Ji­me­na Sán­chez, 45

Women's Health (Spain) - - COMER BIEN - PER­SO­NA­LI­DAD: ADIC­TA AL AZÚ­CAR.

“De­be­mos ol­vi­dar­nos de lo que pon­ga en la ca­ja, por­que en la ma­yo­ría de los ca­sos in­du­ce a error. Hay que leer los in­gre­dien­tes”, in­di­ca Yo­lan­da García.

Si te gus­ta es­te sa­bor, ¿por qué no usas esa es­pe­cia?

“Mu­chas per­so­nas se han acos­tum­bra­do a to­mar­lo sin azú­car ni ca­ne­la y lo dis­fru­tan igual­men­te”, apun­ta Yo­lan­da García.

La po­de­mos usar pa­ra no pi­car en­tre ho­ras, ya que, co­mo se­ña­la Be­lli­do, no so­lo co­me­mos por ne­ce­si­dad, sino tam­bién por es­ti­mu­la­ción de los sen­ti­dos.

El pres­ti­gio­so cen­tro de in­ves­ti­ga­ción Co­chra­ne co­rro­bo­ra lo que ya in­tuía­mos: a más can­ti­dad ser­vi­da, más co­me­mos.

No seas tan du­ra, eso no ayu­da. “La die­ta no de­be ser

un cas­ti­go, sino que hay que adap­tar­la a las ne­ce­si­da­des del pa­cien­te”, apun­ta Be­lli­do.

De­be ha­bi­tuar­se a sa­bo­res más amar­gos.

“La cla­ve es­tá en ir dis­mi­nu­yen­do el azú­car has­ta que nues­tro pa­la­dar se va­ya adap­tan­do”, afir­ma García.

Si es ju­go de li­món, As­cen­sión Mar­cos nos da su apro­ba­ción, no así si se tra­ta de un

pro­duc­to in­dus­trial:

“No es con­ve­nien­te la adi­ción de azú­car”. Si no te gus­ta el agua, la ex­per­ta pro­po­ne in­fu­sio­nes o cal­dos.

Ma­dre de dos preado­les­cen­tes, es, iró­ni­ca­men­te, blog­ger de es­ti­lo de vi­da sa­lu­da­ble. Es­tá a mer­ced de sus dul­ces an­to­jos y ha con­ver­ti­do al cho­co­la­te en su ma­yor fuen­te de alivio pa­ra el do­lor cró­ni­co que pa­de­ce. Ade­más, se pa­sa con las ba­rri­tas de ce­rea­les ‘sa­nas’ cuan­do no tie­ne tiem­po pa­ra co­mer. Ha des­cri­to tres días tí­pi­cos de su vi­da. Día 1 7 a.m. To­mo dos tor­ti­tas con si­ro­pe de ar­ce y un té con le­che de al­men­dras y azú­car.

1.30 a.m. El al­muer­zo con­sis­te en dos pe­que­ños bo­lli­tos de pan, dos hue­vos re­vuel­tos y una se­gun­da ta­za de té.

2.10 p.m. Ho­ra de pi­car al­go. Es­co­jo una man­da­ri­na.

4.15 p.m. El calor del día ha­ce que mi cuer­po quie­ra más té, es­ta vez le agre­go un po­co de azú­car con sa­bor a ca­ne­la y unos hie­los. 23.30 p.m. Vuel­vo a te­ner ga­nas de azú­car. Me to­mo dos pi­ru­le­tas. Día 2 11.20 a.m. Si me duer­mo en­se­gui­da, no ten­go tiem­po de pla­near na­da, así que ha­go más o me­nos el mis­mo desa­yuno que el día an­te­rior. 2.30 p.m. Sal­chi­chas de po­llo, tos­ta­das de cen­teno y agua con un cho­rro ge­ne­ro­so de li­mo­na­da.

4 p.m. Una ba­rri­ta de mues­li mien­tras trans­por­to a mi hi­ja en el co­che. 9 p.m. Una ga­lle­ta al tiem­po que veo la te­le. Día 3 12 p.m. Voy a te­ra­pia pa­ra con­tro­lar el do­lor, lo que in­clu­ye me­di­ta­ción. 1.30 p.m. Sus­hi con arroz in­te­gral y gam­bas.

4.30 p.m. To­mo un pu­ña­di­to de frutos se­cos (con bo­li­tas de cho­co­la­te in­clui­das). Y ahí es­tá mi perdición, por­que sue­lo re­pe­tir, aun­que sea cons­cien­te de que no me con­vie­ne.

8 30 p.m. Ceno piz­za sen­ta­da en el so­fá.

22.00 p.m. Co­mo siem­pre, pi­co­teo dul­ces des­pués de las ocho de la tar­de y no pue­do re­sis­tir­me a co­mer cua­tro ga­lle­tas al ver­las en la co­ci­na.

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