PIN­TU­RA.

LA EX­PO­SI­CIÓN SO­RO­LLA Y LA MO­DA REÚNE EN MA­DRID UNA SE­LEC­CIÓN DE RE­TRA­TOS DEL PIN­TOR QUE CONVIVE CON PREN­DAS DE LA ÉPO­CA. TRES DI­SE­ÑA­DO­RES ES­PA­ÑO­LES LO CE­LE­BRAN EN VO­GUE REFLEXIONANDO SO­BRE LA MO­DA EN EL CAM­BIO DE SI­GLO Y LA IN­FLUEN­CIA CROMÁTICA QUE AÚN E

VOGUE (Spain) - - Sumario -

Im­pre­sio­nes so­bre So­ro­lla.

LA PLA­YA DE MI IN­FAN­CIA Por Juan Du­yos

Mi pri­me­ra ciu­dad fa­vo­ri­ta del mun­do es Ma­drid. La se­gun­da, por to­do el com­po­nen­te emo­cio­nal que con­lle­va en mi vi­da, Va­len­cia. Cuan­do mis pa­dres se se­pa­ra­ron, en los años se­ten­ta, mi ma­dre nos lle­vó a vi­vir a la Mal­va­rro­sa. Ju­gá­ba­mos en la pla­ya y en las huer­tas con los ni­ños gi­ta­nos del ba­rrio. Ahí apren­dí quién es So­ro­lla. Mi ma­dre nos se­guía lle­van­do a mu­seos y ex­po­si­cio­nes, y me des­cu­brió la luz de sus pin­tu­ras, la mis­ma que yo veía mien­tras co­rre­tea­ba por la ori­lla del mar.

A So­ro­lla siem­pre lo he sen­ti­do co­mo un pa­rien­te le­jano. Mi abue­la, una se­ño­ri­ta de Se­rrano ca­sa­da con un va­len­ciano, apren­dió a amar esa ciu­dad a tra­vés de su obra. Y así nos lo trans­mi­tió. Par­te de mi sen­si­bi­li­dad vie­ne de mi ad­mi­ra­ción por su for­ma de ver y plas­mar el mun­do. La vi­da es más bo­ni­ta cuan­do to­do se pinta bo­ni­to. Él ha­cía re­tra­tos de en­car­go me­ticu­losos, pin­tu­ras que en­sal­za­ban lo me­jor de sus pro­ta­go­nis­tas. Igual que en la cos­tu­ra, en la que los mo­dis­tos des­ta­ca­mos las for­mas y co­lo­res que más em­be­lle­cen a ca­da mu­jer. Mu­chas ve­ces no ha­cen fal­ta es­for­za­dos ex­pe­ri­men­tos ni alar­des rup­tu­ris­tas pa­ra ge­ne­rar emo­cio­nes. Es al­go que creo que pa­sa en su pin­tu­ra y tra­to de lo­grar en mi mo­da. Emo­cio­nar a tra­vés de la belleza».

EL COR­SÉ Y LA MO­DA DE PRIN­CI­PIOS DEL S. XX

Por Te­re­sa Hel­big

Hay una es­ce­na de ci­ne que me fas­ci­na: una Es­car­la­ta O’Ha­ra en­fu­rru­ña­da se aga­rra al pos­te de su ca­ma, mien­tras la pa­cien­te Mam-

my ci­ñe su cor­sé. En ese diá­lo­go sin pa­la­bras la cria­da ri­ñe a mi su­re­ña pre­fe­ri­da ajus­tan­do la pren­da. Es su mo­do de me­ter­la en ve­re­da.

Si hay una pren­da que mar­ca la his­to­ria de la mo­da fe­me­ni­na, el pa­so de la res­tric­ción a la li­be­ra­ción, esa es el cor­sé. Su úl­ti­mo gran re­vi­val fue en los años cua­ren­ta, con las acó­li­tas del New Look de Dior, a las que bau­ti­za­ron was­pies por sus cin­tu­ras de avis­pa. Es­ta pie­za esen­cial del ar­ma­rio fran­cés de las cla­ses al­tas ha si­do des­pués res­ca­ta­do por la mo­da: en Vi­vien­ne West­wood, Cha­nel, Loe­we y por su­pues­to en Gaul­tier, o en la más re­cien­te Fenty x Pu­ma de Rihan­na.

Ob­ser­vo re­tra­tos de So­ro­lla. Su aten­ción al de­ta­lle des­ve­la una pa­sión se­cre­ta: la mo­da. En un mo­men­to, el de cam­bio de si­glo, en el que el cor­sé pe­lea por man­te­ner­se en es­ce­na. Era es­cru­pu­lo­so en su re­pre­sen­ta­ción, co­mo ve­mos en los atuen­dos de su es­po­sa, Clo­til­de Gar­cía. En sus via­jes a Londres y Pa­rís di­bu­ja­ba los som­bre­ros y ves­ti­dos que veía en la ca­lle, y los mos­tra­ba des­pués a su mu­jer, pa­ra que co­no­cie­se las ten­den­cias. ¿Pue­de un cor­sé ser fe­mi­nis­ta? Sí, si ejer­ce de ar­ma­du­ra. Con te­ji­dos más sua­ves, for­mas más suel­tas, ele­gi­dos por una mis­ma. Ya no es la so­cie­dad quien obli­ga. Hoy ves­tir cor­sé es de­cir: me da la ga­na de lle­var tu mi­ra­da ha­cia mi cin­tu­ra. Di­cho es­to, ¿nos gus­tan los cor­sés chez Hel­big? La verdad: no. ¿Ha­re­mos al­gún día uno? Nun­ca se sa­be. Hay in­fi­ni­tas pro­pues­tas es­té­ti­cas pa­ra des­ta­car la fi­gu­ra que no pa­san por cons­tre­ñir­la y opri­mir­la. La lu­cha de las mu­je­res siem­pre ha si­do ga­na­da cen­tí­me­tro a cen­tí­me­tro».

PIEL ME­DI­TE­RRÁ­NEA Por Juan Vidal

L a esen­cia del mar Me­di­te­rrá­neo se ex­tien­de a lo lar­go de la His­to­ria de la mo­da des­de mu­chos pun­tos de vis­ta. La in­men­si­dad de su ho­ri­zon­te ba­ña des­de puer­tos a pla­yas ibi­cen­cas, dan­do vi­da a mo­das co­mo el ad­lib o las clá­si­cas ra­yas ma­ri­ne­ras que en­sal­zan (has­ta con­ver­tir­los en clá­si­cos apá­tri­das) los co­lo­res blan­cos y azu­les. Joa­quín So­ro­lla, cu­ya re­la­ción con la mo­da es mo­ti­vo de una ex­po­si­ción en el ma­dri­le­ño Mu­seo Thys­sen, per­te­ne­ce a un re­du­ci­do gru­po se­lec­to de lu­mi­nis­tas va­len­cia­nos que ex­pre­sa­ba, a tra­vés de sus enér­gi­cas pin­ce­la­das, to­da la vi­ta­li­dad y lu­mi­no­si­dad ca­si ce­ga­do­ra de esa cos­ta, mi cos­ta. De su obra, siem­pre ins­pi­ra­do­ra, me que­do con las pie­les de mu­je­res y ni­ños que re­bo­tan la luz co­mo es­pe­jos y con los va­po­ro­sos ves­ti­dos blan­cos azo­ta­dos por la bri­sa del mar.

El estilo me­di­te­rrá­neo, flui­do y có­mo­do, res­pe­tan­do la si­lue­ta fe­me­ni­na se ha­ce vi­si­ble en in­fi­ni­dad de pie­zas que tie­nen ese sa­bor in­con­fun­di­ble de nues­tro mar La ex­po­si­ción So­ro­lla y la mo­da se pue­de vi­si­tar en­tre el 13 de fe­bre­ro y el 27 de ma­yo en los mu­seos Thys­se­nBor­ne­mis­za y So­ro­lla, de Ma­drid.

En la pá­gi­na an­te­rior, Clo­til­de en la pla­ya (1904), que re­fle­ja la esen­cia me­di­te­rrá­nea de Joa­quín So­ro­lla. En es­ta pá­gi­na, a la iz­da., otro re­tra­to de su es­po­sa, Clo­til­de sen­ta­da en un so­fá (1910); a la dcha., Re­tra­to de se­ño­ra (1913), em­pa­re­ja­do en la ex­po­si­ción con un ves­ti­do de Ma­de­lei­ne Vion­nett de 1921.

Newspapers in Spanish

Newspapers from Spain

© PressReader. All rights reserved.