El pe­rro ama al hom­bre

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No es por azar que, des­de ha­ce ya 30.000 años, el pe­rro y el hom­bre son los me­jo­res ami­gos. Es­tu­dios re­cien­tes han per­mi­ti­do de­mos­trar que, cuan­do los pe­rros es­tán en es­tre­cho con­tac­to con sus due­ños, se dis­pa­ran las emi­sio­nes en su cerebro de “sus­tan­cias de pla­cer” (do­pa­mi­na), de la mis­ma for­ma que su­ce­de cuan­do una per­so­na se sien­te fe­liz. Ob­via­men­te, no todo el mun­do es­tá de acuer­do. Al­gu­nos cien­tí­fi­cos pien­san que el pe­rro só­lo quie­re ga­nar al­go (por ejem­plo, co­mi­da), pe­ro son una mi­no­ría. Se­gún Bru­ce Fo­gel, ve­te­ri­na­rio y es­cri­tor bri­tá­ni­co, los es­tu­dios so­bre la li­be­ra­ción de do­pa­mi­na mues­tran al­go que ya sa­bían la ma­yor par­te de los due­ños de pe­rros: que es­tos son ca­pa­ces de amar en mu­chos sen­ti­dos. Pue­den amar el jue­go, la fa­mi­lia y, es­pe­cial­men­te, a su amo. Tam­bién se­gún la in­ves­ti­ga­ción, es­te he­cho ocu­rre so­bre todo en las ra­zas que siem­pre han es­ta­do al la­do del hom­bre (pe­rros per­di­gue­ros, de aguas y pas­to­res).

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