El co­me­dor es la pri­me­ra PIE­ZA que se en­cuen­tra al en­trar en la es­tan­cia prin­ci­pal

Vivir en el Campo - - CASA EN LA PROVENZA -

Le Mas du Sa­vel es una an­ti­gua pro­pie­dad que fue una gran­ja y huer­to, en su ori­gen, y se con­vir­tió años des­pués en una gran­ja de se­da como lo de­mues­tra la pre­sen­cia de agu­je­ros re­don­dos en los mu­ros que con­fi­gu­ran el ex­te­rior de la ca­sa, así como de mu­chas mo­re­ras pa­ra ali­men­tar a los gu­sa­nos de se­da. Nos he­mos de re­fe­rir a una em­pre­sa de los años cin­cuen­ta. La par­te más an­ti­gua de la ca­sa se apre­cia en la co­ci­na ac­tual y en la ofi­ci­na del primer pi­so, fe­cha­da en 1802, tal como se ve en la pie­dra an­gu­lar de la bodega ba­jo es­ta par­te del edi­fi­cio. Es­ta ca­sa per­te­ne­ció a una fa­mi­lia ri­ca en la re­gión y se man­tu­vo en al­qui­ler has­ta la fe­cha, lo que ex­pli­ca el es­ta­do re­la­ti­vo de con­ser­va­ción de los ele­men­tos ori­gi­na­les y al­gu­nas trans­for­ma­cio­nes he­chas en la es­truc­tu­ra prin­ci­pal du­ran­te mu­chos años. No ha­ber si­do ocu­pa­da por los pro­pie­ta­rios, sino por di­ver­sos in­qui­li­nos, ha­ce más asom­bro­so que el lu­gar ha­ya so­bre­vi­vi­do a los si­glos, ya que es­te ti­po de ca­so­nas se des­com­po­nen len­ta­men­te, por fal­ta de un ver­da­de­ro pro­ce­so de man­te­ni­mien­to. Sa­vel es el nom­bre de una pie­dra are­nis­ca sua­ve, una es­pe­cie de pie­dras re­don­das y cla­ras que se han en­con­tra­do aquí y allá, en el fon­do del cam­po. Una vez ad­qui­ri­da por sus nuevos pro­pie­ta­rios, de­ci­die­ron de­no­mi­nar­la Mas du Sa­vel, en ho­me­na­je a es­ta pie­dra lo­cal. Es­ta­mos en la lla­nu­ra del Ro­se­llón fran­cés, en un área re­la­ti­va­men­te fér­til y bien re­ga­da, de ahí la pre­sen­cia inusual, en es­ta re­gión, de dos sau­ces llo­ro­nes ma­jes­tuo­sos que ador­nan la fa­cha­da. És­tos se plan­ta­ron allí cin­cuen­ta años an­tes por un ocu­pan­te an­te­rior. La par­te in­fe­rior del te­rre- no y de la tie­rra ocre, fér­til, tam­bién es una bella con­se­cuen­cia de que un vi­ve­ro se tras­la­dó a su pro­xi­mi­dad. Cuan­do ad­qui­rie­ron es­ta pro­pie­dad, el es­ta­do rui­no­so de los edi­fi­cios obli­gó a plan­tear una res­tau­ra­ción muy com­ple­ja que se ha pro­cu­ra­do que sea ape­nas vi­si­ble hoy en día. La ca­sa fue com­ple­ta­men­te va­cia­da y re­cons­trui­da de for­ma idén­ti­ca. Só­lo se con­ser­van las pa­re­des de la cons­truc­ción ori­gi­nal. El te­cho ha si­do com­ple­ta­men­te re­no­va­do con vi­gas y azu­le­jos an­ti­guos. Las pa­re­des han si­do re­for­za­das en la par­te su­pe­rior pa­ra que no se abran como una flor. Que­rían man­te­ner el ye­so de ori­gen, con sus her­mo­sos co­lo­res ocres que re­fle­jan la luz del Ro­se­llón. Los pi­sos en ma­de­ra y ye­so han si­do des­mon­ta­dos y vuel­tos a mon­tar con los mis­mos ele­men­tos. En su in­te­rior, se ha des­cu­bier­to una an­ti­gua es­ca­le­ra de pie­dra ba­jo una ca­pa de hor­mi­gón cu­bier­ta con sue­lo de mo­que­ta. Los vo­lú­me­nes de las par­tes han si­do res­tau­ra­dos se­gún su di­se­ño ori­gi­nal. El vie­jo ca­pa­taz de la em­pre­sa que res­tau­ró el lu­gar, ase­gu­ra que el tra­ba­jo de la al­co­ba fue ins­pi­ra­do por los al­ba­ñi­les de La Tos­ca­na. Es­to no es, de he­cho, una ca­rac­te­rís­ti­ca de la ar­qui­tec­tu­ra lo­cal, pe­ro sí una pe­cu­lia­ri­dad de las ca­sas de La Tos­ca­na. La Ca­la­de ( su­per­fi­cie de bal­do­sas) de­lan­te de la ca­sa ha si­do mon­ta­da des­pués de la obra. Es­ta an­ti­gua zo­na des­ti­na­da a la trilla de ce­rea­les es muy ca­rac­te­rís­ti­ca de la ar­qui­tec­tu­ra pro­ven­zal. Pro­ba­ble­men­te da­ta de la mis­ma épo­ca, como el primer edi­fi­cio. To­da­vía hay mu­chos de­ta­lles y aca­ba­dos por rea­li­zar, pe­ro po­de­mos con­si­de­rar que el tra­ba­jo prin­ci­pal es­tá he­cho.

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