La fuer­za es­tá en el equi­po

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Una de las pre­gun­tas que pue­den sur­gir en la pre­via es si se de­ben ver las his­to­rias in­di­vi­dua­les pa­ra en­ten­der The De­fen­ders. Y la ver­dad es que sí. Con so­lo ocho epi­so­dios pa­ra desa­rro­llar su his­to­ria, la se­rie no se to­ma el tiem­po de re­ca­pi­tu­lar ca­da tra­ma y ex­pli­car quié­nes son los per­so­na­jes se­cun­da­rios que apa­re­cen cons­tan­te­men­te des­de el pri­mer ca­pí­tu­lo. The De­fen­ders se ubi­ca pos­te­rior­men­te a los su­ce­sos de Iron Fist, con ca­da uno de los jus­ti­cie­ros en si­tua­cio­nes di­fe­ren­tes. Matt Mur­dock es­tá re­ti­ra­do del com­ba­te con­tra el cri­men, Jes­si­ca Jo­nes si­gue in­ves­ti­gan­do pe­que­ños ca­sos en Alias y Lu­ke Ca­ge aca­ba de sa­lir de pri­sión. El úni­co que si­gue fir­me en su mi­sión de héroe es Danny Rand, que se en­cuen­tra en Asia per­si­guien­do a La Mano. Se­rá en torno a esa bús­que­da de Rand, y a una se­rie de su­ce­sos en Nue­va York, que el gru­po se en­con­tra­rá y de­ci­di­rá luchar de for­ma con­jun­ta. Mien­tras los per­so­na­jes es­tán se­pa­ra­dos, The De­fen­ders es una fiel su­ce­so­ra Los de­fen­so­res y su men­tor, Stick, lis­tos pa­ra luchar.

de las se­ries in­di­vi­dua­les. ¿Por qué? Por­que las his­to­rias más in­tere­san­tes si­guen sien­do las de Mur­dock y Jo­nes, que pre­sen­tan los per­so­na­jes me­nos ca­ri­ca­tu­res­cos y más rea­cios a acep­tar el mo­te de hé­roes, a la vez que li­dian con pro­ble­mas co­mo la cul­pa o su di­fi­cul­tad

pa­ra re­la­cio­nar­se con los de­más. Sin em­bar­go, cuan­do los cua­tro se jun­tan es cuan­do de ver­dad la se­rie se eleva co­mo un pro­duc­to au­tén­ti­co y fres­co. La quí­mi­ca en­tre ellos es es­pe­cial­men­te bue­na, so­bre to­do en­tre Ca­ge y Rand, que pro­ta­go­ni­zan los mo­men­tos más di­ver­ti­dos.

En su es­ti­lo, The De­fen­ders plan­tea una pa­le­ta de co­lo­res es­pe­cial pa­ra ca­da uno de sus pro­ta­go­nis­tas, al­go que per­mi­te di­fe­ren­ciar bien dón­de se desa­rro­llan las his­to­rias. Por su par­te, las se­cuen­cias de pe­lea –ala­ba­das en Da­re­de­vil y va­pu­lea­das en Iron Fist– es­tán co­reo­gra­fia­das de bue­na ma­ne­ra, aun­que sin lle­gar a nin­gu­nos de los ex­tre­mos plan­tea­dos an­te­rior­men­te. The De­fen­ders tie­ne en su vi­lla­na, in­ter­pre­ta­da por Si­gour­ney Wea­ver, otro de sus pun­tos al­tos. Co­mo una de las lí­de­res de La Mano, Wea­ver es re­fi­na­da y ame­na­za­do­ra en par­tes igua­les. Fue una de­ci­sión acer­ta­da desa­rro­llar es­te pro­duc­to de­ri­va­do en so­lo ocho ca­pí­tu­los de ca­si una hora, por­que per­mi­tió pres­cin­dir de una nue­va in­tro­duc­ción pa­ra ca­da per­so­na­je y sal­tar directo a la ac­ción. En ge­ne­ral, la se­rie cumple. Aho­ra so­lo que­da ver có­mo im­pac­ta­rá en las his­to­rias in­di­vi­dua­les de ca­da uno. Y en el fu­tu­ro re­gre­so del equi­po.

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