Una vi­da de no­ve­la

Búsqueda - - VIDA CULTURAL - Por An­to­nio Pip­po

— Mi vie­jo mu­rió cuan­do yo te­nía dos años. En ple­na ca­lle, de un in­far­to. Vi­vía­mos en Ca­ba­lli­to, en ple­na cri­sis que lle­vó a la caí­da de Iri­go­yen. La mi­se­ria era es­pan­to­sa: ha­bía días en que co­mía­mos con mis tres her­ma­nas so­lo pan con gra­sa. Una tar­de, mi vie­ja, de­ses­pe­ra­da, fue al fren­te de la Ca­sa de Go­bierno, es­pe­ró la sa­li­da del pre­si­den­te y cuan­do es­te subió al au­to, atra­ve­só la guar­dia y se pa­ró de­lan­te; fue un gol­pe du­ro y ca­yó. Iri­go­yen ba­jó en­se­gui­da a ayu­dar­la y le pre­gun­tó por qué ha­bía he­cho eso. Cuan­do su­po la his­to­ria, le dio el pues­to en el Co­rreo que ha­bía de­ja­do va­can­te mi pa­dre.

— El can­to fue al­go natural des­de chi­co, apren­dí es­cu­chan­do la ra­dio. So­lo hi­ce al­gu­nos es­tu­dios de piano y sol­feo. Em­pe­cé con un ami­go gui­ta­rris­ta afi­cio­na­do, ti­ran­do la man­ga. Más ade­lan­te en­tré a la Es­cue­la Na­val, pe­ro me echa­ron cuan­do iba al exa­men pa­ra guar­dia­ma­ri­na: me ha­bía es­ca­pa­do la no­che an­te­rior pa­ra ir a un con­cur­so de can­to­res no pro­fe­sio­na­les, que ga­né. Me ban­qué la bron­ca de la vie­ja y con una gui­ta que ha­bía aho­rra­do gra­bé por mi cuen­ta mi pri­mer dis­co de ace­ta­to en Gra­fo­son. Sa­lió pro­li­ji­to, pe­ro lo per­dí.

— De­bu­té en el ca­fé La Paz, de Ba­rran­cas de Bel­grano, con cua­tro gui­ta­rris­tas que ha­bían si­do com­pa­ñe­ros de “co­lim­ba”. Du­ran­te la pri­me­ra me­dia ho­ra, to­do bien. Des­pués en­tró un bo­rra­cho a ar­mar lío. Sa­lió a con­tro­lar­lo el due­ño del ca­fé y li­gó una pu­ña­la­da que lo ma­tó. Se ar­mó una… ¡ adiós ac­tua­ción!

Testimonios de Or­lan­do Vidal, más tar­de co­no­ci­do por Jor­ge Vidal, el Ne­gro, na­ci­do el 12 de agos­to de 1924, gran can­tor y pro­ta­go­nis­ta de una vi­da de no­ve­la que po­cos co­no­cie­ron.

Su suer­te cam­bió cuan­do fue con­tra­ta­do, gra­cias a la ges­tión de un co­no­ci­do, en el ca­fé Ar­gen­tino, de Cha­ca­ri­ta. Ya se ha­bía ido de su ca­sa — co­mien­zos de 1949— y co­mo la pa­ga era po­ca, dor­mía de ma­dru­ga­da so­bre una de las me­sas de bi­llar del lu­gar, con el sa­co co­mo al­moha­da. Cier­ta ma­ña­na sin­tió que in­ten­ta­ban des­per­tar­lo. Mi­ró y vio a un hom­bre del­ga­do, de gran­des len­tes: “¿Có­mo le va? ¿Dur­mió bien? Mi­re, yo soy Os­val­do Pu­glie­se y quie­ro que can­te con mi or­ques­ta”.

— Me le­van­té de un sal­to — con­tó año des­pués Vidal—, mien­tras me ali­sa­ba el pe­lo y la ro­pa y res­pon­dí: “Cla­ro que lo co­noz­co, pe­ro… ¿me es­tá jo­dien­do?”.

— No. ¿Por…? Se me fue uno de los can­to­res. So­lo es­tá Mo­rán…

—“Y, sí… Bueno… Pe­ro es que yo soy pe­ro­nis­ta”, le di­je, sa­bien­do que él era co­mu­nis­ta y ha­bía si­do per­se­gui­do por Pe­rón.

—¡Y a mí qué me im­por­ta! Yo lo quie­ro pa­ra can­tar, no pa­ra ha­cer po­lí­ti­ca.

Fue el gran des­pe­gue de Jor­ge Vidal, que aun­que de­jó grabaciones an­to­ló­gi­cas en esa eta­pa — Is­la de Flo­res, Puen­te Al­si­na, Ti­ti­ri­te­ros, Ba­rra que­ri­da y Un bai­le a be­ne­fi­cio, en­tre tan­tas— so­lo es­tu­vo dos años con Pu­glie­se y nun­ca can­tó a dúo con Mo­rán.

— Lo qui­se mu­cho. Con él apren­dí a res­pe­tar el rit­mo. Era un ser ma­ra­vi­llo­so, pe­ro yo que­ría in­de­pen­den­cia, ele­gir y ha­cer lo mío. Y ahí fue, en 1951, que ar­mé el gru­po de gui­ta­rras con Jai­me Vi­la a la cabeza y ya no pa­ré.

Ac­tuó en to­dos los es­ce­na­rios de su país — ca­fés, clu­bes, ca­ba­rés—, gra­bó en los se­llos prin­ci­pa­les de la épo­ca, lo acom­pa­ña­ron los her­ma­nos Re­mer­sa­ro, Ro­ber­to Gre­la y Jo­sé Ca­net y las or­ques­tas de Ar­gen­tino Gal­ván, el uru­gua­yo Héc­tor Ma­ría Ar­to­la y Héc­tor Stam­po­ni, fil­mó la pe­lí­cu­la El tan­go en París, ac­tuó en tea­tro y ra­dio y en 1958, de via­je por Es­ta­dos Uni­dos —ur­gi­do por­que la dic­ta­du­ra que de­rro­có a Pe­rón lo prohi­bió—, se pre­sen­tó en el Car­ne­gie Hall, la Me­tro­po­li­tan Ope­ra Hou­se y los ho­te­les She­ra­ton y Wal­dorf As­to­ria de Nue­va York, in­clu­yen­do apa­ri­cio­nes en el fa­mo­so Show de Ed Su­lli­van. En Es­pa­ña gra­bó El día que me quie­ras con la or­ques­ta sin­fó­ni­ca de Wal­do de los Ríos y de re­gre­so a su país fue fi­gu­ra es­te­lar en las re­vis­tas tea­tra­les de Ca­na­ro Tan­go­lan­dia y Juan­ci­to de la Ri­be­ra.

— Fui el úni­co que le im­pu­so un te­ma que no era su­yo en una de sus obras: La fu­la­na, del orien­tal Al­ber­to Mas­tra.

Jor­ge Vidal, que mu­rió el 14 de se­tiem­bre de 2010, com­pu­so va­rias obras re­cor­da­bles co­mo Cuan­do yo me va­ya, Pal­pi­tan­do el es­co­la­zo y Gri­pe li­via­na, fun­dó la Aso­cia­ción Ar­gen­ti­na de Can­to­res, fue de­cla­ra­do Ciu­da­dano Ilus­tre de Bue­nos Ai­res y es con­sen­so de que fue el can­tor de es­ti­lo más gar­de­liano en la his­to­ria del tan­go.

—Tu­ve una vi­da aza­ro­sa, sí, pe­ro sa­lí a flo­te. Y me que­do con lo bueno. ¡ El que me de­jó la ma­yor en­se­ñan­za fue San­dri­ni, en un en­sa­yo tea­tral!: “Cuan­do uno ha­bla o can­ta, tie­ne a ve­ces más va­lor el si­len­cio de la pau­sa que el so­ni­do de la pa­la­bra”.

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