Lle­gó la ho­ra

Búsqueda - - VIDA CULTURAL - Por E. A.L.

Vuel­ven las emo­cio­nes y las dis­cu­sio­nes so­bre fút­bol las 24 ho­ras. Vuel­ven las pen­cas, las es­pe­cu­la­cio­nes, los triun­fa­lis­tas que ubi­can a nues­tra se­lec­ción en­tre las cua­tro me­jo­res y los pe­si­mis­tas que la dan li­qui­da­da en la pri­me­ra vuel­ta o en oc­ta­vos. Vuel­ven las ban­de­ri­tas de Uru­guay en los au­tos, en los ta­xis, en los óm­ni­bus y en los bal­co­nes. Vuel­ve — qué lu­gar co­mún tan be­rre­ta pe­ro igual­men­te cier­to— la es­pe­ran­za. Vuel­ven los alar­gues y los pe­na­les. Vuel­ven los si­len­cios de an­sie­dad con­te­ni­da, pre­vios al es­ta­lli­do de un gol o a la des­gra­cia de ir a bus­car la pe­lo­ta a tu pro­pio ar­co, que es otra for­ma de si­len­cio, más den­sa. Vuel­ven los dis­tin­tos tiem­pos de los te­le­vi­so­res, unos a la ve­lo­ci­dad del ca­ble, otros a la del sa­té­li­te y del HD, que se ve fe­nó­meno pe­ro es pe­sa­do y lle­ga tar­de, tar­de, tar­de. Cin­co o seis se­gun­dos es tar­dí­si­mo. To­dos desea­mos que se uni­fi­que un tiem­po úni­co pa­ra co­no­cer el pre­ci­so mo­men­to del gol y no en­te­rar­nos por el gri­to del ve­cino que es­cu­cha la ra­dio, por­que sa­be­mos que si ese ve­cino no gri­ta una ju­ga­da que vie­ne bár­ba­ra o un ti­ro li­bre al bor­de del área, es que no ha pa­sa­do na­da y to­do se ha ido a la pu­ta mier­da. Y es­ta­rá el VAR (Vi­deo As­sis­tant Re­fe­ree), el apo­yo tec­no­ló­gi­co pa­ra el juez en ca­so de du­da, fe­nó­meno que pue­de cor­tar abrup­ta­men­te la ale­gría o desatar­la en la tris­te­za, de mo­do que del VAR te vas al bar a fes­te­jar o a llo­rar tus pe­nas. No ha­brá trans­por­te ni ser­vi­cios ad­mi­nis­tra­ti­vos ni na­da que val­ga la pe­na mien­tras jue­gue la Ce­les­te, y el David — que aho­ra se pa­re­ce a Ca­va­ni— nos mi­ra­rá a to­dos des­de la ex­pla­na­da de la in­ten­den­cia con una ca­mi­se­ta ce­les­te ajus­ta­da a su fí­si­co pri­vi­le­gia­do. Y más va­le que no ten­gas que ir a una Emer­gen­cia en esos 90 mi­nu­tos en que jue­ga Uru­guay, por­que te vas a de­san­grar en la ca­mi­lla has­ta que ter­mi­ne el par­ti­do. Vuel­ve el ho­rror du­ran­te un mes pa­ra esa po­bre gen­te que no co­mul­ga con se­me­jan­te pa­sión; unos be­dui­nos en el de­sier­to que in­ten­tan me­ter una ba­za en el al­muer­zo con una con­ver­sa­ción que no sea a pro­pó­si­to de un gol, de un pe­nal o de un fue­ra de jue­go. Po­bre gen­te que in­ten­ta ha­blar de ci­ne o de po­lí­ti­ca o in­clu­so de se­xo y a na­die le im­por­ta, por­que pri­me­ro es­tá el Mun­dial.

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