EL RE­GRE­SO

Una abue­la, una pros­ti­tu­ta y una co­rra­la. El es­cri­tor JOSÉOVEJEROen­he­bra sus re­cuer­dos de in­fan­cia en un­ho­me­na­je al­ba­rrio en el­que cre­ció.

Vanity Fair (Spain) - - FIRMA -

i abue­la tra­ba­ja­ba de cria­da pa­ra una pros­ti­tu­ta as­tu­ria­na a la que ape­nas lle­gué a co­no­cer, por­que yo subía a su apar­ta­men­to cuan­do ella ha­bía sa­li­do. Re­cuer­do ha­ber­la vis­to una o dos ve­ces, pe­ro ni si­quie­ra sa­bría ha­cer una des­crip­ción apro­xi­ma­da de su ca­ra. Tam­po­co re­cuer­do el in­te­rior de su pi­so —yo no de­bía de pa­sar de los 14 ó 15 años la úl­ti­ma vez que es­tu­ve allí— y so­lo me que­da la memoria de que fue en uno de sus dor­mi­to­rios don­de des­cu­brí las re­vis­tas Lui y Play­boy. Un atrac­ti­vo adi­cio­nal del apar­ta­men­to de aque­lla mu­jer — Ma­ri­sa, creo que se lla­ma­ba— era una co­lec­ción de dis­cos de­ma­sia­do ro­mán­ti­cos pa­ra mi gus­to, pe­ro en­tre los que des­cu­brí al­guno que otro in­tere­san­te; dos de ellos los ro­ba­mos mi her­mano y yo con la com­pli­ci­dad de mi abue­la, a quien le pa­re­cía que su se­ño­ra te­nía tan­tas co­sas que no po­día echar en fal­ta nin­gu­na: Stax Su­per Soul, un re­co­pi­la­to­rio de la dis­co­grá­fi­ca Stax, y To be con­ti­nued, de Isaac Ha­yes, que qui­zá con­ser­ve mi her­mano.

El pi­so de la as­tu­ria­na se en­con­tra­ba en la es­qui­na de To­rre­ci­lla del Leal con la ca­lle Zu­ri­ta. Mi abue­la vi­vía en es­ta ca­lle, a unos pa­sos de su lu­gar de tra­ba­jo. Tam­po­co re­cuer­do mu­cho de esa ca­sa; en reali­dad no re­cuer­do ca­si na­da de mi in­fan­cia, de la que ten­go me­mo­rias fal­sas, ins­pi­ra­das por fo­to­gra­fías que a fuer­za de fa­mi­lia­res han aca­ba­do sustituyendo ami­me­mo­ria. Sí sé que era mi­nús­cu­la y te­nía un so­lo dor­mi­to­rio y un salón en el que ape­nas ca­bía lo im­pres­cin­di­ble. Tam­bién una es­tre­cha co­ci­na con un fo­gón; yo, que re­cuer­do tan po­co, sí pue­do ver aún el ges­to de qui­tar la pla­ca­me­tá­li­ca con un gan­cho de hie­rro, el mis­mo que se uti­li­za­ba pa­ra ati­zar las bra­sas; el re­tre­te era com­par­ti­do y se en­con­tra­ba en uno de los co­rre­do­res de una co­rra­la, una se­rie

en Ma­drid. “Pa­seo por sus ca­lles y me

pa­re­ce men­ti­ra re­cor­dar una épo­ca en

la que aún ha­bía se­re­nos”. de vi­vien­das, más bien in­fra­vi­vien­das, al­re­de­dor de un pe­que­ño pa­tio cen­tral. Mi abue­la, al ca­bo de los años, con­si­guió aho­rrar lo su­fi­cien­te pa­ra mu­dar­se unos me­tros más arri­ba — di­go más arri­ba por­que la ca­lle Zu­ri­ta es una cues­ta pro­nun­cia­da—, al mis­mo edi­fi­cio de su em­plea­do­ra, con to­das las co­mo­di­da­des que po­día es­pe­rar al­guien co­mo mi abue­la e in­clu­so con el lu­jo in­só­li­to de con­tar con dos cuar­tos de ba­ño. Yo so­lía que­dar­me a dor­mir allí des­pués de sa­lir con ami­gos, so­bre todo cuan­do co­men­cé a ir a la universidad, pa­ra no te­ner que re­gre­sar a ca­sa de mis pa­dres, en un pue­blo a las afue­ras de Ma­drid.

El ba­rrio no te­nía en­ton­ces un in­te­rés es­pe­cial. Du­ran­te el éxo­do ru­ral se mez­cla­ron an­da­lu­ces, to­le­da­nos, ma­dri­le­ños de la pro­vin­cia y mu­chos ex­tre­me­ños, co­mo mi abue­la. La con­vi­ven­cia no fue par­ti­cu­lar­men­te con­flic­ti­va. A fi­na­les de los se­ten­ta, cuan­do yo me que­da­ba en el pi­so nue­vo de mi abue­la, se ha­bla­ba del in­cre­men­to de la de­lin­cuen­cia, de la dro­ga, de atra­cos por la ca­lle, con aque­lla preo­cu­pa­ción pa­ra­noi­ca de quie­nes veían en la lle­ga­da de la de­mo­cra­cia la lle­ga­da de to­dos los vi­cios y ma­les. En el portal de mi abue­la so­lía con­cen­trar­se un gru­po de jó­ve­nes con los que yo in­ter­cam­bia­ba sa­lu­dos, pa­la­bras, fue­go, un ci­ga­rri­llo. Guar­da­ban na­va­jas so­bre un sa­lien­te de pie­dra que en­mar­ca­ba el portal. Mi abue­la va­ció a escondidas más de una ja­rra de agua so­bre sus cabezas y se hi­zo lla­mar pu­ta, hi­ja de pu­ta y todo el aba­ni­co de in­sul­tos que se le po­día ocu­rrir a unos jó­ve­nes em­pa­pa­dos e im­po­ten­tes.

Ha­ce ca­si dos años re­gre­sé a Es­pa­ña, des­pués de ca­si 30 en el ex­tran­je­ro. He com­pra­do un­pi­so en el ba­rrio­de­mi abue­la. Pa­seo por sus ca­lles y me pa­re­ce­men­ti­ra re­cor­dar una épo­ca en la que aún ha­bía se­re­nos y los chu­rre­ros te en­tre­ga­ban el ma­no­jo de chu­rros ata­do con un junco. Pa­seo por un ba­rrio que es y no es el de mi in­fan­cia y el de mi ado­les­cen­cia, le­jano y cer­cano a la vez. Los inmigrantes vie­nen de mu­cho más le­jos y se mez­clan con los an­ti­guos ha­bi­tan­tes, con oku­pas, con es­tu­dian­tes y ar­tis­tas. Todo ha cam­bia­do y todo es­tá ahí. Re­co­noz­co ca­da ca­lle, y a la vez to­das son nue­vas. Y de pron­to, co­mo una ilu­mi­na­ción, se­me ocu­rre que vol­ver es im­po­si­ble. Mar­char­se tam­bién.

Ima­gen del ba­rrio de La­va­piés,

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