CAMARADASDE VIA­JE

El abue­lo re­gre­só a ca­sa sin su­poin­ter y... La es­cri­to­ra­me­xi­ca­na ÁNGELES MAS­TRET­TA cuen­ta una his­to­ria de pér­di­das y re­en­cuen­tros ani­ma­les.

Vanity Fair (Spain) - - FIRMAS -

i abue­lo te­nía un poin­ter. Bo­bi. Di­ga­mos aquí en con­fian­za que lo nues­tro no han si­do los nom­bres de pe­rro. No les ha­ce­mos jus­ti­cia. Ani­ma­les muy in­te­li­gen­tes han te­ni­do nom­bres ton­tos. Cuan­do po­drían ha­ber­se lla­ma­do Abril, Fu­tu­ro, En­te­le­quia… se lla­ma­ron Day­si, Co­po, Bo­bi. De es­te úl­ti­mo, di­mi­nu­ti­vo de Ro­ber­to, un ca­pi­tán de bar­co her­mano de mi abue­lo, aún se cuen­ta una his­to­ria de fa­mi­lia.

Mi abue­lo lo lle­va­ba a ca­zar pa­tos. An­da­ban jun­tos, él y ese den­tis­ta cu­yo de­seo de aven­tu­ras no ter­mi­nó ja­más en su con­sul­to­rio. Por eso iba al cam­po los sá­ba­dos, en pos de al­gún queha­cer que lo en­tre­tu­vie­ra. Bo­bi ca­mi­na­ba con él has­ta que al­gún dis­pa­ro ha­cía caer un pa­to en­tre los jun­cos. En­ton­ces co­rría a traer­lo y lo de­ja­ba a los pies del abue­lo. Te­nía en la piel una tra­ma de­mo­tas blan­cas yma­rro­nes. Era el bien que­ri­do de to­da la fa­mi­lia. Sa­bía quién era quién y qué le da­ba ca­da cual. Co­mía re­ta­zo con hue­so y arroz. Qui­zás un po­qui­to de pa­to cuan­do vol­vían los sá­ba­dos con al­gún tro­feo.

Has­ta que una tar­de no hu­bo mo­do de en­con­trar­lo. Ha­bía sa­li­do co­rrien­do tras una pe­rra de ca­li­dad in­de­ci­sa, mien­tras su due­ño mi­ra­ba la pues­ta de sol ima­gi­nan­do que to­ca­ba la flau­ta con el mis­mo ar­te que su pa­dre. Es­ta­ba acos­tum­bra­do a que el pe­rro an­du­vie­ra li­bre por­que siem­pre vol­vía, pe­ro esa vez lo lla­mó sin res­pues­ta, lo es­pe­ró has­ta muy no­che, lla­mán­do­lo por los al­re­de­do­res del la­go. Y na­da. Por fin se atre­vió a vol­ver a la ciu­dad car­gan­do su re­mor­di­mien­to. La ca­za de los sá­ba­dos de­ri­vó en un te­dio tris­te. Se­guía yen­do, pe­ro se abu­rría sin el pe­rro. ¿Có­mo lo per­dió tan a lo ton­to?

Se lo pre­gun­ta­ba siem­pre, in­clu­so una ma­ña­na en que lo acom­pa­ña­ron dos de sus hi­jos, pa­ra que no an­du­vie­ra so­lo. Atar­de­cía cuan­do les en­tró hambre y en el ca­mino de re­gre­so los de­tu­vo el olor a tor­ti­llas sa­lien­do de una ca­sa de ado­be. Cer­ca de la puer­ta el abue­lo es­ta­cio­nó el au­to sin ca­po­te que te­nía en 1935. De la ca­sa sa­lió el mu­tis­mo de un cam­pe­sino acom­pa­ña­do de su pe­rro. “¡ Bo­bi!”, gri­ta­ron los ni­ños. “Así no se lla­ma”, di­jo el hom­bre.

“Us­ted dis­cul­pe —pi­dió el abue­lo, re­co­no­cien­do la piel man­cha­da y los ojos in­quie­tos del ani­mal—. Es­toy se­gu­ro de que es­te es mío. Lo per­dí por aquí el año pa­sa­do”. “No creo”, di­jo el hom­bre que ca­za con su pe­rro en traía al pe­rro con un­me­ca­te en el cue­llo. “¿Qué pa­só?, Bo­bi. ¿Có­mo te per­dis­te?”, pre­gun­tó el abue­lo. “Es­te es mío”, vol­vió a de­cir el hom­bre­mien­tras el pe­rro la­dra­ba mo­vien­do la co­la.

Mi abue­lo des­co­no­cía la pa­la­bra pe­lear y lo es­pan­ta­ban los li­ti­gios. Mi­ró al pe­rro pen­san­do en que po­dría ame­na­zar al cam­pe­sino con su es­co­pe­ta, ofre­cer­le un di­ne­ro, ro­gar­le. Pe­ro su reino era el de la con­cor­dia. Así que ofre­ció un pac­to. “Le qui­ta el me­ca­te —di­jo—. Yo me subo al co­che y me voy. No lo lla­mo. Si el pe­rro se que­da es su­yo, si me si­gue es mío. ¿Có­mo ve?”. El cam­pe­sino acep­tó.

Los ni­ños no que­rían su­bir­se al co­che. Te­mían que el pe­rro no los si­guie­ra. El abue­lo en­cen­dió el mo­tor y el au­to em­pe­zó a ro­dar. Pro­me­sas son pro­me­sas: el cam­pe­sino sol­tó el­me­ca­te. El pe­rro, li­bre, se que­dó im­pá­vi­do. El co­che si­guió an­dan­do. Pro­me­sas son pro­me­sas: ni un lla­ma­do. To­dos vien­do ha­cia el fren­te con el co­che ro­dan­do. De re­pen­te un la­dri­do y otro y otro. Bo­bi co­rría tras ellos de tal mo­do que el abue­lo no tu­vo tiem­po ni de ba­jar la ve­lo­ci­dad cuan­do lo oyó acer­car­se. Poin­ter al fin, ca­za­dor de pa­tos y de hom­bres, el pe­rro sal­tó al au­to. Y re­gre­só con el abue­lo.

Un hom­bre, de Seattle, Washington.

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