FRANCAMENTE, FORD

Es uno de los gran­des na­rra­do­res nor­te­ame­ri­ca­nos y es­ta­rá en el Hay Fes­ti­val. Con vo­so­tros, Ri­chard Ford.

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Ha si­do el úni­co en con­quis­tar el pre­mio Pu­lit­zer y el PEN/Faulk­ner con la mis­ma no­ve­la, In­de­pen­den­ce Day, y es con­si­de­ra­do uno de los me­jo­res es­cri­to­res de su ge­ne­ra­ción. Ri­chard Ford (Jack­son, Mis­sis­si­pi, EE.UU., 1944), pre­mio Prin­ce­sa de As­tu­rias de las Le­tras 2016, es la gran sor­pre­sa del Hay Fes­ti­val, don­de ha­bla­rá de su nue­vo li­bro ( En­tre ellos), un re­tra­to de sus pa­dres don­de se ale­ja de su al­ter ego, Frank Bas­com­be. Ha­bla­mos en ex­clu­si­va con el na­rra­dor que es­cri­be cla­ro y sue­na al­to.

Si Frank Bas­com­be le pre­gun­ta: «¿Quién es Ri­chard Ford?», ¿qué res­pon­de­ría?

Le di­ría: «Soy el ti­po que te in­ven­tó». Pe­ro más allá de eso es más im­por­tan­te quién eres tú que quién soy yo. Des­pués de to­do, yo soy real; tú, in­ven­ta­do.

¿Có­mo si­gue su personaje, Bas­com­be, 40 años des­pués? ¿To­da­vía man­tie­ne la mis­ma re­la­ción con él? ¿Y él con us­ted?

Sin­ce­ra­men­te, no man­ten­go una re­la­ción con él. So­lo in­ven­to co­sas pa­ra que las ha­ga, di­ga o pien­se, co­mo si fue­ra la pri­me­ra vez que me ima­gino en él. Bas­com­be es, de nue­vo, irreal, en el sen­ti­do de que es otra per­so­na que no soy yo.

¿Si­gue pen­san­do que la tra­ge­dia y la co­me­dia son dos ca­ras de la mis­ma mo­ne­da?

Creo que si na­da es gra­cio­so, na­da es se­rio; y que las más­ca­ras del dra­ma –la que es­tá son­rien­do y la que se la­men­ta– es­tán co­nec­ta­das en la par­te pos­te­rior.

¿Cuán­to hay de au­to­bio­grá­fi­co en sus no­ve­las?

So­lo voy a la au­to­bio­gra­fía en mis no­ve­las si no pue­do pen­sar en algo me­jor. En otras pa­la­bras, lo me­nos au­to­bio­grá­fi­co que me sea po­si­ble. Des­pués de to­do, no soy muy in­tere­san­te.

¿Si­gue con­ven­ci­do de que In­cen­dios es su me­jor no­ve­la? De­jé de tra­tar de sa­ber cuál es la me­jor no­ve­la que he es­cri­to; pu­se to­do mi em­pe­ño en es­cri­bir ca­da una de ellas. Me gus­tan to­das. El lec­tor pue­de de­ter­mi­nar cuál es la que más le gus­ta. Aún así, soy muy fe­liz tan so­lo de sa­ber que al­guien pien­sa que al­gu­na de mis no­ve­las es bue­na.

Mi ma­dre En­tre ellos: re­cor­dan­do a mis pa­dres.

Lo hi­zo en y aho­ra en ¿Siem­pre tu­vo algo pen­dien­te con su fa­mi­lia? ¿Fue­ron es­cri­tas es­tas me­mo­rias con un tono de nos­tal­gia?

Fue­ron es­cri­tas por al me­nos dos ra­zo­nes: tra­tar de dar tes­ti­mo­nio de la exis­ten­cia de mis pa­dres (ya que no eran per­so­nas ob­via­men­te im­por­tan­tes y, de lo con­tra­rio, po­drían ha­ber des­apa­re­ci­do); y tam­bién acer­car­los a mí en el pa­sa­do. Ama­ba a mis pa­dres, y te­ner­los más cer­ca era una co­mo­di­dad a me­di­da que yo en­ve­je­cía.

Mu­chos es­cri­to­res con­si­de­ran que el pro­ce­so de es­cri­tu­ra es do­lo­ro­so, una es­pe­cie de su­fri­mien­to. ¿Có­mo es su pro­ce­so?

Pue­de que ni si­quie­ra ten­ga un «pro­ce­so». Pe­ro la es­cri­tu­ra no es do­lo­ro­sa o di­fí­cil, al me­nos no com­pa­ra­do con lo que mu­chas otras per­so­nas hacen. Yo eli­jo ha­cer­lo, des­pués de to­do; y si us­ted elige algo no tie­ne nin­gu­na ra­zón pa­ra que­jar­se de su di­fi­cul­tad.

¿Qué sin­tió al re­ci­bir el Prin­ce­sa de As­tu­rias de las Le­tras?

Me sen­tí agra­de­ci­do, afor­tu­na­do, fe­liz, sor­pren­di­do... En gran par­te me ale­gré por mi es­po­sa y mi edi­tor, Ana­gra­ma. Es­ta­ba fe­liz de que tal vez más gen­te le­ye­ra tan­to mis li­bros co­mo las obras de otros es­cri­to­res. Y me im­pre­sio­nó mu­cho que Es­pa­ña se preo­cu­pa­ra tan­to por la literatura co­mo pa­ra ofre­cer ese pre­mio.

En al­gu­nas en­tre­vis­tas ha ha­bla­do de Cer­van­tes. ¿Hay algo cer­van­tino en sus li­bros? ¿Tal vez al­gún ti­po de Qui­jo­te?

Pro­ba­ble­men­te todos los na­rra­do­res en las no­ve­las es­tán en al­gún ti­po de bús­que­da es­pi­ri­tual, se reali­ce o no. Re­cien­te­men­te leí una ci­ta de un personaje apa­ren­te­men­te po­co cer­van­tino, Oli­ver Crom­well. Él di­jo: «El que de­ja de ser me­jor a ca­da pa­so sim­ple­men­te de­ja de ser». Me gus­ta eso por­que sig­ni­fi­ca que la bon­dad es una em­pre­sa siem­pre en ex­pan­sión, siem­pre en bús­que­da. Cer­van­tes es­ta­ría de acuer­do con eso. Al­ber­to Pin­te­ño

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