por la es­cua­dra

Tiempo - - NEWS - Luis aL­go­rri fa­ce­book.com/lui­sal­go­rri

Yo pien­so en el rey He­ro­des cuan­do man­dó de­go­llar a los des­ce­re­bra­dos pa­dres de los inocen­tes, creo que era así

Us­te­des es­ta­rán aho­ra mis­mo, con to­da pro­ba­bi­li­dad, muy preo­cu­pa­dos por mu­chas co­sas. El hu­ra­cán Ir­ma, que a es­tas ho­ras ya se ha­brá pa­sa­do pe­ro ahí de­trás vie­ne Jo­sé. El te­rre­mo­to de Mé­xi­co. Lo que pue­da pa­sar en Ca­ta­lu­ña el Uno a Ce­ro (hay pe­rio­dis­tas de te­le­vi­sión que ven 1-O y di­cen “uno a ce­ro”, por los ner­vios). Con­ta­ba Da­le Car­ne­gie en su li­bro Có­mo su­pri­mir las preo­cu­pa­cio­nes y dis­fru­tar de la vi­da, pu­bli­ca­do en 1948, que uno de los mé­to­dos más efi­ca­ces pa­ra eli­mi­nar la an­gus­tia es ocu­par­se de otra co­sa, cam­biar de ac­ti­vi­dad, ha­cer al­go que nos in­te­re­se mu­cho y que nos im­pul­se a ser fe­li­ces.

Yo no es­toy de acuer­do. En el mun­do en que vi­vi­mos, lo me­jor que se pue­de ha­cer pa­ra eli­mi­nar una preo­cu­pa­ción (no sé si lo me­jor, pe­ro des­de lue­go es lo más fre­cuen­te aho­ra mis­mo) es bus­car­se otra más gor­da. Al­go que nos ca­bree mu­cho más de lo que ya es­ta­mos. Les pro­pon­go que se suban a un tren en Bar­ce­lo­na con des­tino a Va­len­cia. Pi­dan va­gón de si­len­cio.

Si tie­nen suer­te (no sé si bue­na o ma­la, la ver­dad), coin­ci­di­rán con Isa­bel y con sus pa­dres. Isa­bel es una ni­ña co­mo de 4 años, en­can­ta­do­ra y que, es­to es ob­vio, es­tá sien­do edu­ca­da en la fe­li­ci­dad, en la es­pon­ta­nei­dad, en el diá­lo­go (?), en la ca­ri­cia y en la son­ri­sa cons­tan­tes. En­tra di­cien­do ho­la a to­do el mun­do. Na­tu­ral­men­te a gri­tos, por­que la cría desea lla­mar la aten­ción y des­de lue­go lo con­si­gue.

A los cin­co mi­nu­tos, la ni­ña co­rre por el pa­si­llo, la ni­ña gri­ta pa­ra dar sus­tos y ha­cer gra­cia, la ni­ña se en­fa­da o ha­ce co­mo que se en­fa­da por cual­quier co­sa, la ni­ña quie­re agua, la ni­ña quie­re pis. La ni­ña can­ta una y otra vez, una y otra vez, con ala­ri­dos de yiha­dis­ta, un re­me­do de aque­lla can­ción exas­pe­ran­te se­gún la cual un ele­fan­te se ba­lan­cea­ba so­bre la te­la de una ara­ña, lo cual lle­na a sus pa­dres de al­bo­ro­zo por­que es­tá cla­ro que, al me­nos se­gún ellos, la ni­ña es lis­tí­si­ma, aun­que des­afi­ne co­mo una ra­na y aun­que no se se­pa, ¡por los cla­vos de Cris­to!, nin­gu­na otra can­ción. Re­pi­to: va­gón de si­len­cio.

El pa­dre se en­gan­cha a su or­de­na­dor y se eclip­sa. La ma­dre, que an­da­rá por los 30, que lle­va el pe­lo ri­za­do has­ta me­dia es­pal­da y que vis­te con mu­chas flo­res y mu­chas pul­se­ras de cue­ro y unas san­da­lias de fran­cis­cano que le sien­tan co­mo un ti­ro, mi­ra a la ni­ña co­mo si fue­se el pa­ra­rra­yos de to­das las bon­da­des y dul­zu­ras, y de vez en cuan­do (muy de vez en cuan­do) le pi­de por fa­vor que no gri­te. La ni­ña no le ha­ce ni re­pa­jo­le­ro ca­so y gri­ta más al­to. La ma­dre le di­ce. “Isa­bel, ven, va­mos a ver los osi­tos que hay en el campo”. La ni­ña con­tes­ta, con to­da la ra­zón, que en ese campo no hay osi­tos, y vuel­ve a be­rrear. “Pues los cer­va­ti­llos, se­gu­ro que cer­va­ti­llos sí hay”. La cría res­pon­de que los cer­va­ti­llos no le gus­tan por­que ha­cen ca­ca, lo cual de­ja a su ma­dre sin pa­la­bras pe­ro a ella des­de lue­go que no.

Cuan­do al fin le di­go a la ma­dre que por fa­vor, que es­ta­mos en un va­gón de si­len­cio, la que se po­ne a vo­cear es ella. Que los ni­ños son ni­ños y que hay que te­ner pa­cien­cia, que ella tie­ne sus de­re­chos, que la ni­ña no tie­ne la cul­pa de na­da. Yo re­pli­co: “Cier­to. La cul­pa la tie­ne us­ted. Y créa­me: tar­da­rá po­cos años en dar­se cuen­ta del error que es­tá co­me­tien­do al no edu­car a su hi­ja en el res­pe­to a los de­más”.

En es­to la ni­ña se me plan­ta de­lan­te y me chi­lla: “¡¡Ho­la!!” Y yo pien­so, no sé por qué, en el rey He­ro­des cuan­do man­dó de­go­llar a los des­ce­re­bra­dos pa­dres de los inocen­tes. Creo que era así. ¿Ven? Una preo­cu­pa­ción que se qui­tó aquel ti­po.

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