ADIÓS AL RUI­DO.

El re­gre­so a la mú­si­ca de Car­la Bru­ni.

VOGUE (Spain) - - News - Fotografía: Mario So­rren­ti. Tex­to: Al­ber­to Pin­te­ño.

An­tes de na­da, ¿sa­bes qué? Me arre­pien­to de no ha­ber ido a vues­tro país a can­tar Quel­qu’un m’a dit. Unas chi­cas es­pa­ño­las ver­sio­na­ron es­te te­ma en la red. Has­ta ten­go una tra­duc­ción al es­pa­ñol. No sé si es­ta­rá bien he­cha, te la en­vío y me di­ces si es co­rrec­ta. ¿De acuer­do?. –Cla­ro. –Es que yo no lo ha­blo y no co­noz­co to­dos los acen­tos. ¿Qué acen­to es el más di­fí­cil de en­ten­der? ¿El de Bar­ce­lo­na? ¿Se­vi­lla? Y del acen­to de Amé­ri­ca del Sur, ¿qué pien­sas? El otro día en una fies­ta me pu­se a can­tar vie­jas can­cio­nes re­vo­lu­cio­na­rias. Di­ce así una de ellas: De pie, can­tar / Que va­mos a triun­far / Avan­zan ya / Banderas de uni­dad / Y tú ven­drás / Mar­chan­do jun­to a mí / Y así ve­rás / Tu can­to y tu ban­de­ra flo­re­cer / La luz / De un ro­jo ama­ne­cer / Anun­cia ya / La vi­da que ven­drá / ¡El pue­blo, uni­do, ja­más será ven­ci­do! La mú­si­ca de es­ta canción pro­tes­ta chi­le­na es fan­tás­ti­ca. ¿No crees? –Sí... –Ten­go di­fi­cul­tad en la pa­la­bra ven­ci­do, ¿ven­si­do?, ¿ven­zi­do? –Ven­ci­do, ven­ci­do. –Me en­can­ta el es­pa­ñol y me gus­ta­ría mu­cho can­tar en es­pa­ñol. ¿Qué canción o can­tan­te te gus­ta más? –Me lo po­nes di­fí­cil, ¿Rap­hael? –¡Co­mo el pa­dre de mi hi­jo! ¿Qué edad tie­ne? Voy a es­cu­char sus te­mas. ¡Huy! ¿Gra­bas con el iP­ho­ne? Yo tam­bién. Has­ta re­gis­tro mis can­cio­nes ahí. Bueno, per­dó­na­me..., ¿co­men­za­mos?

En la sui­te del pa­ri­sino –y lu­jo­so– ho­tel Le Roch, Car­la Bru­ni (Tu­rín, 1967) con­ti­núa de pie mien­tras re­du­ce las re­vo­lu­cio­nes. Son las cua­tro de la tar­de de un ca­lu­ro­so día de ve­rano. Pi­de una bo­te­lla de agua mien­tras se re­cli­na en el so­fá y ajus­ta su ca­mi­se-

ta ver­de mi­li­tar con el sím­bo­lo de la paz por den­tro de su va­que­ro. Han pa­sa­do cua­tro años des­de la pu­bli­ca­ción de su úl­ti­mo ál­bum, Little French Songs, cuan­do su ma­ri­do, el ex­pre­si­den­te de la Re­pú­bli­ca Fran­ce­sa Ni­co­las Sar­kozy, ya ha­bía aban­do­na­do el Elí­seo y ella de­jó de ejer­cer co­mo pri­me­ra da­ma del país ga­lo. Hoy, que su vi­da es aje­na a las vi­si­tas de Es­ta­do y su agen­da ha pa­sa­do a ser ‘no ofi­cial’, Bru­ni re­gre­sa con French Touch, una com­pi­la­ción de éxi­tos en in­glés de di­ver­sas dé­ca­das que hi­cie­ron cé­le­bres gru­pos co­mo AC/DC, Ro­lling Sto­nes, ABBA o De­pe­che Mo­de, ver­sio­na­dos con su voz y pro­du­ci­dos por Da­vid Fos­ter, pa­dras­tro de Bella y Gi­gi Ha­did. En­joy the si­len­ce es el pri­mer sen­ci­llo de es­te nue­vo ál­bum. ¿Necesitas del si­len­cio? Sí, es bueno pa­ra la sa­lud. En un mun­do tan rui­do­so, lio­so, con tan­tas in­ter­fe­ren­cias, la soledad y la quie­tud lle­gan a ser co­sas muy pre­cia­das. Es­te te­ma que es­cri­bie­ron De­pe­che Mo­de ha­ce 20 años tie­ne mu­cho sen­ti­do hoy en día. Hay mu­cho bla, bla, bla en to­do mo­men­to con In­ter­net, los me­dios de co­mu­ni­ca­ción, las re­des so­cia­les... Es real­men­te in­quie­tan­te. To­do el mun­do ha­bla. Se ha­ce ver­dad aque­llo que va­ti­ci­nó Andy War­hol cuan­do di­jo que en el fu­tu­ro to­dos ten­dría­mos de­re­cho a 15 mi­nu­tos de fa­ma. Du­ran­te to­do lo que has vi­vi­do es­tos úl­ti­mos años ¿has sen­ti­do más que nun­ca la ne­ce­si­dad de es­tar so­la? Sí, des­de lue­go. Lo he ne­ce­si­ta­do de ver­dad. So­bre to­do pa­ra es­cri­bir. Lo cu­rio­so es que hay pa­la­bras de so­bra, pe­ro na­die se ha­bla ni se com­pren­de. De­ma­sia­das pa­la­bras, frases, tuits... ¿Al­gu­na vez te ha afec­ta­do al­gún ti­po de co­men­ta­rio?

Por su­pues­to. Y en­ci­ma son anó­ni­mos. Yo, por prin­ci­pio, el co­men­ta­rio anó­ni­mo no lo leo. Me re­cuer­dan a los

ma­los su­ce­sos: a la gue­rra, la de­por­ta­ción… To­do eso es anó­ni­mo. Yo de­tes­to la acu­sa­ción. Cuan­do al­guno de mis hi­jos me di­ce: ‘Ma­má, mi­ra, mi com­pa­ñe­ro ha he­cho es­to mal…’, yo les re­cri­mino: ‘Sí, pe­ro tú vie­nes de ha­cer al­go mu­cho peor. Aca­bas de acu­sar­le’. Es me­jor reac­cio­nar mal que de­nun­ciar y acu­sar a al­guien, es la peor de las ac­cio­nes. Po­de­mos co­me­ter erro­res, pe­ro acu­sar a al­guien es mu­cho peor. Lo odio. Es al­go muy pe­li­gro­so, to­dos po­de­mos de­cir cual­quier co­sa es­cu­da­dos en el ano­ni­ma­to. Eso no es de­mo­cra­cia, es dic­ta­du­ra.

Ese es qui­zá el hán­di­cap de las re­des, to­do el mun­do pue­de de­cir lo que se le ocu­rre...

Yo creo que no to­do el mun­do pue­de de­cir lo que le ven­ga en ga­na. De to­das for­mas hay mu­cha gen­te que no me in­tere­sa en ab­so­lu­to lo que di­ce. Es ver­dad que to­dos te­ne­mos de­re­cho a ha­blar, pe­ro tam­bién te­ne­mos el de­re­cho a no es­cu­char. Así que ja­más leo los co­men­ta­rios. Nun­ca. Hoy en día es tan fá­cil es­cri­bir co­sas da­ñi­nas so­bre cual­quier per­so­na que es me­jor no res­pon­der a na­da. Son anó­ni­mos, vul­ga­res y, a ve­ces, ha­cen re­fe­ren­cia a otra par­te de tu vi­da. Son ma­ni­pu­la­do­res.

¿Qué es lo peor que has vi­vi­do en re­la­ción a es­to?

Yo ja­más vi­ví co­sas muy amar­gas o di­fí­ci­les. He te­ni­do una vi­da con mu­cha suerte, no me ha re­sul­ta­do na­da di­fí­cil. Mi vi­da ha si­do siem­pre muy afor­tu­na­da y yo tam­bién lo he si­do. To­co ma­de­ra por­que en cual­quier mo­men­to pue­de cam­biar.

¿Ha­blas de tu vi­da pro­fe­sio­nal?

No ha­blo so­lo del éxi­to, he si­do afor­tu­na­da por­que ten­go bue­na sa­lud, una vi­da lle­na de en­cuen­tros, de elec­cio­nes, de suerte; nun­ca he te­ni­do obs­tácu­los ni he su­fri­do en­fer­me­da­des ma­lig­nas ni co­no­cí la mi­se­ria. Y esa es la vi­da de la ma­yor par­te de la gen­te. A ver, está cla­ro que he te­ni­do eta­pas du­ras co­mo la pér­di­da de mi her­mano o mi pa­dre, eso sí fue du­ro, pe­ro la muer­te la vi­ve to­do el mun­do. Por el mo­men­to no he en­con­tra­do na­da di­fí­cil en mi vi­da, to­do ha si­do fá­cil.

No to­do el mun­do tie­ne la va­len­tía de de­cir eso.

¡Yo ten­go una vi­da de en­sue­ño! No dar­se cuen­ta de eso se­ría muy tor­pe. Ca­si se­gu­ro que la pró­xi­ma vi­da será me­nos di­ver­ti­da o to­do un in­fierno (ríe). He si­do muy afor­tu­na­da, por lo que no ten­go que ha­cer ca­so de los co­men­ta­rios des­agra­da­bles. Cuan­do eres co­no­ci­do co­men­tan so­bre ti. Y yo he desea­do to­da mi vi­da ser co­no­ci­da, por lo que no se pue­de ser in­cohe­ren­te. Soy ho­nes­ta. Me ha­ce mu­cho bien que me re­co­noz­can, me en­can­ta. Eso me ha cons­trui­do, me ha ayu­da­do.

Cuan­do lan­zas­te tu ter­cer ál­bum tu ma­ri­do era pre­si­den­te de la Re­pú­bli­ca fran­ce­sa. ¿No fue un mo­men­to di­fí­cil?

Pa­ra el es­pec­tácu­lo era im­po­si­ble, pe­ro no pa­ra el res­to. In­clu­so sien­do la si­tua­ción muy de­li­ca­da y na­da có­mo­da, después de to­do fui yo quien se ca­só con mi ma­ri­do, na­die me for­zó, y él ya era pre­si­den­te cuan­do lo co­no­cí. Así que no me pue­do men­tir a mí mis­ma. Es­ta­ba en una si­tua­ción que yo mis­ma ha­bía ele­gi­do, tu­ve la elección de ha­cer­lo o no. ¿Qué es me­jor? ¿Te­ner crí­ti­cas que na­da tie­nen que ver con la mú­si­ca o no te­ner na­da? Sien­to que siem­pre hay que re­la­ti­vi­zar; no era fá­cil lan­zar un ál­bum en esa si­tua­ción, pe­ro pu­de ha­cer­lo. Eso ya es te­ner mu­cha suerte.

¿Crees que no cam­bió tu ru­ti­na?

Yo vi­vía con mu­chí­si­ma nor­ma­li­dad a no ser que hu­bie­ra via­jes ofi­cia­les. Pe­ro si no, vi­vía nor­mal­men­te, con mi hombre y mu­cha más se­gu­ri­dad. Siem­pre an­do en una es­pe­cie de bur­bu­ja, soy al­guien muy so­li­ta­rio y eso na­da ni na­die me lo ha cam­bia­do. Ni si­quie­ra mis hi­jos me han mo­di­fi­ca­do eso. Mi gran re­fu­gio era la mú­si­ca y pa­ra mí no fue na­da di­fí­cil, des­de joven es­toy acos­tum­bra­da a cam­biar de vi­da. Soy muy adap­ta­ble.

¿Qué echas­te de me­nos mien­tras ocu­pa­bas el car­go de pri­me­ra da­ma de Fran­cia?

Un po­co de li­ber­tad, de po­der ha­cer gi­ra, etc… Pe­ro na­da más. Fue un pe­rio­do muy cor­to; cin­co años se pa­san rá­pi­do a mi edad (ri­sas). Los mo­men­tos di­fí­ci­les en el Elí­seo pa­sa­ron muy deprisa y los mo­men­tos fá­ci­les tam­bién, por des­gra­cia.

Y te fal­ta al­go aho­ra de lo que tu­vis­te du­ran­te tu pe­ri­plo en el Elí­seo?

¿A mí? No, no, no. Na­da. No echo na­da de me­nos de esa eta­pa. Fue una gran aven­tu­ra y un gran ho­nor, pe­ro no lo año­ro. Pe­ro na­da. Na­da [di­ce en es­pa­ñol].

Ni la opor­tu­ni­dad de co­no­cer a mu­cha gen­te...

To­da mi vi­da he te­ni­do la suerte de co­no­cer a gen­te que ad­mi­ra­ba. Es ver­dad que jun­to a mi ma­ri­do he co­no­ci­do a per­so­nas tan im­por­tan­tes co­mo Nel­son Man­de­la, el Da­lai La­ma, Ba­rack y Mi­che­lle Oba­ma… Pe­ro lo mío era co­no­cer a Lou Reed, Leo­nard Cohen, Mi­chel Houe­lle­becq...

Tam­bién a Isa­bel II, don Juan Car­los, la rei­na Le­ti­zia...

Sí, co­no­cí a la rei­na Le­ti­zia cuan­do mi ma­ri­do re­ci­bió el Toi­són de Oro de ma­nos del rey Juan Car­los y a mí me con­de­co­ra­ron, gra­cias tam­bién a mi hombre, co­mo Da­ma de la Gran Cruz de la Real y Dis­tin­gui­da Or­den de Car­los III. Lo que más me gus­ta es que hay una nue­va par­ti­da de rei­nas que eran chi­cas jó­ve­nes que no na­cie­ron en la no­ble­za y que se ma­ne­jan tan bien, que su­man tan­ta be­lle­za, fres­cu­ra y modernidad... Ado­ro a Ka­te Midd­le­ton, ofre­ce al­go bueno al mun­do. Y es­to es lo que Le­ti­zia ha apor­ta­do a Es­pa­ña. No es na­da fá­cil, pues­to que es un país de tra­di­ción, de in­men­sa tra­di­ción.

Mi­ran­do a tu país de adop­ción, en Fran­cia tam­bién ha cam­bia­do la tra­di­ción... po­lí­ti­ca. El ejem­plo es Ma­cron. ¿Cómo vi­ves la si­tua­ción ac­tual?

No me in­tere­sa en ab­so­lu­to la po­lí­ti­ca. No me in­tere­sa­ba an­tes ni tam­po­co aho­ra. Lo mío no son ni las pa­sa­re­las ni la in­ter­pre­ta­ción, es la mú­si­ca.

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