EL GRAN HAL­CÓN

No es­tu­dió en el ex­tran­je­ro ni es­ta­ba des­ti­na­do a rei­nar. En dos años, Moha­med bin Sal­man ha alla­na­do su ca­mino al trono sau­dí y se ha con­ver­ti­do en el hom­bre más poderoso — e im­pre­de­ci­ble— de la zo­na.

Vanity Fair (Spain) - - CONTENTS - TIEM­PO DE LEC­TU­RA 3'

Moha­med bin Sal­man alla­na su ca­mino al trono sau­dí y es ya el hom­bre más poderoso de la zo­na.

De mi­ra­da im­pe­ne­tra­ble y ges­to arro­gan­te, Moha­med bin Sal­man —MBS, co­mo es co­no­ci­do en su país—, prín­ci­pe he­re­de­ro de Arabia Sau­dí, se­rá el pri­mer rey que no des­cien­da di­rec­ta­men­te del fun­da­dor de la di­nas­tía, Ab­du­la­ziz bin Saud. Aca­ba de cum­plir 32 años, tie­ne cua­tro hi­jos y una so­la mu­jer, y to­dos —se­gui­do­res y de­trac­to­res— coin­ci­den en ca­li­fi­car­lo co­mo un jo­ven muy am­bi­cio­so.

MBS es el cuar­to hi­jo del rey Sal­man y de su ter­ce­ra es­po­sa, Fah­da bint Fa­lah bin Sul­tán Al Hit­ha­layn. Al con­tra­rio que sus her­ma­nas­tros, quie­nes se edu­ca­ron en el ex­tran­je­ro (uno de ellos fue el pri­mer as­tro­nau­ta ára­be), es­tu­dió De­re­cho en la uni­ver­si­dad Rey Saud de Riad. Ha cre­ci­do ba­jo el man­to pro­tec­tor de su pa­dre y no ha per­di­do el tiem­po: ha ama­sa­do un enor­me po­der des­de que Sal­man as­cen­dió al trono en 2015 tras la muer­te, por cáncer de pul­món, del rey Ab­du­lah.

Sal­man des­ti­tu­yó al he­re­de­ro, el prín­ci­pe Muq­rin, hi­jo del fun­da­dor de la di­nas­tía, y pro­cla­mó su­ce­sor a su so­brino Moha­med bin Na­yef, mi­nis­tro de In­te­rior y uno de los prín­ci­pes más va­lo­ra­dos en la es­ce­na in­ter­na­cio­nal por su lu­cha con­tra Al Qae­da. Jun­to a Na­yef, de­sig­nó vi­cehe­re­de­ro a Moha­med, ade­más de con­ver­tir­lo en el mi­nis­tro de De­fen­sa más jo­ven del mun­do. MBS tam­bién fue el ar­tí­fi­ce de Vi­sión Sau­dí 2030, un plan pa­ra aca­bar con la tra­di­cio­nal po­lí­ti­ca eco­nó­mi­ca del reino sus­ten­ta­da en el pe­tró­leo. Dos años le han bas­ta­do pa­ra eli­mi­nar a Na­yef de la ca­rre­ra su­ce­so­ria —el prín­ci­pe per­ma­ne­ce con­fi­na­do en el pa­la­cio de Jed­dah, acu­sa­do de de­pen­den­cia a los anal­gé­si­cos con los que pa­lia las se­cue­las del aten­ta­do que su­frió en 2009— man­te­ner sus car­gos y aña­dir el de vi­ce­mi­nis­tro.

El to­do­po­de­ro­so Moha­med es há­bil, rá­pi­do e in­te­li­gen­te y es­tá ob­se­sio­na­do por trans­for­mar el reino. Quie­re ser el ros­tro de la nue­va Arabia, y pa­ra ello ha re­co­rri­do el mun­do y ha pro­cu­ra­do re­tra­tar­se con el pre­si­den­te de Fa­ce­book, Mark Zuc­ker­berg.

En una ge­ron­to­cra­cia co­mo la sau­dí, MBS re­pre­sen­ta a una po­bla­ción que re­cla­ma con ti­mi­dez cier­tos cam­bios so­cia­les y cu­ya me­dia de edad es de 27 años. De en­tra­da, ha res­trin­gi­do po­de­res a la po­li­cía re­li­gio­sa pa­ra abrir la mano en ma­te­ria de en­tre­te­ni­mien­to en un país don­de el úni­co ocio consentido es pa­sear por los cen­tros co­mer­cia­les y en­gu­llir co­mi­da ame­ri­ca­na. En va­ca­cio­nes, jó­ve­nes y fa­mi­lias de cla­se me­dia hu­yen al ex­tran­je­ro en bus­ca de al­gún es­par­ci­mien­to.

La “aper­tu­ra” que pre­ten­de MBS — se­gui­dor del mo­de­lo eco­nó­mi­co de los Emi­ra­tos Ára­bes Uni­dos y de Mar­ga­ret That­cher— tie­ne que sor­tear el de­sen­can­to cau­sa­do por las drás­ti­cas me­di­das de aus­te­ri­dad: ha subido el pre­cio de la Co­ca- Co­la, la be­bi­da na­cio­nal, del com­bus­ti­ble, del agua y de la elec­tri­ci­dad. El reino ha re­du­ci­do in­gre­sos por la ba­ja­da del pre­cio del pe­tró­leo y la san­gría eco­nó­mi­ca que ha su­pues­to la gue­rra con­tra Ye­men, que du­ra ya dos años y ha pro­vo­ca­do más de 10.000 muer­tos ci­vi­les y una gra­ve epi­de­mia de có­le­ra.

La pren­sa ha for­ja­do su ima­gen de lí­der tra­ba­ja­dor, me­nos preo­cu­pa­do que sus pre­de­ce­so­res por el lu­jo y el boa­to. Eso no im­pi­de que se enamo­re de un ya­te y no pue­da re­sis­tir la ten­ta­ción de con­ver­tir­se en su due­ño. Ocu­rrió ha­ce un año en el sur de Fran­cia. Unas ho­ras de ne­go­cia­ción con el pro­pie­ta­rio, un mag­na­te del vod­ka, le bas­ta­ron pa­ra ce­rrar la com­pra por 500 mi­llo­nes de eu­ros. Sus crí­ti­cos lo ven co­mo un am­bi­cio­so prin­ci­pian­te ob­se­sio­na­do por li­de­rar la zo­na. “Él es im­pre­de­ci­ble, y no es­tá claro quién lo ase­so­ra”, di­ce Paul Ste­vens, ana­lis­ta de pe­tró­leo en Chat­ham Hou­se, un gru­po de in­ves­ti­ga­ción de Lon­dres. Pe­ro cuen­ta con par­ti­da­rios inf lu­yen­tes.

El he­re­de­ro de Abu Da­bi, Moha­med bin Za­yed Al Nah­yan, es su gran alia­do en el blo­queo im­pues­to a Qa­tar en ju­nio. Y, lo más im­por­tan­te, con­tro­la pa­la­cio. Los 5.000 prín­ci­pes sau­díes ca­llan an­te sus de­ci­sio­nes. Su pa­dre, aque­ja­do se­gún The Was­hing­ton Post de de­men­cia se­nil, so­lo man­tie­ne unas ho­ras de lu­ci­dez al día. Mien­tras él, al man­do del Ejér­ci­to, afian­za los la­zos con Do­nald Trump e in­ten­si­fi­ca los en­fren­ta­mien­tos con­tra Irán. MBS otea la zo­na con ojos de hal­cón.

El prín­ci­pe, en Riad en 2012. Aba­jo, su pa­dre, el rey Sal­man, con la fa­mi­lia real es­pa­ño­la en 2001.

“ÉL ES IM­PRE­DE­CI­BLE, Y NO ES­TÁ CLARO QUIÉN LO ASE­SO­RA”, DI­CE UN ANA­LIS­TA

Arri­ba, re­tra­to del rey Sal­man en­tre sus he­re­de­ros en un des­fi­le mi­li­tar. Aba­jo, MBS y Mark Zuc­ker­berg en ju­nio de 2016.

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