El di­se­ño úni­co de Ágat­ha

La es­pa­ño­la Ágat­ha Ruiz de la Pra­da di­se­ñó los tra­jes del nue­vo ba­llet del BNS

El Observador Fin de Semana - Luces - - Portada - PÍA SU­PER­VIE­LLE twit­ter.com/pia­su­per­vie­lle

La mu­jer de los co­ra­zo­nes –en los za­pa­tos, la car­te­ra, la blu­sa–, los la­bios de un ro­jo fu­rio­so y los ojos ma­qui­lla­dos no siem­pre fue así. Du­ran­te la dé­ca­da de 1980, en Madrid, Ágat­ha Ruiz de la Pra­da era una vein­tea­ñe­ra que lle­va­ba el pe­lo cor­tí­si­mo, se pin­ta­ba la ca­ra de blan­co, te­nía una es­té­ti­ca an­dró­gi­na y era al­go así co­mo una ver­sión fe­me­ni­na de Mick Jag­ger.

Eran los años de la mo­vi­da ma­dri­le­ña, la épo­ca pos Fran­co. La ca­pi­tal es­pa­ño­la es­ta­ba en un es­ta­do de ebu­lli­ción úni­co. Ruiz de la Pra­da di­ce hoy, con los ojos nos­tál­gi­cos, que ese era el lu­gar pa­ra es­tar. “Fue un sue­ño vi­vir­lo. Co­mo ha­ber es­ta­do en Pa­rís en los años ’30 o en Nue­va York en los ’70. O ha­ber vi­vi­do en Vie­na en el 1900 cuan­do era la ca­pi­tal cul­tu­ral del mun­do. En­ton­ces, es­tar ahí, en Madrid fue una suer­te. Se vi­vía li­ber­tad, crea­ti­vi­dad, era un mo­men­to má­gi­co”, cuen­ta.

Ágat­ha Ruiz de la Pra­da, la mu­jer de­trás de la mar­ca es­pa­ño­la, dio vi­da a su per­so­na­li­dad crea­ti­va en esos años. Aun­que, di­ce, los co­lo­res y las ar­tes es­tu­vie­ron siem­pre.

Ruiz de la Pra­da –57 años, pre­mio na­cio­nal de Di­se­ño de Mo­da en Es­pa­ña en 2017, enemi­ga de­cla­ra­da del ne­gro pa­ra la ves­ti­men­ta, res­pon­sa­ble del ves­ti­do que usó Mi­ley Cy­rus en los MTV Vi­deo Mu­sic Awards de 2015– aho­ra es­tá sen­ta­da al la­do de la ca­fe­te­ría del Au­di­to­rio Na­cio­nal Ade­la Re­ta.

Lle­gó ha­ce unos días pa­ra ter­mi­nar de afi­nar los de­ta­lles del ves­tua­rio que creó es­pe­cial­men­te pa­ra la pro­duc­ción na­cio­nal de La

be­lla dur­mien­te, la pri­me­ra pues­ta del Ba­llet Na­cio­nal (BNS) en la era de Igor Ye­bra co­mo di­rec­tor ar­tís­ti­co. Es la pri­me­ra vez que di­se­ña pa­ra una pie­za de ar­tes es­cé­ni­cas en América La­ti­na. La idea na­ció en un pro­gra­ma de televisión, en 2016, cuan­do vi­si­tó Uru­guay y co­no­ció a Ju­lio Boc­ca.

La di­se­ña­do­ra re­pi­te, una y otra vez, que quie­re sa­car es­ta pro­duc­ción y lle­var­la a los tea­tros más relevantes del mun­do. Ha­bla de Pa­rís, Nue­va York, Mi­lán.

Sus crea­cio­nes de co­lo­res po­ten­tes y de for­mas es­truc­tu­ra­les se re­pro­du­je­ron en los tra­jes que los bai­la­ri­nes lle­van. En bue­na par­te de los ca­sos el ves­tua­rio re­cu­rre a co­lo­res ple­nos. “Aho­ra es­tán muy de mo­da los ves­ti­dos de un úni­co co­lor. Lo pu­so de mo­da Ba­len­cia­ga, in­clu­so Le­ti­zia Or­tiz el otro día es­ta­ba ves­ti­da to­da de ro­jo”, di­ce. Pe­ro el se­llo del ves­tua­rio de La

be­lla dur­mien­te son las pe­lo­tas –tam­bién muy pro­pias de la crea­do­ra– que inun­dan los dis­tin­tos ves­ti­dos, bo­dies o ca­pas de los ar­tis­tas arri­ba del es­ce­na­rio.

En pleno ro­man­ce con su ves­tua­rio, Ruiz de la Pra­da –siem­pre muy fran­ca y con po­ca pose– cuen­ta que ca­si no pu­do sa­car fo­tos de los bai­la­ri­nes con los tra­jes. “Yo soy muy ins­ta­gra­mer y pen­sa­ba inun­dar mi cuen­ta de bo­li­tas y no pu­de ha­cer­lo. Des­de Es­pa­ña me pi­den fo­tos y no ten­go. Te­mo que no me crean que se­me­jan­te tra­ba­jo lo hi­ce yo”, con­fie­sa.

¿En qué mo­men­to de su ca­rre­ra de­ci­dió em­pe­zar a co­la­bo­rar con las ar­tes es­cé­ni­cas?

Lo ha­go des­de siem­pre. Por­que me en­can­ta ir a es­pec­tácu­los, me chi­fla, me pa­re­ce fun­da­men­tal. De he­cho es­toy un po­co fas­ti­dia­da de ha­ber­me per­di­do el es­treno de Aida en Madrid. Voy a ver si pue­do ir el do­min­go que lle­go. Cuan­do vi­vía­mos en Bar­ce­lo­na, mi fa­mi­lia te­nía un pal­co en el Li­ceu y me acuer­do que na­die que­ría ir, pe­ro yo sí. Mi pa­dre me lle­va­ba tam­bién al Tea­tro Real de Madrid que, en aque­lla épo­ca, se ha­cía más zar­zue­la que ópera. A mis hi­jos, por ejem­plo, los em­pe­cé a lle­var al ba­llet a los dos años.

¿Qué su­ce­de cuan­do ve un ves­ti­do, una fal­da so­bre un es­ce­na­rio? ¿Cuál es la di­fe­ren­cia con el há­bi­tat na­tu­ral de la mo­da que es la pa­sa­re­la?

El mo­vi­mien­to –los sal­tos, los pa­sos, la mez­cla con otros bai­la­ri­nes­nun­ca te lo da la pa­sa­re­la. Ade­más en los des­fi­les lo que su­ce­de es que ves tus di­se­ños en una televisión en el backs­ta­ge. Yo de­bo ha­cer en­tre 600 y 700 des­fi­les en mi vi­da y de­bo ha­ber vis­to en pri­me­ra fi­la so­lo dos. A La be­lla dur­mien­te ya la vi dos ve­ces. La pri­me­ra vez so­lo pres­té aten­ción a los tra­jes. La se­gun­da vi mi­les de co­sas que no ha­bía vis­to en la pri­me­ra opor­tu­ni­dad. Y el día del es­treno si no es­toy llo­ran­do to­da la no­che, se­gu­ro veo más de­ta­lles. Ese ni­vel de emo­ción es mu­cho me­nor en un des­fi­le.

Sus crea­cio­nes de mo­da, de he­cho, sue­len te­ner al­go de tea­tral.

Creo que he na­ci­do pa­ra ha­cer ves­tua­rio de ópera y ba­llet. Creo que he he­cho me­nos ves­tua­rios de los que de­be­ría. Pa­ra mí es­te ves­tua­rio ha que­da­do re­don­do. Yo he na­ci­do pa­ra ha­cer es­ta be­lla dur­mien­te.

Ju­lio Boc­ca, ex­di­rec­tor del Ba­llet Na­cio­nal del So­dre, le ofre­ció ha­ce unos años que hi­cie­ra el ves­tua­rio de es­ta obra. ¿Có­mo es la his­to­ria?

Lo co­no­cí a Ju­lio en un pro­gra­ma de televisión (Pu­glia in­vi­ta) y em­pe­za­mos: “Có­mo me gus­ta tu tra­ba­jo”, “A mí el tu­yo”, “A ver cuán­do ha­ce­mos al­go jun­tos”. Y así me di­jo: “¿Por qué no ha­ce­mos La

be­lla dur­mien­te?”. Por mo­men­tos pen­sé que no lo íba­mos a lo­grar. Cuan­do vi­ne a ver Romeo y Ju­lie­ta y des­pués vi en Madrid Cop­pé­lia en­con­tré que era una com­pa­ñía muy clá­si­ca. Boc­ca es un ge­nio, un ar­tis­ta to­tal, pe­ro es muy clá­si­co. Y ese ves­tua­rio no lo es. En­ton­ces pen­sé que se po­día asus­tar, pe­ro co­mo él es un hom­bre de pa­la­bra lo hi­ci­mos. Creo que es­te ves­tua­rio ayu­da mu­chí­si­mo a que la obra sea más rá­pi­da, a que no te abu­rras nun­ca. Por lo me­nos pa­ra mí. Ha­ce tiem­po que no dis­fru­ta­ba tan­to un es­pec­tácu­lo.

Siem­pre se dis­cu­te mu­cho so­bre el víncu­lo en­tre la mo­da y las ar­tes. Des­de ha­ce dé­ca­das la mo­da in­gre­sa a los mu­seos más pres­ti­gio­sos del mun­do y un tra­je de Va­len­tino se ex­hi­be co­mo una obra de ar­te igual que una de Pi­cas­so. ¿Cuál es su opi­nión so­bre esa re­la­ción en­tre am­bas dis­ci­pli­nas?

He si­do pio­ne­ra. Mi pa­dre era co­lec­cio­nis­ta. Cuan­do yo em­pe­cé, en mi fa­mi­lia no ha­bía nin­gu­na re­la­ción con lo tex­til. En­ton­ces va­rias de mis pri­me­ras pre­sen­ta­cio­nes fue­ron en ga­le­rías de ar­te. En el 2015 hi­ce 15 ex­po­si­cio­nes in­di­vi­dua­les y 30 co­lec­ti­vas. Siem­pre es­toy muy me­ti­da en los mu­seos, ten­go una fun­da­ción pa­ra guar­dar mis tra­jes.

¿Cuá­les son esos tra­jes de los que no se que­rría des­pren­der ja­más?

Pa­só al­go y es que cuan­do lle­gué a Uru­guay me en­con­tré con Fran­ces­co Ven­tri­glia, el ad­jun­to de Ye­bra, con el que ha­bía tra­ba­ja­do ha­ce años en Flo­ren­cia. Él creó una co­reo­gra­fía y un di­se­ño mío ter­mi­nó allí, no sé bien có­mo, era un tra­je que ha­bía da­do mu­chas vuel­tas y se ve que nos lo pi­die­ron. Y aho­ra me di­jo: “Aquel tra­je ro­jo, lar­go, lo ten­go yo”. Lo que so­bra de to­do lo que ven­de­mos y pres­ta­mos me lo que­do yo. Cuan­do ha­go mis des­fi­les ten­go una ami­ga mía que siem­pre se eli­ge los tres me­jo­res di­se­ños. Así que yo me que­do con el que no quie­re na­die y so­bró de las re­ba­jas. Pe­ro así lo pre­fie­ro. Que mis crea­cio­nes las use una mu­jer co­jo­nu­da o que es­té en la ópera tal o en un mu­seo.

¿Con qué se que­da­ría de La be­lla dur­mien­te?

Con la rei­na, sin du­dar­lo. Es el más bo­ni­to. Pe­ro son muy se­xies los tu­tús. Han que­da­do sú­per Ágat­ha y tie­nen un mo­vi­mien­to ex­tra­or­di­na­rio. Tam­bién me gus­ta el del car­de­nal y los mo­na­gui­llos.

BNS C. DOS SAN­TOS

Al­gu­nos de los tra­jes que Ágat­ha Ruiz de la Pra­da di­se­ñó pa­ra el Ba­llet Na­cio­nal del So­dre.

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