la me­sa que les ha co­rres­pon­di­do. Es una me­sa en la te­rra­za, con vistas a la pis­ci­na prin­ci­pal del ho­tel, en la que desem­bo­ca un to­bo­gán. Es pron­to aún pa­ra ce­nar, las ocho y me­dia, y sin em­bar­go el co­me­dor es­tá lleno de hués­pe­des ex­tran­je­ros. Pa­dres, ma­dres e hi­jos en su ma­yo­ría alemanes que aca­rrean y de­glu­ten pla­tos de hue­vos fri­tos y sal­chi­chas con két­chup y ba­cón y ex­tra­ñas ver­du­ras acei­to­sas. Al hom­bre le ho­rro­ri­za que esa gen­te con un pa­la­dar tan pri­ma­rio, esos nean­der­ta­les de la gas­tro­no­mía, li­de­ren la Europa co­mu­ni­ta­ria y ha­yan pues­to dos ve­ces el mun­do pa­tas arri­ba. El hom­bre, no obs­tan­te, les son­ríe mien­tras co­men, les di­ce que apro­ve­che, por­que el hom­bre sa­be que en las va­ca­cio­nes son fun­da­men­ta­les la cor­te­sía y la ama­bi­li­dad. Sa­be que, pe­se a su au­sen­cia ab­so­lu­ta de gus­to cu­li­na­rio, los alemanes son si­len­cio­sos, edu­ca­dos, lo que no pue­de de­cir­se de mu­chas fa­mi­lias es­pa­ño­las, de esas con abue­la y me­lli­zos, que ha­cen de la al­ga­ra­bía y el caos un es­tan­dar­te. Pe­ro esas no han lle­ga­do aún. Lle­ga­rán más tar­de, al lí­mi­te del ho­ra­rio per­mi­ti­do pa­ra ce­nar. Lle­ga­rán con sus pri­sas y sus pro­les y sus tres ge­ne­ra­cio­nes y al­guno de­rra­ma­rá el lí­qui­do de un va­so, llo­ra­rá o vo­mi­ta­rá. Qui­zá en ese mis­mo or­den se­cuen­cial. En eso pien­sa el hom­bre mien­tras aguar­da que un ca­ma­re­ro ven­ga a to­mar­le no­ta de la be­bi­da, y la mu­jer y el niño re­co­rren al fon­do las dis­tin­tas zo­nas del bu­fet. La mu­jer y el niño son co­mo esos ex­plo­ra­do­res que en­vía el sép­ti­mo de ca­ba­lle­ría a es­piar a los in­dios. Suben rep­tan­do una co­li­na, si­nuo­sos co­mo eses, pa­ra mi­rar al otro la­do, don­de los in­dios aguar­dan ser mi­ra­dos, por­que los in­dios son ex­hi­bi­cio­nis­tas, por eso lle­van plu­mas, ca­bal­gan se­mi­des­nu­dos y se pin­tan la ca­ra, los in­dios son pu­tas po­li­go­ne­ras. Por el mo­men­to, la mu­jer y el niño so­lo mi­ran. Si­quie­ra han co­gi­do un pla­to o una pie­za de pan. Pa­sean an­te las vi­tri­nas de comida co­mo quie­nes lo ha­cen por un mu­seo, con ai­re re­ve­ren­cial. Las ver­du­ras pa­ra la en­sa­la­da se­pa­ra­das por es­pe­cies: haz­lo tú mis­mo. El Ikea de la gas­tro­no­mía. Le­chu­ga, to­ma­te, ce­bo­lla, maíz, re­mo­la­cha, atún, pe­pi­ni­llos, ce­bo­lle­tas, pal­mi­tos, es­pá­rra­gos, hue­vos du­ros. Las en­sa­la­das del chef, con pas­ta o arroz y ta­qui­tos de comida, comida que fue re­ti­ra­da de otras ban­de­jas ya ex­pues­tas los días an­te­rio­res, cor­ta­da en tro­zos, re­ci­cla­da, sal­pi­ca­da aho­ra de ma­yo­ne­sa o sal­sa tár­ta­ra. Las tar­tas pre­co­ci­na­das que pa­re­cen con­ver­sar: fí­ja­te, has­ta ha­ce una ho­ra so­lo éra­mos pol­vos den­tro de una bolsa de pa­pel de pla­ta y aho­ra so­mos tar­tas. En­tre el pol­vo y no­so­tras so­lo hay agua, a ve­ces le­che, un mol­de. Tar­tas y pas­te­li­llos cris­tia­nos. Pol­vo eres y en tar­ta te con­ver­ti­rás. Los helados con sa­bor a me­di­ca­men­tos in­fan­ti­les. Los yo­gu­res. Las ban­de­jas con gui­sos de car­ne o de pes­ca­do. Pes­ca­dos lo­ca­les, blan­cos e in­sí­pi­dos, que na­die an­tes de lle­gar al bu­fet oyó nom­brar. Zar­zue­la de. Ra­gú de. Pae­lla de. Arroz. Que no fal­te el arroz. Arroz pa­ra los ex­tran­je­ros. Arroz a ban­da. Arroz con ma­ris­cos con­ge­la­dos des­de la pri­me­ra gla­cia­ción. Arroz con ver­du­ri­tas de la huer­ta que han sa­li­do de un fras­co chino de cris­tal. El ve­rano y las apa­rien­cias. El que­rer ser fe­li­ces. El que­rer de­jar­se en­ga­ñar por­que es la úni­ca ma­ne­ra de ser fe­li­ces. La plan­cha, por fin. El co­ci­ne­ro son­rien­te y su­do­ro­so. Con ese go­rro al­to de

ma­jo­ret­te por el que se le es­cu­rren los pe­los gra­sien­tos. La pa­le­ta que da la vuel­ta con es­pí­ri­tu cir­cen­se a los des­po­jos de ani­ma­les muer­tos. Y la fru­ta, per­fec­ta, co­mo de bo­de­gón, sin sa­bor. La mu­jer y el niño re­gre­san, más vie­jos, más can­sa­dos, y le di­cen al hom­bre: hay lo de siem­pre. Va­mos o den­tro de po­co no que­da­rá na­da.

Juan Car­los már­quez (Bilbao, 1967) es li­cen­cia­do en Cien­cias de la in­for­ma­ción y más­ter de pe­rio­dis­mo, ha ejer­ci­do el ofi­cio en di­ver­sos me­dios e im­par­te cla­ses en la es­cue­la de es­cri­to­res. en­tre sus obras des­ta­can Tan­gram,

Nor­tea­mé­ri­ca pro­fun­da y Los úl­ti­mos, ga­lar­do­na­dos con di­ver­sos pre­mios. RE­SORT / JUAN CAR­LOS MÁR­QUEZ / SAL­TO DE PÁ­GI­NA / 128 PÁ­GI­NAS / 14,50 EU­ROS / PU­BLI­CA­CIÓN: 01-09-2017.

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