LOS CA­YOS

El Observador Fin de Semana - Lugares - - En Tránsito -

Ca­yo Lar­go fue el es­ce­na­rio y el nom­bre de la úl­ti­ma pe­lí­cu­la de Humph­rey Bo­gart y Lau­ren Ba­call jun­tos. El fan­tas­ma de Bo­gey se re­ti­ró aquí, qui­zá pa­ra be­ber una cerveza en el Ca­rib­bean Club, el “re­ti­ro del hom­bre po­bre” que abrió en 1938 y fue usa­do co­mo lo­ca­ción pa­ra la cin­ta. A me­dia mañana, es una mez­cla de mo­to­ci­clis­tas, pes­ca­do­res de piel cur­ti­da y dos ti­pos que tie­nen la apa­rien­cia de es­tar hos­pe­dán­do­se en el Club de Ya­tes, con sus pla­ye­ras de Vi­ne­yard Vi­nes que ha­cen jue­go con su piel ro­sa­da. Mien­tras con­duz­co por Los Ca­yos, pa­so de una is­la a otra, así co­mo por el fa­mo­so puen­te Se­ven Mi­le. Lle­go has­ta Ca­yo Hue­so y me de­ten­go en un bun­ga­ló. Me re­ci­be Mark Strai­ton, a quien co­noz­co co­mo Cow­boy Mark, un ami­go de ha­ce años en Man­hat­tan. Nos de­te­ne­mos en Mary Ellen’s, un bar de­por­ti­vo del ba­rrio con una her­mo­sa co­lec­ción de la­tas de cerveza clá­si­cas mon­ta­da en la pared co­mo una ex­hi­bi­ción de mu­seo y un me­nú que se jac­ta de te­ner “las mejores pa­pas fri­tas de la ciu­dad”, con lo cual real­men­te no pue­do dis­cu­tir. Es al­re­de­dor de la una de la tar­de, y se nos unen cin­co per­so­nas más en el bar. Cuan­do les pre­gun­to si han es­ta­do en mi des­tino prin­ci­pal, la ca­sa de Er­nest He­ming­way, una de ellas me di­ce que su no­vio la hi­zo ir, y que ella que­dó en­can­ta­da con los ga­tos. Des­pués de una vi­si­ta a los ga­tos en la ca­sa de He­ming­way, don­de los más de 20 ani­ma­les de seis de­dos son ver­da­de­ra­men­te una atrac­ción tan gran­de co­mo la pro­pia ca­sa del ga­na­dor del Pre­mio No­bel, ter­mi­na­mos to­man­do una cerveza en un lu­gar lleno de tu­ris­tas. An­tes de des­pe­dir­me de Mark, con­si­de­ro pre­gun­tar­le si al­gu­na vez pien­sa en re­gre­sar a la ciu­dad de Nue­va York, pe­ro no lo ha­go. Lo ex­tra­ño, pe­ro tam­bién me doy cuen­ta de que él se ve co­mo si hu­bie­ra en­con­tra­do cier­ta paz, co­mo si fue­ra más fe­liz. ¿Por qué que­rría ir­se?

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