El in­te­lec­tual más li­bre de su ge­ne­ra­ción

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Ho­mo­se­xual ape­nas di­si­mu­la­do en tiem­pos di­fí­ci­les pa­ra los ho­mo­se­xua­les; noc­tám­bu­lo, im­pun­tual, in­for­mal: era una pre­sen­cia inevitable en los ri­tos de la bohe­mia in­te­lec­tual de en­ton­ces, des­de las pe­ñas en ca­fés, con su esgrima re­tó­ri­ca, has­ta las li­bre­rías y la fe­ria de los do­min­gos en la ca­lle Tris­tán Nar­va­ja.

“Real de Azúa se ani­mó a pen­sar con li­ber­tad”, es­cri­bió el po­li­tó­lo­go Adol­fo Gar­cé en El Ob­ser­va­dor del 12 de ju­lio. “No es fá­cil pa­ra el in­te­lec­tual re­nun­ciar a la tentación del ‘es­pí­ri­tu de sis­te­ma’. Él lo hi­zo. No pen­sa­ba por ‘sis­te­mas’. No mi­ra­ba el mun­do por el ojo de la ce­rra­du­ra de al­gún ma­nual a la mo­da. To­do lo con­tra­rio. No te­nía dog­mas. Tam­po­co li­bros prohi­bi­dos. No te­nía, co­mo buen lec­tor de Ro­dó, nin­gún pro­ble­ma pa­ra cam­biar. No se de­jó nun­ca atra­par en un mol­de. No se enamo­ró de sus ideas. Fue el in­te­lec­tual más ‘pro­tei­co’ de su ge­ne­ra­ción. Por eso mis­mo, se­gu­ra­men­te, fue el más li­bre de to­dos ellos […]. Por eso no tu­vo una vi­da fá­cil. Es más sen­ci­llo, en la po­lí­ti­ca y en la aca­de­mia, ad­he­rir a al­guno de los ban­dos en pug­na”.

Una bio­gra­fía in­te­lec­tual, el li­bro de Va­len­tín Tru­ji­llo, tie­ne al­gu­nos erro­res, a ve­ces re­le­van­tes pe­ro de fá­cil co­rrec­ción en nue­vas edi­cio­nes: cier­tas con­fu­sio­nes en torno a los sis­te­mas crea­dos por las Cons­ti­tu­cio­nes de 1918 y 1952; ca­li­fi­car a Met­hol Fe­rré y Vi­vián Trías co­mo in­te­lec­tua­les de tra­yec­to­ria blan­cohe­rre­ris­ta, lo que es cier­to en el pri­mer caso y erró­neo en el se­gun­do; sos­te­ner que Luis Pe­dro Bo­na­vi­ta y Pa­co Es­pí­no­la in­te­gra­ron el sec­tor Nue­vas Ba­ses, cuan­do am­bos con­tri­bu­ye­ron a crear en 1962 el Fi­del, jun­to al Par­ti­do Co­mu­nis­ta, en com­pe­ten­cia con la UP de En­ri­que Erro y el Par­ti­do So­cia­lis­ta; co­men­tar que Ós­car Ges­ti­do fue el pri­mer ge­ne­ral que go­ber­nó des­de el Mi­li­ta­ris­mo, ol­vi­dan­do a Al­fre­do Bal­do­mir.

En su des­car­go el au­tor po­dría de­cir que la edi­ción de tex­tos de al­to vue­lo hoy es un ar­te perdido: las edi­to­ria­les ayu­dan po­co, pues ca­si to­das han de­bi­do sa­cri­fi­car per­so­nal, tiem­pos y es­tán­da­res de ca­li­dad.

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