Im­pres­cin­di­bles de Pra­ga

La ca­pi­tal de Re­pú­bli­ca Che­ca es una jo­ya eu­ro­pea a la que hay que des­ti­nar dos o tres días pa­ra co­no­cer sus zo­nas más atrac­ti­vas

El Observador Fin de Semana - Lugares - - Portada -

Es uno de los po­cos lu- ga­res so­bre los que tan­ta gen­te coin­ci­de en un con­cep­to: es una de las ciu­da­des más lin­das del mun­do. ¿Qué tie­ne Pra­ga que enamo­ra a to­dos por igual? Sea por su au­ra ro­mán­ti­ca, por su be­lle­za de cuen­to de ha­das o por sus her­mo­sas e in­tere­san­tes atrac­cio­nes, la ca­pi­tal de Re­pú­bli­ca Che­ca siem­pre da que ha­blar, y es una de las ciu­da­des que de­ben co­no­cer­se en Eu­ro­pa.

Ade­más de be­lla, es sen­ci­lla de re­co­rrer por­que sus pun­tos de ma­yor atrac­ti­vo tu­rís­ti­co es­tán con­cen­tra­dos. De to­das ma­ne­ras, es bueno te­ner cla­ro cuá­les son, e in­clu­so no es­tá mal ha­cer un city tour o com­prar un bo­le­to en los óm­ni­bus do­ble pi­so que per­mi­ten ir su­bien­do y ba­jan­do (hop on hop off), se apro­ve­cha el tiem­po y se es­cu­cha la au­dio­guía en el idio­ma desea­do.

Pa­ra co­no­cer lo bá­si­co de Pra­ga es ne­ce­sa­rio al me­nos des­ti­nar dos días en­te­ros, y si se pue­de tres, mu­cho me­jor. Es­tos son los im­pres­cin­di­bles de Pra­ga.

Sta­re Mes­to

Con ese nom­bre que sue­na fuer­te y ru­do se lla­ma al cen­tro his­tó­ri­co, la zo­na más con­cu­rri­da, con sus pea­to­na­les, y es­tre­chas y be- llas ca­lle­ci­tas que con­du­cen a la pla­za de la ciu­dad vie­ja. Es el cen­tro neu­rál­gi­co y pun­to de par­ti­da.

La zo­na co­men­zó a for­mar­se du­ran­te el si­glo XI, cuan­do los ha­bi­tan­tes ini­cia­ron su ex­pan­sión al es­te del río Mol­da­va, se asen­ta­ron y crea­ron la ciu­dad vie­ja (Sta­ré Měs­to), que hoy en día es la par­te más tu­rís­ti­ca de Pra­ga.

La ro­dean mo­nu­men­tos de gran por­te, co­mo el an­ti­guo Ayun­ta­mien­to, con su maravilloso re­loj as­tro­nó­mi­co (co­no­ci­do co­mo el más bo­ni­to del mun­do), y el Tem­plo de Tyn, la igle­sia más im­por­tan­te del área. De es­ti­lo ba­rro­co tar­dío, es una obra im­pre­sio­nan­te del si­glo XIII. Las to­rres del Tem­plo de Tyn du­ran­te el día se ven

ma­jes­tuo­sas, pe­ro hay que vol­ver por la no­che a la pla­za pa­ra ver­las ilu­mi­na­das por­que es un gran es­pec­tácu­lo. En su in­te­rior se guar­da una pi­la bau­tis­mal de pel­tre de 1414, la más an­ti­gua de la ciu­dad.

Otro de los em­ble­mas de la ciu­dad es, sin du­da, el puen­te Carlos, que une Sta­ré Měs­to con otro de los pun­tos de in­te­rés: Ma­lá Stra­na (la ciu­dad pe­que­ña). El puen­te de Carlos es una ma­ra­vi­lla ar­qui­tec­tó­ni­ca dig­na de ad­mi­ra­ción, pe­ro ade­más po­see una de las pa­no­rá­mi­cas más be­llas de la ciu­dad y es uno de los lu­ga­res más ro­mán­ti­cos don­de fo­to­gra­fiar­se. La ciu­dad vie­ja es pu­ra ins­pi­ra­ción, ya sea a pie, to­mán­do­se el tiem­po ne­ce­sa­rio pa­ra co­no­cer­la, o su­bién­do­se a un tran­vía y dar un pa­seo.

No­ve Mes­to

La ciu­dad nue­va (No­vé Měs­to) es mu­cho más an­ti­gua de lo que uno pue­de pen­sar por su nom­bre: fue fun­da­da en 1348 por Carlos IV.

En sus ini­cios fue pla­ni­fi­ca­da al­re­de­dor de tres gran­des mer­ca­dos: el de heno, el de ga­na­do y el de ca­ba­llos. La pla­za cla­ve en es­ta zo­na es Wen­ces­lao, re­ple­ta de tien­das, ho­te­les y co­mer­cios, aun­que no se pue­de ol­vi­dar que en 1989 se ini­ció aquí la Re­vo­lu­ción de Ter­cio­pe­lo, con la pos­te­rior caí­da del ré­gi­men co­mu­nis­ta.

Otros pun­tos de in­te­rés en la ciu­dad nue­va son la Ca­sa Mu­ni­ci­pal y la Torre de la Pól­vo­ra, lla­ma­da así por­que en su pa­sa­do se uti­li­za­ba co­mo de­pó­si­to de ese ma­te­rial; tie­ne una de las vis­tas más im­pre­sio­nan­tes de la ciu­dad.

El Mu­seo Na­cio­nal, en tan­to, es un edi­fi­cio que im­pac­ta y de los más re­pre­sen­ta­ti­vos e im­por­tan­tes de la ca­pi­tal che­ca. De es­ti­lo neo­rre­na­cen­tis­ta, fue cons­trui­do en­tre 1885 y 1891 por Jo­sef Schulz.

Por el mis­mo ar­qui­tec­to fue pen­sa­da y cons­trui­da la Ope­ra Es­ta­tal, en la que ca­si to­dos los días se ofre­cen es­pec­tácu­los de ópe­ra o ba­llet, y por una mó­di­ca su­ma (des­de unos € 4) se pue­de ver un es­pec­tácu­lo de gran ca­li­dad.

No hay que per­der­se, so­bre to­do a quie­nes le in­tere­se la historia re­cien­te, el Mu­seo del Co­mu­nis­mo. En él se na­rran los años del ré­gi­men en Che­cos­lo­va­quia, des­de la im­plan­ta­ción del mo­de­lo po­lí­ti­co en 1948 has­ta su caí­da en 1990. El re­co­rri­do se di­vi­de en seis sec­cio­nes (los orí­ge­nes, el sue­ño, la reali­dad, la pe­sa­di­lla, los per­so­na­jes his­tó­ri­cos y la Re­vo­lu­ción de Ter­cio­pe­lo), en el que se pue­de co­no­cer de ma­ne­ra muy com­ple­ta to­do lo que su­ce­dió al res­pec­to en Pra­ga, des­de lo que se vi­vía a dia­rio has­ta los ins­tru­men­tos y he­rra­mien­tas que se uti­li­za­ron pa­ra la pro­pa­gan­da po­lí­ti­ca y la cen­su­ra. Es­tá muy bien na­rra­do y en cas­te­llano.

Ma­la Stra­na

Es­te ba­rrio es otro de los im­pres­cin­di­bles de Pra­ga. Por la ca­lle Ne­ru­do­va se pue­de su­bir a una de las gran­des atrac­cio­nes de la ciu­dad: el Cas­ti­llo de Pra­ga. Es el más gran­de del mun­do de su ti­po, den­tro del cual se en­cuen­tra no so­lo el pa­la­cio del rey, sino el con­ven­to y la ba­sí­li­ca de San Jor­ge, la torre blan­ca, la ne­gra, el ca­lle­jón de Oro y la Ca­te­dral de San Vi­to. Es un gran com­ple­jo for­ti­fi­ca­do.

Jun­to al Cas­ti­llo de Pra­ga hay una pe­que­ña área que va­le la pe­na co­no­cer y que to­da­vía no es muy mul­ti­tu­di­na­ria de tu­ris­tas, se lla­ma Novy Svet, una ca­lle­ci­ta con ca­si­tas de en­sue­ño y don­de se pue­de to­mar un ca­fé en Novy Svet Ca­fé.

La Ca­te­dral de San Vi­to es uno de los sím­bo­los de la ciu­dad y la igle­sia gó­ti­ca más gran­de e im­pre­sio­nan­te del país. El ca­lle­jón de Oro, por su par­te, es otro de los pa­sa­jes fa­mo­sos y di­cen que de­be su nom­bre a los or­fe­bres que tra­ba­ja­ban en ese lu­gar; hoy se pue­de dis­fru­tar de un show de ma­rio­ne­tas o dis­traer­se com­pran­do su­ve­ni­res.

Por úl­ti­mo, uno de los pun­tos de ma­yor aten­ción es la ca­sa don­de Franz Kaf­ka vi­vió par­te de su vi­da. Al­gu­nos di­cen que na­ció en esa ca­sa, otras teo­rías se­ña­lan que so­lo la ocu­pó unos años. Pe­ro la mís­ti­ca exis­te igual.

A. RVD - FLICKR

EL TU­RIS­TA AC­CI­DEN­TAL

La ca­sa “dan­zan­te de­rre­ti­da” del icó­ni­co Frank Gehry.

Gas­tro­no­mía. Kar­lin Dis­trict es una de las zo­nas a vi­si­tar pa­ra quie­nes bus­can dis­fru­tar de la co­mi­da en la ciu­dad, y allí el Es­ka –un res­tau­ran­te y pa­na­de­ría or­gá­ni­ca de ins­pi­ra­ción es­can­di­na­va– es uno de los recomendados.

Jo­se­fov. Es­te ba­rrio de ori­gen ju­dío al­ber­ga las fa­mo­sas seis si­na­go­gas: Klau­sen, Al­ta, Es­pa­ño­la, Pin­kas, Mai­sel y Vie­ja-Nue­va, y el mo­nas­te­rio de San­ta Inés.

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