MU­SAS.

Las mujeres que ins­pi­ran hoy.

VOGUE (Spain) - - News - Por Mar­ta Fer­nán­dez

«No en­tien­do cómo pue­des car­gar con to­do el amor que te he da­do». Zel­da Say­re, flap­per su­pre­ma que to­da­vía no lo sabe, tor­be­llino cen­trí­pe­to en el que se acu­mu­la la be­lle­za, es­cri­be a Scott Fitz­ge­rald en mar­zo de 1919. Se ha­bían co­no­ci­do en un bai­le en Mont­go­mery, Ala­ba­ma. Un año an­tes. Gi­ran­do en aque­lla pis­ta, co­mo una es­tre­lla en torno a la que gra­vi­ta to­do, pa­re­cía una di­vi­ni­dad pa­ga­na. Era el cen­tro de un uni­ver­so do­ra­do a pun­to de ex­pan­dir­se. Un de­seo, una pro­me­sa, una ins­pi­ra­ción he­cha car­ne. La ma­dre de to­da una ge­ne­ra­ción de mu­cha­chas ful­gu­ran­tes. Incandescente, está a pun­to de arra­sar los ojos de un hombre. Y sus neu­ro­nas. Scott Fitz­ge­rald levanta la vis­ta del círcu­lo ten­ta­dor del bor­de de su co­pa y la de­ja en el círcu­lo de la pis­ta. An­te la vi­sión hip­nó­ti­ca de la mu­jer que está a pun­to de cam­biar­le la vi­da. Eso son las mu­sas. Me­teo­ri­tos que tras­to­can la exis­ten­cia. Ex­plo­sio­nes de luz que le dan sen­ti­do a to­do.

Aquel bai­le no du­ra­ría na­da. Lo jus­to pa­ra dar­le tiem­po al niño del ar­co. Scott se mar­cha­ría a Nue­va York a bus­car su suerte pa­ra di­la­pi­dar­la. Ella se que­da­ría en ca­sa. Y en la co­rres­pon­den­cia de Zel­da es­ta­ban las pa­la­bras que Scott ha­ría su­yas. «To­das esas no­ches sua­ves y cá­li­das se van a per­der», le di­ce en una de sus mu­chas car­tas. Le es­ta­ba dan­do a su fu­tu­ro ma­ri­do el tí­tu­lo de una no­ve­la. Qui­zá le ha­bía re­ga­la­do, sin sos­pe­char­lo, mu­chos otros. Le ha­bía des­cu­bier­to que se po­día ser her­mo­so y mal­di­to. Le ha­bía ce­di­do la de­fi­ni­ción de Daisy Bu­cha­nan pa­ra Gatsby. «Una pe­que­ña be­lle­za lo­ca». Co­mo las bue­nas mu­sas, era el prin­ci­pio y el fi­nal de to­do.

Creían los grie­gos en unos se­res ul­tra­te­rre­nos ca­pa­ces de en­cen­der la lla­ma de la ins­pi­ra­ción. Mu­sas, la tri­bu más ra­dian­te de las nin­fas, que lle­ga­ban con su va­ri­ta má­gi­ca a to­car a los que que­rían crear al­go. Las hi­jas de Zeus. La cor­te de Apo­lo. So­lo ellas po­dían po­ner en mar­cha la ma­qui­na­ria de las ideas. Una vi­si­ta de Ca­lío­pe y la elo­cuen­cia se dis­pa­ra­ba. Ta­lía lle­na­ba la ca­be­za de re­trué­ca­nos y frases jo­co­sas. Y has­ta ha­bía una, Ura­nia, que po­día re­ve­lar los mis­te­rios de las cien­cias exac­tas. Ju­gue­to­nas y li­be­ra­do­ras, ca­pa­ces de abrir en el ce­re­bro tram­pi­llas don­de se ocul­ta­ban las epi­fa­nías. Cuan­do los dio­ses mu­rie­ron se­pul­ta­dos por un dios úni­co, las mu­sas per­die­ron su nom­bre. Y de­ja­ron de ser eté­reas. Se con­vir­tie­ron en mujeres que re­vo­lo­tea­ban en la men­te del que se po­nía an­te la pá­gi­na en blan­co. Del mú­si­co an­te la par­ti­tu­ra. Del pin­tor fren­te a su lien­zo. Pa­sa­ron de en­ti­da­des mi­to­ló­gi­cas a se­res fu­ga­ces pe­ro reales, de car­ne pe­ro de le­tra en la ca­be­za de sus enamo­ra­dos. La Bea­tri­ce Por­ti­na­ri de Dan­te. La Ama­ri­lis de Lope. La Lau­ra de Pe­trar­ca –que con­ser­va­ba en su nom­bre la re­mi­nis­cen­cia del lau­rel del Apo­lo–. Di­vi­ni­za­das, des­en­ca­de­na­ban la crea­ción. Aun­que al­gu­nos lo ne­ga­ran.

De­cía Pi­cas­so que la ins­pi­ra­ción te­nía que en­con­trar­le tra­ba­jan­do. Po­dría ha­ber di­cho que le en­con­tra­ba aman­do. Las mujeres se apa­re­cían en su vi­da pa­ra re­en­car­nar­se en sus cua­dros. Do­ra Maar. Fra­nçois Gi­lot. Ol­ga Khokh­lo­va. Ma­rie-Thé­rè­se Walter. Eran mujeres des­com­pues­tas, en la vi­da real y en su mi­ra­da, des­mem­bra­das en el óleo y en el al­ma. Die­ron su vi­da pa­ra con­ver­tir­se en ar­te. Las mu­sas de Pi­cas­so son mu­sas en­crip­ta­das. En un ac­to de po­se­sión su­pre­ma, las des­ha­ce en un puz­le del que so­lo él co­no­ce la cla­ve. Ja­más apa­re­cen her­mo­sas, sino tor­tu­ra­das. Co­mo si tu­vie­ra la ne­ce­si­dad de guar­dar­se pa­ra él el se­cre­to de su be­lle­za. Po­cas pin­tu­ras hay tan rea­lis­tas co­mo la de Pi­cas­so con sus mujeres. Ro­tas. De­sen­ca­ja­das. Mu­sas vam­pi­ri­za­das, atra­pa­das en el cua­dro del hombre que no quie­re que ins­pi­ren a otros. Sa­bía bien Pi­cas­so que la mu­sa del ar­tis­ta ter­mi­na sien­do una mu­sa mul­ti­pli­ca­da. Que pri­me­ro ilu­mi­na al que crea pa­ra lue­go con­ver­tir­se en la po­de­ro­sa ima­gen en la que el mun­do quie­re re­fle­jar­se. Ese es el sor­ti­le­gio más mis­te­rio­so de las mu­sas: cómo pa­san de ser la ob­se­sión de un hombre a una ins­pi­ra­ción sin due­ño. Y así, aca­ban trans­for­mán­do­se en se­res idea­les. No muy le­ja­nos a las pri­me­ras nin­fas que los grie­gos ado­ra­ban.

El ci­ne vino a am­pli­fi­car el efec­to. El ojo de la cá­ma­ra fue des­de el prin­ci­pio co­mo un ce­da­zo: an­te el ob­je­ti­vo, las mu­sas se re­ve­la­ban, emer­gían co­mo pe­pi­tas de oro res­plan­de­cien­do en los fo­to­gra­mas.

Le pa­só a The­da Ba­ra, tur­bia y pe­ca­mi­no­sa. Ve­nía de dar tum­bos en com­pa­ñías de tea­tro am­bu­lan­tes, has­ta que el ca­mino la lle­vó a Los Án­ge­les. Ex­tra en una pe­lí­cu­la to­da­vía mu­da, sus ojos des­me­su­ra­dos con­cen­tra­ban to­da la ener­gía en la pan­ta­lla sin la ne­ce­si­dad de que le die­ran un pri­mer plano. Los pro­duc­to­res lo tu­vie­ron cla­ro. Ha­bía que con­ver­tir a aquel sú­cu­bo ex­tra­or­di­na­rio en es­tre­lla. In­ven­ta­ron pa­ra ella una his­to­ria que ca­sa­ba con su exo­tis­mo y con el ana­gra­ma de su nom­bre. The­da Ba­ra, Arab Death. Así es­tre­nó nue­va bio­gra­fía y nue­vos pa­dres ima­gi­na­rios: un je­que y una mu­jer fran­ce­sa, y un na­ci­mien­to al bor­de del de­sier­to ba­jo la som­bra de la es­fin­ge. Que­dó pa­ra la his­to­ria co­mo la pri­me­ra sex sym­bol. Y fue la pio­ne­ra de una se­rie de mu­sas mo­de­la­das pa­ra se­du­cir al mun­do. Tras ella vi­nie­ron las Mar­ga­ri­ta Can­sino y las Nor­ma Jean, des­po­ja­das de su ima­gen ori­gi­nal pa­ra ser vis­tas co­mo ar­que­ti­po. No siem­pre era un pro­duc­tor o un di­rec­tor el que que­da­ba se­du­ci­do. A ve­ces era un hombre que so­lo te­nía el de­seo de ver so­bre cuer­pos per­fec­tos los ves­ti­dos que crea­ba. Gi­venchy en­con­tró en Au­drey Hep­burn la ins­pi­ra­ción per­fec­ta pa­ra sus lí­neas es­ti­li­za­das. Ja­ne Bir­kin le re­ga­ló su nom­bre a Hermès pa­ra un bol­so por el que un ejér­ci­to de mujeres ha­rían co­la. Pe­ro qui­zá el me­jor zaho­rí de la be­lle­za fue Hals­ton. Ro­dea­do de se­ño­ras siem­pre ex­cep­cio­na­les, de Li­za Mi­ne­lli a Bian­ca Jag­ger, en­ten­dió lo que ellas apor­ta­ban a sus di­se­ños. Se­pul­tó a las ma­ni­quíes ba­jo los ta­co­nes de he­roí­nas con per­so­na­li­dad in­do­ma­ble. In­ven­tó a las mo­de­los mo­der­nas. Y desató la ex­plo­sión en ca­de­na de la ima­gen con la que to­dos so­ña­ban. Ves­tir co­mo ellas. Ser co­mo ellas. Ha­cer lo que ha­cen.

Aun­que tam­bién hay mu­sas que lo fue­ron sin ne­ce­si­dad de ser be­llas ni gla­mu­ro­sas. Mu­sas com­ba­ti­vas que de­mos­tra­ban el po­der de una idea y, qui­zá, más pa­tri­mo­nio de las mujeres que de los hom­bres. Co­mo Ro­sie, the Ri­ve­ter, que se que­dó pa­ra siem­pre con un nom­bre que no era el su­yo e ins­pi­ró a una ge­ne­ra­ción en­te­ra con so­lo una fra­se: We can do it. Im­pre­sa en un pós­ter de la Amé­ri­ca en gue­rra, en­se­ñó a las mujeres a es­tar or­gu­llo­sas del mono azul que las con­ver­tía en ejér­ci­to do­més­ti­co pa­ra ga­nar una ba­ta­lla que se ha­bía lle­va­do a los hom­bres. Su ges­to desafian­te na­ció de la ins­pi­ra­ción de un hombre que, con Ro­sie, creó a una mu­sa li­be­ra­da.

Mu­sas re­bel­des. Mu­sas fu­ga­ces. Mu­sas inevi­ta­bles. Mu­sas víc­ti­mas de la me­ta­mor­fo­sis de Holly­wood. Mu­sas de­vas­ta­das por Pi­cas­so. Mu­sas cons­trui­das de pa­la­bras. Mu­sas anó­ni­mas. Mu­sas con nom­bre. Zel­da, la be­lle­za lo­ca de la mu­sa flap­per. Mu­sas di­vi­nas y te­rre­na­les. Mu­sas, co­mo las pri­me­ras nin­fas, in­mor­ta­les.

Geor­ge Hoy­nin­gen-Hue­ne alu­de, en es­ta fotografía de 1931, al po­der evocador de las eté­reas mu­sas grie­gas.

Des­nu­da y re­cos­ta­da, Gi­se­le Bünd­chen se me­te en la piel de una mu­jer ar­que­tí­pi­ca de la pin­tu­ra clá­si­ca pa­ra Ir­ving Penn, en 2006.

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