Es­tre Fer­nán­dez

Triatlón - - TRIATLETAS -

Una au­tén­ti­ca triatle­ta ex­tra­or­di­na­ria

Lle­gó un mo­men­to en mi vi­da en el cual sen­tí que una so­la ac­ti­vi­dad de­por­ti­va no era su­fi­cien­te, y pen­sé en el Triatlón… aquel de­por­te que en tu ju­ven­tud veias inal­can­za­ble. En ese ins­tan­te em­pie­za tu aven­tu­ra de ser un "triatle­ta ex­tra­or­di­na­rio" de la mano de tu vo­lun­tad, es­fuer­zo y afán de su­pera­ción. Así em­pe­cé a pre­pa­rar­me pa­ra mi pri­mer triatlon. No voy a con­tar una ex­pe­rien­cia ex­tra­or­di­na­ria, pe­ro sí me gus­ta­ría que cuan­do leas es­to tus an­sias de in­ten­tar­lo sean tan gran­des co­mo las mias. Día a día me le­van­to si­guien­do el plan de en­tre­na­mien­to que me man­da mi mis­ter. Mi ho­ra y me­dia de na­do (a ve­ces sin­tién­do­me un ver­da­de­ro del­fín, otras una au­tén­ti­ca ba­lle­na… pe­ro no­to que me­jo­ro); días que me to­ca ca­rre­ra (es­ta par­te la lle­vo fa­tal y ten­go que de­cir­me “si­gue, aprie­ta, su­fre”; una vez me di­jo un cam­peón que "sin su­fri­mien­to no hay me­jo­ra"); y dias en­ci­ma de una bi­ci. En mi vi­da habia pe­da­lea­do y es la me­jor ex­pe­rien­cia que he po­di­do pro­bar, so­bre to­do esas sa­li­das con mis com­pa­ñe­ros que ha­cen que "sa­que el hi­ga­do". Pe­ro va­le la pe­na si va acom­pa­ña­do del ber­mut de des­pués, las ri­sas y los pi­ques sa­nos. Tras me­ses de pre­pa­ra­ción lle­ga el día de mi de­but en el Triatlón Cross de San­ta Pola. Tras acos­tar­me a las 3 de la ma­ña­na por el tra­ba­jo, ma­dru­go y en dos ho­ras me veo equi­pa­da en la sa­li­da. Unas 160 mu­je­res es­tán a mi al­re­de­dor con los mis­mos ner­vios que yo. Se da la sa­li­da y en­tre ma­no­ta­zos me pon­go a na­dar; oi­go gri­tos en el fon­do y por fín lle­go a la pla­ya. No pue­do con mi alma; sal­go co­rrien­do qui­tán­do­me las ga­fas y el go­rro, co­jo la bi­ci y em­pie­zo a dar­le a los pe­da­les. To­do es subida, pe­ro me em­pie­zo a no­tar de lu­jo y a pen­sar en los ma­ra­vi­llo­sos mon­tes de Onil, mi pue­blo, que tan­tos mo­men­tos du­ros me han re­ga­la­do, y que ha­cen que aho­ra es­ta pis­ta se me ha­ga un ca­mino de ro­sas. Por fin to­ca ba­ja­da y mi Trek no da más; voy vo­lan­do, ¡que sen­sa­ción! Lle­go a bo­xes y me co­lo­co las za­pa­ti­llas pa­ra co­rrer los 6.800 me­tros que que­dan con un ca­lor de

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