No to­do en la vi­da son ma­ra­to­nes

En una épo­ca don­de las ma­ra­to­nes ri­gen la te­le­vi­sión por strea­ming, al­gu­nas se­ries se re­sis­ten a la ten­den­cia y pro­po­nen un ti­po de con­su­mo más pau­sa­do

El Observador Fin de Semana - Luces - - Portada -

Uno. Dos. Tres ca­pí­tu­los. Cua­tro. Uno más. Ya van cin­co. ¿Por qué no seis? To­tal, la tar­de ya se fue. Tra­gar, tra­gar, un epi­so­dio atrás del otro, atra­gan­tar­se de tra­mas, per­so­na­jes, his­to­rias que se di­gie­ren con fa­ci­li­dad, que siem­pre de­jan es­pa­cio pa­ra uno más. Que­da uno, so­lo uno. Y le echa­mos la cul­pa a Net­flix. Él es quien en­gan­cha los ca­pí­tu­los, quien di­ce que aho­ra que se ter­mi­nó una se­rie, se pue­de ver es­ta otra que es pa­re­ci­da. Que si es­tos 13 ca­pí­tu­los se li­qui­da­ron en dos días, es­tos otros 10 se pue­den li­qui­dar en uno. La cues­tión es, al fi­nal, con­su­mir. Tra­gar, dis­fru­tar y ol­vi­dar. Cli­quear, dar­le al play, pan­ta­lla com­ple­ta y con­su­mir. Uno, dos, tres, cua­tro y así has­ta el fi­nal. Y des­pués, em­pe­zar de nue­vo.

El strea­ming lle­gó pa­ra pro­po­ner otra for­ma de ver te­le­vi­sión y pa­ra re­vo­lu­cio­nar las cos­tum­bres ya in­trín­se­cas del te­le­vi­den­te pro­me­dio. Esa que, por ejem­plo, man­te­nía a los es­pec­ta­do­res ex­pec­tan­tes se­ma­na a se­ma­na pa­ra po­der ser tes­ti­gos en vi­vo del desen­la­ce de esa his­to­ria que que­dó in­con­clu­sa des­de el ca­pí­tu­lo an­te­rior. La es­pe­ra, el an­sia que co­mía ca­be­za du­ran­te sie­te días, se di­lu­yó cuan­do una pla­ta­for­ma en par­ti­cu­lar co­men­zó a vo­mi­tar tem­po­ra­das de ma­ne­ra com­ple­ta. Y con eso, cam­bió

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las re­glas de jue­go.

Cuan­do el es­pec­ta­dor se qui­so acor­dar, la an­sie­dad pa­só a un ni­vel su­pe­rior. Es­pe­rar se­ma­na a se­ma­na ya no era una tor­tu­ra, era he­ré­ti­co. In­clu­so, el te­le­vi­den­te pro­me­dio se acos­tum­bró tan­to a no es­pe­rar, que los 15 se­gun­dos de dis­tan­cia en­tre ca­pí­tu­lo se vol­vie­ron in­có­mo­dos, inex­pli­ca­ble­men­te inú­ti­les. Ar­cai­cos. Y to­do fue aún más le­jos cuan­do otro bo­tón mi­la­gro­so per­mi­tió ade­lan­tar los tí­tu­los de aper­tu­ra.

Hoy, en ge­ne­ral, ri­ge la cul­tu­ra del ma­ra­tón. Lo que más ven­de es lo que se mi­ra más rápido, lo que se pue­da con­su­mir de la for­ma más li­ge­ra po­si­ble. Con Net­flix y su cul­to al ma­ra­tón a la ca­be­za, es­ta ma­ne­ra de ver se­ries se adue­ñó de va­rios tro­zos de la tor­ta que re­pre­sen­tan los es­pec­ta­do­res. Nar­cos, Stran­ger Things, La ca­sa de pa­pel, El mar­gi­nal, Mer­lí, Hou­se of Cards, El me­ca­nis­mo, to­das ellas se ins­cri­ben en una ca­te­go­ría que in­clu­so tie­ne su pro­pio apar­ta­do den­tro de la pla­ta­for­ma ro­ja.

Y si bien ca­da per­so­na es li­bre de dis­po­ner de su tiem­po co­mo pre­fie­ra, los pro­ble­mas apa­re­cen cuan­do el “quie­ro ha­cer­lo” se trans­for­ma en un “ten­go que ha­cer­lo”. Cuan­do la di­ver­sión se trans­for­ma en ob­se­sión. Y cla­ro, cuan­do se pa­san ho­ras y ho­ras fren­te a una pan­ta­lla sin mo­ver­se y el cuer­po em­pie­za a sen­tir­lo. Se­gún un es­tu­dio pu­bli­ca­do por Jour­nal of Cli­ni­cal Sleep Me­di­ci­ne, cuan­tos más lar­gos son los ma­ra­to­nes de se­ries, peor es la ca­li­dad del sue­ño, se pa­de­cen más sín­to­mas aso­cia­dos al in­som­nio y ma­yor es la fa­ti­ga al día si­guien­te. Co­mo si fue­ra co­mi­da o al­cohol, el atra­cón de se­ries tam­po­co pa­re­ce traer bue­nas re­per­cu­sio­nes.

Pe­ro to­da­vía hay otro mundo, uno en el que las se­ries –más allá de su emi­sión se­ma­nal– es­tán pen­sa­das pa­ra ver de a un ca­pí­tu­lo. A lo su­mo, de a dos. Son pro­gra­mas que re­quie­ren ma­yor con­cen­tra­ción, aten­ción a sus de­ta­lles, o bien la ex­ten­sión de sus epi­so­dios ra­ya la du­ra­ción de una pe­lí­cu­la o su rit­mo es de­ma­sia­do “len­to” pa­ra los es­tán­da­res fre­né­ti­cos de la ac­tua­li­dad. Es­te ti­po de pro­duc­cio­nes tam­bién exis­ten en Net­flix, y, en es­pe­cial, en ser­vi­cios y pro­duc­to­ras co­mo HBO o Fox. (Pro­duc­ción: Ema­nuel Bre­mer­mann). •

Hoy, en ge­ne­ral, ri­ge la cul­tu­ra del ma­ra­tón. Lo que más ven­de es lo que se mi­ra más rápido

Net­flix se adue­ñó, tam­bién, de los ho­ga­res uru­gua­yos

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