El buen Jor­di

Tiempo - - POR LA ESCUADRA - Luis aL­go­rri fa­ce­book.com/lui­sal­go­rri

El buen Jor­di, Jor­di Sán­chez Mén­dez, pin­tor ca­ta­lán de se­ten­ta y po­cos años, lle­gó a Madrid en el AVE de las sie­te y diez de la tar­de, el día 1 de oc­tu­bre, do­min­go. Le fui a bus­car a la es­ta­ción de Ato­cha. Jor­di es una de las per­so­nas más ama­bles y bon­da­do­sas que co­noz­co, pe­ro no ha­cía fal­ta ser nin­gún lin­ce pa­ra dar­se cuen­ta de que ve­nía ten­so co­mo una cuer­da de vio­lín. Me pre­gun­ta­ba si era ver­dad que en la Puer­ta del Sol ha­bía una manifestación en fa­vor del “de­re­cho a de­ci­dir”. Me ha­bla­ba de los tre­men­dos ví­deos de in­ci­den­tes con la Po­li­cía en Ca­ta­lu­ña que ya ha­bía­mos vis­to to­dos vein­te ve­ces a lo lar­go del tris­tí­si­mo día.

Madrid es­ta­ba de­co­ra­do co­mo en la fies­ta del Pi­lar de ha­ce trein­ta años: ban­de­ras de Es­pa­ña en cien­tos de bal­co­nes. Jor­di, en el ta­xi que nos lle­va­ba ha­cia su ho­tel, ha­bla­ba ner­vio­so (“mi­ra, es­to pa­sa en Bar­ce­lo­na con las es­te­la­das des­de ha­ce mu­cho”), pe­ro yo pro­cu­ra­ba no con­tes­tar­le. Mis es­pe­ran­zas es­ta­ban pues­tas en la ce­na de esa no­che.

Esa es­pe­ran­za na­cía (y cre­cía) de que Jor­di ha ve­ni­do a Madrid a inau­gu­rar una ex­po­si­ción sen­ci­lla­men­te es­plén­di­da. La lle­va pre­pa­ran­do des­de ha­ce ca­si año y me­dio. Se lla­ma El sím­bo­lo y las mar­cas de cantería y us­te­des pue­den ver­la aho­ra mis­mo (has­ta el día 30 de oc­tu­bre) en la Sa­la de Ca­pe­lla­nes del Co­le­gio de Apa­re­ja­do­res de Madrid, a un pa­so de la pla­za de las Des­cal­zas. La or­ga­ni­za la Gran Lo­gia Sim­bó­li­ca Es­pa­ño­la.

El tí­tu­lo no lo di­ce pe­ro yo sí lo di­go: lo que ha he­cho Jor­di Sán­chez es mu­cho más que una re­crea­ción de los sím­bo­los y de las vie­jas mar­cas que ha­cían los can­te­ros en las pie­dras de las ca­te­dra­les ro­má­ni­cas y gó­ti­cas. Mu­cho más. Jor­di Sán­chez lle­va años es­tu­dian­do la vie­ja e in­trin­ca­da ico­no­gra­fía de los franc­ma­so­nes, que pro­ce­de en bue­na me­di­da de ese tiem­po me­die­val. Lo que ha he­cho ha si­do re­crear, in­ter­pre-

Por unas ho­ras sen­ti­mos que hay al­go más allá de los cul­ti­va­do­res de odio, que la fra­ter­ni­dad es al­can­za­ble

tar, dar nue­va vi­da a esos di­bu­jos ya ca­si in­com­pren­si­bles pa­ra no­so­tros, y so­me­ter­los al len­gua­je del ar­te con­tem­po­rá­neo. Y Jor­di, uno de los maes­tros del di­se­ño gráfico en Es­pa­ña, sa­be que esos sím­bo­los no van so­los. Nun­ca. Siem­pre les acom­pa­ña una for­ma de pro­ce­der, de ver la vi­da, de en­ten­der las re­la­cio­nes hu­ma­nas. Una ma­ne­ra de ac­ce­der a la reali­dad que tie­ne que ver con el res­pe­to, la to­le­ran­cia, la em­pa­tía, la búsqueda de pun­tos de en­cuen­tro. Aun en las peo­res cir­cuns­tan­cias.

En la ce­na éra­mos seis. Unos ma­so­nes, los otros no. La con­ver­sa­ción, ca­si des­de el prin­ci­pio, se fue ha­cia lo que nos unía a to­dos: el ar­te, el sim­bo­lis­mo, el sig­ni­fi­ca­do de los co­lo­res (Jor­di ahí es­tu­vo muy bri­llan­te, co­mo maes­tro que es), la ca­pa­ci­dad ar­mo­ni­za­do­ra del tra­ba­jo en la be­lle­za, en lo tras­cen­den­te, en lo que ha­ce que las per­so­nas tra­ba­jen jun­tas por una vi­da y un fu­tu­ro me­jo­res por en­ci­ma de sus ban­de­ras, sus creen­cias, sus es­ló­ga­nes o sus pa­trio­te­rías.

No sé si al­guno de los seis pen­sa­ba en los po­rra­zos te­rri­bles de los guar­dias, en las ur­nas que lle­ga­ron lle­nas a los “co­le­gios elec­to­ra­les”, en el mi­se­ra­ble que ca­mi­na­ba ha­cia los an­ti­dis­tur­bios con uno ni­ño sen­ta­do so­bre sus hom­bros, en la ima­gen de la an­cia­na en­san­gren­ta­da que bus­ca­ban (y lo­gra­ron) los se­ce­sio­nis­tas, en la ley y en la trampa, en el abis­mo in­sal­va­ble que tan­tos han lo­gra­do ca­var, en to­das esas co­sas. Qui­zá sí. Pe­ro por unas po­cas ho­ras, los sím­bo­los de los an­ti­guos (y mo­der­nos) franc­ma­so­nes nos hi­cie­ron ver a to­dos que la vi­da jun­tos es po­si­ble. Que hay al­go más allá de los cul­ti­va­do­res de odio. Que la fra­ter­ni­dad es al­can­za­ble, co­ño. Va­yan a ver la ex­po­si­ción del buen Jor­di. A ver qué les pa­re­ce.

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