Ar­te, vi­da, na­tu­ra­le­za

La flo­ra y la fau­na tie­nen una cua­li­dad es­té­ti­ca que va­rios ar­tis­tas han cap­ta­do

El Observador Fin de Semana - Luces - - Columna - EDUAR­DO ES­PI­NA Es­pe­cial pa­ra El Ob­ser­va­dor

En la tra­di­ción li­te­ra­ria chi­na, flo­ra y fau­na ocu­pan un lu­gar de­ci­si­vo. No hay poe­ta que no men­cio­ne al me­nos un pá­ja­ro, el nom­bre de al­gún ár­bol. La vi­da es lo que nos ro­dea en es­ta­do na­tu­ral. So­lo hay que apren­der a mi­rar, y no hay edu­ca­ción su­fi­cien­te pa­ra ello, es lo que han di­cho, y di­cen, los poe­tas de ese país mi­le­na­rio. Hay una na­tu­ra­le­za fue­ra, y otra que es­tá den­tro.

La pri­me­ra es más fá­cil de en­con­trar. En ella, cual­quie­ra pue­de que­dar­se a vi­vir. Al­gu­nos se ani­man. A la otra se lle­ga por los ca­mi­nos de la ima­gi­na­ción. Son tan lar­gos co­mo un des­tino inal­can­za­ble. Ca­da vez que via­jo a la na­tu­ra­le­za in­te­rior en­cuen­tro pá­ja­ros a los cua­les ha­blar­les (po­cos tan sa­bios co­mo el sa­biá), ár­bo­les con su al­ma, ca­da uno con la su­ya, al­mas con su ca­sa, y con una más, por las du­das. Por si la llu­via ne­ce­si­ta don­de que­dar­se. Hay no­ches así, y días lar­gos a los cua­les so­lo las pre­gun­tas pue­den en­ten­der. Les en­can­tan las in­te­rro­gan­tes.

La me­mo­ria de la na­tu­ra­le­za es in­creí­ble. Re­cuer­da con pre­ci­sión dón­de es­tán ca­da uno de sus ár­bo­les, sus ce­dros, sus eucaliptos, sus la­pa­chos, las se­mi­llas que ha­lla­ron su re­si­den­cia en la tie­rra. Se­mi­llas que en los días fe­ria­dos ha­blan con las lom­bri­ces. ¿Les en­se­ña­rán có­mo ser fe­li­ces en la pro­fun­da os­cu­ri­dad rei­nan­te? Ellas pue­den. En los cua­dros de Au­gus­te Re­noir, la na­tu­ra­le­za es­tá lle­na de gen­te. La gen­te –bur­gue­ses que la vi­da hi­zo fe­li­ces, al me­nos por esa vez– es do­més­ti­ca. Los ár­bo­les tam­bién.

Sa­ben com­por­tar­se se­gún la na­tu­ra­le­za les ordena. El ser hu­mano no pue­de vi­vir sin an­dar do­mes­ti­can­do lo que en­cuen­tre a su pa­so. En el cua­dro Les baig­neu­ses, Re­noir pin­tó a unas mu­je­res que se des­pla­zan de un la­do a otro en la in­mó­vil quie­tud. No ne­ce­si­tan mo­ver­se pa­ra ir a al­gu­na par­te. Es­tán des­nu­das. Co­mo la piel que tie­nen. No hay nin­gu­na re­fe­ren­cia al mun­do de ese mo­men­to. So­lo es­tá la na­tu­ra­le­za, so­la. To­do es tan in­ten­cio­nal­men­te her­mo­so, que has­ta la na­tu­ra­le­za –tan des­nu­da co­mo las mu­je­res– se sien­te in­có­mo­da por ha­ber si­do pin­ta­da sin de­fec­tos.

Gen­te a la in­tem­pe­rie, in­ser­ta en la na­tu­ra­le­za que por un ra­to es su ho­gar per­ma­nen­te, hay tam- bién en los cua­dros de Mo­net, en los de Ma­net, en los de Gau­guin. En los de Wi­lliam Turner, los ma­res ama­ri­llos son la gen­te. Na­tu­ra­le­za mo­ja­da por la na­tu­ra­le­za.

Un pin­tor orien­tal, Ho­ku­sai (1760-1849), pin­tó la ola más gran­de del mun­do, por­que la na­tu­ra­le­za ne­ce­si­ta mu­cha agua pa­ra ba­ñar­se. Su hi­gie­ne es gi­gan­te.

La na­tu­ra­le­za pa­ra mí es el cam­po uru­gua­yo la pri­me­ra vez que lo vi. In­men­so y blan­co des­pués del ro­cío de la fría ma­dru­ga­da. El sur es así. De tan blan­co pa­re­cía una paloma quie­ta, una ex­ten­sión pla­na que iba de po­co a to­do. Lleno de plan­tas, con pie­dras mu­das desafian­do la si­me­tría de los pro­pó­si­tos, con to­pos y car­pin­chos, con yu­yos lla­ma­ti­vos, con on­ce pi­nos se­gui­dos de otros do­ce, con pá­ja­ros a más no po­der, con arro­yos has­ta la mi­tad, agua por to­das par­tes. Ca­da arro­yo con sus ori­llas, ca­da río con su re­pe­ti­ción.

Un día apa­re­ció Dios. Ha­bía ve­ni­do so­lo. Las va­cas lo mi­ra­ban co­mo si lo hu­bie­ran vis­to an­tes. En el cam­po lo sa­gra­do no es­tá se­pa­ra­do de lo po­si­ble. To­do vie­ne a exis­tir pa­ra que sir­va de al­go. Y Dios, mien­tras tan­to, se­guía es­tan­do.

El día que cum­plí cin­co años so­ñé que era uno de los pa­sa­je-

ros del ar­ca de Noé. Den­tro del in­men­so bar­co es­ta­ban to­dos los ani­ma­les, me­nos los pe­ces; se ha­bían ne­ga­do a en­trar. En mi sue­ño –di­go mío, pues no cam­bió de ma­nos– el agua era la úni­ca na­tu­ra­le­za. Des­per­té mo­ja­do. Era un sue­ño con mu­cha ac­ti­vi­dad.

En su in­te­rior ha­bía llo­vi­do to­da la no­che, no pa­ra­ba de llo- ver. En un mo­men­to me ani­mé a sa­lir a cu­bier­ta. Pa­ra­do en la proa, igual que Leo­nar­do DiCaprio y Ka­te Wins­let en la pe­lí­cu­la del bar­co que se hun­de, vi el mun­do de ese mo­men­to. Es­ta­ba com­ple­to. Fui la na­tu­ra­le­za vién­do­se al es­pe­jo. Y lo que vi me gus­tó.

Yo, con mi nom­bre y mi pa­sa­do, po­dría ha­ber si­do un ár­bol, una pie­dra, un río lar­go flu­yen­do en me­dio del mar –qué ha­go yo aquí, agua con agua–, un pá­ja­ro que iba pa­ra allá, pe­ro des­pués cam­bia­ba de di­rec­ción. Vi a un cor­mo­rán enor­me de los que exis­ten pri­me­ro en el vo­ca­bu­la­rio. La na­tu­ra­le­za es, an­tes que to­do, el nom­bre que les da­mos a las co­sas que vi­ven en ella.

En el cua­dro El jar­dín de las de­li­cias, de Hie­rony­mus Bosch (1450-1516), el in­fierno es mu­si­cal. La flor ro­ja que vi por pri­me­ra vez en el jar­dín de mi pa­dre no ha­bía ve­ni­do de ahí, sino del cie­lo. Pe­ro igual te­nía mú­si­ca. La acer­qué al oí­do. Es­cu­ché un bo­le­ro, ve­nía de los pé­ta­los, con­ver­ti­dos en blan­do ju­ke­box de si­len­cio­sas emo­cio­nes.

Al día si­guien­te, cuan­do fui a ver­la, la flor te­nía una ma­ri­po­sa pa­ra­da en­ci­ma. Cuan­do que­dó otra vez so­la, me acer­qué a oír, te­nía ga­nas. Pe­ro na­da: la ma­ri­po­sa se ha­bía lle­va­do la mú­si­ca con ella. Aún re­cuer­do el ai­re acús­ti­co de esa ma­ña­na. La tris­te­za se ha­bía ol­vi­da­do de exis­tir y to­do fue rit­mo y ar­mo­nía, luz bri­llan­te tam­bién. So­sie­go en pun­tas de pie. Fue un mo­men­to de cla­ri­dad en el cual la mú­si­ca ayu­da­ba a quien qui­sie­ra.

Qui­se acos­tum­brar­me a ser yo, pe­ro la na­tu­ra­le­za siem­pre es­ta­ba, no de­ja­ba de ser ella: sus se­mi­llas por de­ba­jo, sus plan­tas a la al­tu­ra de las cir­cuns­tan­cias, sus ár­bo­les vien­do vo­lar a los ni­dos. Y la flor aque­lla, con par­ti­tu­ra. Qué ra­ro, hay flo­res con par­tes más sin­fó­ni­cas que otras.

La na­tu­ra­le­za es­tá lle­na de Bach, de Mo­zart, de Beet­ho­ven. A mí me gus­tan las flo­res que sue­nan a De­bussy. Cuan­do mue­ra, en ca­so de que sí, me gus­ta­ría te­ner­las cer­ca. Y que ven­gan to­das, jun­tas, com­ple­tas, so­lo pa­ra mí y, de ser po­si­ble, que suban el vo­lu­men. •

La me­mo­ria de la na­tu­ra­le­za es in­creí­ble. Re­cuer­da con pre­ci­sión dón­de es­tán ca­da uno de sus ár­bo­les, sus ce­dros, sus eucaliptos, sus la­pa­chos

La na­tu­ra­le­za pa­ra mí es el cam­po uru­gua­yo la pri­me­ra vez que lo vi. In­men­so y blan­co des­pués del ro­cío de la fría ma­dru­ga­da. El sur es así

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