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El in­ge­nie­ro ar­gen­tino Mi­guel San Mar­tín, que par­ti­ci­pó en cua­tro im­por­tan­tes mi­sio­nes so­bre el pla­ne­ta ro

El Observador Fin de Semana - Cromo - - “ANTES ESTÁBAMOS BUSCANDO LAS CONDICIONES PARA LA - MERLINA MACHADO @Mer­li­na­ma­cha­do

Qué ni­ño no jugó al­gu­na vez a ser as­tro­nau­ta? Al­gu­nos no so­lo jue­gan, sino que sue­ñan con que ese de­seo se ha­ga reali­dad. Así fue el ca­so de Mi­guel San Mar­tín, un in­ge­nie­ro elec­tró­ni­co ar­gen­tino que for­ma par­te de la NASA.

San Mar­tín, quien vi­si­tó Mon­te­vi­deo pa­ra dar la con­fe­ren­cia Des­de Vi­king a Cu­rio­sity. Los Desafíos de un Des­cen­so en Mar­te en GX28, cur­só su ca­rre­ra en Sy­ra­cu­se Uni­ver­sity en EEUU, don­de fue de­sig­na­do Es­tu­dian­te de In­ge­nie­ría del Año. En 1985 hi­zo un más­ter en in­ge­nie­ría ae­ro­náu­ti­ca y as­tro­náu­ti­ca en el afa­ma­do Mas­sa­chus­sett Ins­ti­tu­te of Tech­no­logy y el mis­mo año in­gre­só a la agen­cia es­pa­cial.

Des­de en­ton­ces ha es­ta­do vin­cu­la­do al di­se­ño y desa­rro­llo de di­ver­sos sis­te­mas de con­trol pa­ra vehícu­los de ex­plo­ra­ción es­pa­cial, es de­cir, pa­ra que ate­rri­cen don­de de­ben ha­cer­lo. Hoy es je­fe de in­ge­nie­ría pa­ra el guia­do, na­ve­ga­ción y con­trol de sis­te­mas en el La­bo­ra­to­rio de Pro­pul­sión a Reac­ción (JPL, por su si­gla en in­glés), un cen­tro de­di­ca­do a la cons­truc­ción y ope­ra­ción de na­ves es­pa­cia­les no tri­pu­la­das.

Las mi­sio­nes

Su pri­me­ra prue­ba de fue­go fue Cas­si­ni, una son­da des­ti­na­da a ex­plo­rar Sa­turno y sus lu­nas. La mi­sión em­pe­zó a fi­nes de la dé­ca­da de 1980. El 26 de abril de 2017 Cas­si­ni se aden­tró en el es­pa­cio en­tre el pla­ne­ta y sus ani­llos, cum­plien­do su úl­ti­ma mi­sión an­tes de de­sin­te­grar­se el 15 de se­tiem­bre del mis­mo año.

Sin em­bar­go, el prin­ci­pal in­te­rés de San Mar­tín era Mar­te. “Lle­gué en 1985 (a la NASA) y re­cién en 1991 o 1992 hi­ce la pri­mer mi­sión de mi sue­ños”, di­jo a Cro­mo. Si bien es­te fue el pri­mer pro­yec­to so­bre el pla­ne­ta ro­jo en el que par­ti­ci­pó el in­ge­nie­ro, Mar­te no era un te­ma nue­vo. La his­to­ria se re­mon­ta­ba a la ca­rre­ra es­pa­cial en­tre EEUU y la Unión So­vié­ti­ca en el contexto de la Gue­rra Fría 40 años an­tes.

Ese te­rreno ro­jo y des­co­no­ci­do es hoy uno de los más es­tu­dia­dos. San Mar­tín par­ti­ci­pó en cua­tro mi­sio­nes con ese des­tino. La pri­me­ra de ellas, Mars Path­fin­der, co­men­zó a tra­ba­jar­la a prin­ci­pios de 1990, pe­ro re­cién en 1997 ate­rri­zó en el pla­ne­ta ve­cino. Fue la pri­me­ra son­da que ate­rri­zó con éxi­to en ate­rri­zar en Mar­te des­de del pro­gra­ma Vi­king de 1976.

Lue­go, el in­ge­nie­ro fue par­te del lan­za­mien­to de Op­por­tu­nity, un ro­bot ro­ver que lle­gó a ese pla­ne­ta en 2004 con una ex­pec­ta­ti­va de vi­da de tres me­ses y se tu­vo se­ñal de él has­ta ha­ce apro­xi­ma­da­men­te 100 días cuan­do la agen­cia per­dió con­tac­to de­bi­do a una es­pe­sa tor­men­ta de are­na.

Por úl­ti­mo, San Mar­tín cum­plió un rol fun­da­men­tal en la mi­sión del otro ro­ver mar­ciano, el Cu­rio­sity. Es­te vehícu­lo ate­rri­zó en Mar­te en 2012 y aún si­gue ope­ran­do y en­vian­do in­for­ma­ción. “La idea era que vi­vie­ra dos años y ya vi­vió mu­cho más que eso. Pu­do lo­grar to­dos los ob­je­ti­vos cien­tí­fi­cos en ese tiem­po y lo de aho­ra es adi­cio­nal”, co­men­tó. Se­gún el ex­per­to, mien­tras vi­va se­gui­rá ha­cien­do in­ves­ti­ga­cio­nes so­bre la su­per­fi­cie del pla­ne­ta.

Es­tos cua­tros pro­yec­tos tu­vie­ron el mis­mo ob­je­ti­vo: in­ves­ti­gar la hi­pó­te­sis de si exis­tió o exis­te vi­da en Mar­te pa­ra lo que to­da­vía no se tie­ne res­pues­ta.

La tec­no­lo­gía y la NASA

De­trás de ca­da mi­sión hay in­ver­sio­nes muy gran­des, lo que ha­ce de­mo­rar el pro­ce­so de rea­li­za­ción. En­viar el Cu­rio­sity lle­vó ocho años y se in­vir­tie­ron US$ 2.500 mil mi­llo­nes. Se­gún San Mar­tín, el lar­go ca­mino se de­bió a que se es­ta­ban desa­rro­llan­do ac­cio­nes que nun­ca an­tes se ha­bían eje­cu­ta­do en un des­cen­so y, en par­ti­cu­lar, en la su­per­fi­cie de Mar­te.

Pe­ro el al­to cos­to es un fac­tor co­mún en to­das es­tas mi­sio­nes. Fa­bri­car una compu­tado­ra ca­paz de fun­cio­nar en el am­bien­te es­pa­cial re­quie­re de mi­llo­nes de dó­la­res. Por ello, una vez que se con­si­gue la tec­no­lo­gía, es­ta se usa por mu­cho tiem­po, has­ta que se lo­gra in­ver­tir en una nue­va ge­ne­ra­ción.

Si bien des­de la lle­ga­da del in­ge­nie­ro a la NASA has­ta hoy se ha avan­za­do enor­me­men­te en tér­mi­nos tec­no­ló­gi­cos, San Mar­tín cree que no han lo­gra­do lo su­fi­cien­te. A fi­nes de la dé­ca­da de 1980, por ejem­plo, prác­ti­ca­men­te no con­ta­ban con compu­tado­res per­so­na­les. “No te­nía­mos email, no ha­bía web­si­tes, las pre­sen­ta­cio­nes las ha­cía­mos en una lá­mi­na de plás­ti­co que es­cri­bía­mos a mano. Las he­rra­mien­tas eran muy pri­mi­ti­vas en ese sen­ti­do”, re­cor­dó. Hoy, la reali­dad es otra, pe­ro los avan­ces en la ma­te­ria no son tan rá­pi­dos co­mo pue­de me­jo­rar un smartp­ho­ne. “Cual­quier te­lé­fono de es­tos tie­ne un ni­vel de compu­tación de 10 a

El in­ge­nie­ro Mi­guel San Mar­tín fes­te­ja jun­to a sus com­pa­ñe­ros el ate­rri­za­je de Cu­rio­sity en Mar­te.

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