El bri­llo de Los Án­ge­les

Es una de las ciu­da­des más em­ble­má­ti­cas de Es­ta­dos Uni­dos. Al atrac­ti­vo irre­sis­ti­ble de la in­dus­tria ci­ne­ma­to­grá­fi­ca se agre­gan pla­yas, sol, tien­das y bue­na co­mi­da

El Observador Fin de Semana - Lugares - - Portada -

Es sa­bi­do que el nom­bre de Los Án­ge­les es­tá es­tre­cha­men­te vin­cu­la­do a la in­dus­tria del ci­ne. Y ha­cia eso apun­ta la ma­yo­ría de los tours que la re­co­rren e in­vi­tan a co­no­cer­la. Sin em­bar­go, la ciu­dad ofre­ce mu­chas otras alternativas tu­rís­ti­cas de­bi­do a su gran ri­que­za cul­tu­ral, ade­más de pai­sa­jes y pla­yas de en­sue­ño.

Es na­tu­ral que quie­nes la vi­si­ten lle­guen atraí­dos por el can­to de si­re­na de la in­dus­tria ci­ne­ma­to­grá­fi­ca. En ese sen­ti­do, Holly­wood es uno de los ma­yo­res cen­tros tu­rís­ti­cos. Me­ca del ci­ne mundial, in­vi­ta a acer­car­se a las pro­pias na­ri­ces del am­bien­te en el que se mue­ven las es­tre­llas más ad­mi­ra­das. Si bien se tra­ta ape­nas de una lo­ca­li­dad de Los Án­ge­les, es in­ne­ga­ble su irre­sis­ti­ble mag- ne­tis­mo tu­rís­ti­co, que co­mien­za con su le­gen­da­rio car­tel blan­co en la co­li­na. Al­re­de­dor de 1910 las pro­duc­to­ras de ci­ne em­pe­za­ron a ins­ta­lar­se allí y su cre­ci­mien­to sos­te­ni­do du­ran­te dé­ca­das la trans­for­mó en el epi­cen­tro de la in­dus­tria. Hay que lle­gar has­ta el Pa­seo de la Fa­ma, la ave­ni­da de Holly­wood co­no­ci­da por ser la zo­na don­de las gran­des es­tre­llas de­ja­ron y de­jan su hue­lla. La tra­di­ción co­men­zó en 1958 y hoy su­ma más de 2.000 hue­llas, en­tre las que se en­cuen­tran al­gu­nas muy cu­rio­sas, co­mo las de Tom y Jerry, Los Sim­pson o Los Pi­ca­pie­dras.

En la mis­ma lí­nea, de­be ha­cer­se una pa­ra­da obli­ga­to­ria en el 1660 de la ave­ni­da North High­land. Allí es­tá el Mu­seo de His­to­ria de Holly­wood, que ofre­ce una im­pac­tan­te can­ti­dad de ob­je­tos de va­rias de las pe­lí­cu­las que se hi­cie­ron en la ciu­dad. Hay des­de decorados has­ta ves­ti­dos, mu­chos de ellos ya le­gen­da­rios. Uni­ver­sal Stu­dios, uno de los lu­ga­res que más vi­si­tan­tes re­ci­be, es mi­tad es­tu­dio y mi­tad par­que de atrac­cio­nes, con escenarios que des­te­llan efec­tos es­pe­cia­les y que

in­clu­ye un tren que lo re­co­rre. A es­to se pue­de agre­gar un tour a pie por los tea­tros y escenarios más po­pu­la­res.

En Be­verly Hill se pue­den re­co­rrer en mi­ni­bús –unos 15 mi­nu­tos de via­je– las ave­ni­das so­bre las que se ubi­can las prin­ci­pa­les man­sio­nes de Holly­wood. Se pa­sa fren­te a las ca­sas de Tom Crui­se o Ri­chard Ge­re. In­clu­so es po­si­ble vi­si­tar War­ner Brot­hers, una de las pro­duc­to­ras más im­por­tan­tes del mun­do. Allí se rue­dan las pe­lí­cu­las y los pro­gra­mas de te­le­vi­sión más po­pu­la­res, y vi­si­tar­lo per­mi­te un re­co­rri­do por “la co­ci­na” de la in­dus­tria.

Si se op­ta por vi­si­tar el Down­town de Los Án­ge­les, se po­drá vi­vir la dis­fru­ta­ble ex­pe­rien­cia de tran­si­tar en­tre sus ras­ca­cie­los. En­tre otras ma­ra­vi­llas de­be ano­tar­se su cen­tro cí­vi­co, que es el pun­to de ma­yor ebu­lli­ción de la ciu­dad. O el Walt Dis­ney Con­cert Hall, que es la cuar­ta sa­la de con­cier­tos de Los Án­ge­les. Tie­ne un afo­ro de más de 2.000 per­so­nas y es, en­tre otras co­sas, la se­de de la Or­ques­ta Fi­lar­mó­ni­ca de Los Án­ge­les.

Más allá del ci­ne

La mag­ní­fi­ca Los Án­ge­les no so­lo es ci­ne. Es por eso que otros de los si­tios fun­da­men­ta­les a vi­si­tar son Little Tok­yo y Chi­na­town. El pri­me­ro, co­mo su nom­bre lo in­di­ca, es el ba­rrio ja­po­nés, iden­ti­fi­ca­do con los res­tau­ran­tes y la es­té­ti­ca ja­po­ne­sa. Chi­na­town, por su par­te, es uno de los ba­rrios más ca­rac­te­rís­ti­cos de Los Án­ge­les. Ade­más de sus tem­plos, pla­zas y mu­seos se de­be re­co­rrer Olvera Street, la ca­lle más an­ti­gua de la ciu­dad. Si ha­bla­mos de ba­rrios, no de­be­mos sal­tear­nos una vi­si­ta a The Gro­ve, una dis­tin­gui­da zo­na co­mer­cial, que es co­mo re­gre­sar al si­glo XX. Ca­rac­te­ri­za­do por sus pla­zas pe­que­ñas y gran­des ave­ni­das de be­lle­za sin igual, las tien­das de sus al­re­de­do­res re­pre­sen­tan las an­ti­guas ca­sas ame­ri­ca­nas. Su cen­tro co­mer­cial va al­ter­nan­do dis­tin­tas de­co­ra­cio­nes por ca­da épo­ca del año. Hay allí una fuente ma­jes­tuo­sa que dan­za al rit­mo de la mú­si­ca y que reúne a su al­re­de­dor a mi­les de tu­ris­tas pa­ra la in­fal­ta­ble sel­fi.

Quie­nes dis­fru­tan de ac­ti­vi- da­des al ai­re li­bre tam­bién tie- nen ase­gu­ra­da una ex­pe­rien­cia úni­ca. Por ejem­plo, Man­hat­tan Beach, que no so­lo es si­nó­ni­mo de sol y are­na, sino una zo­na de pla­ya ideal pa­ra lle­var ade­lan­te los le­gen­da­rios de­por­tes náu­ti­cos ca­li­for­nia­nos. Surf y olas que se agre­gan a un en­torno que se ca­rac­te­ri­za por au­tos lu­jo­sos y pa­seos ma­rí­ti­mos. Man­hat­tan Beach ofre­ce no so­lo la po­si­bi­li­dad de prac­ti­car surf, boo­gie boar­ding o vó­lei­bol, sino que brin­da la ex­pe­rien­cia úni­ca de ver caer el sol so­bre el Pa­cí­fi­co, en un am­bien­te de ele­gan­cia.

Otra op­ción es dis­fru­tar de la be­lle­za na­tu­ral de San­ta Mónica. Los tu­ris­tas sue­len no so­lo dis­fru­tar de sus blan­cas are­nas sino su mue­lle ca­rac­te­rís­ti­co. Tam­bién del par­que de fe­ria Pa­ci­fic Park, un se­llo de dis­tin­ción de la zo­na, o qui­zá Ocean Ave­nue, si­tio de ar­tis­tas ca­lle­je­ros, ac­tua­cio­nes y pa­seos en pa­ti­nes. Co­mo op­ción adi­cio­nal, al­gu­nos pre­fie­ren ba­ñar­se en Ve­ni­ce Beach. Aun­que, si se ha­bla de pla­yas, la ci­ta obli­ga­da es Ma­li­bú, que ofre­ce un me­nú am­plio de ac­ti­vi­da­des. No so­lo es el lu­gar más vi­si­ta­do por las má­xi­mas es­tre­llas, sino que pue­de op­tar­se por pa­seos en fa­mi­lia, ci­tas ro­mán­ti­cas pa­ra enamo­ra­dos, en­cuen­tros de ami­gos y aguas agi­ta­das pa­ra los sur­fis­tas. Su cli­ma cá­li­do y agra­da­ble, ki­ló­me­tros de pla­yas, en­tre­te­ni­mien­to y un en­torno na­tu­ral úni­co la ha­cen la pre­fe­ri­da de los vi­si­tan­tes. Mu­chos eli­gen lle­gar has­ta ella por la ruta que une Los Án­ge­les con Ma­li­bú, so­bre to­do por­que per­mi­te dis­fru­tar de vis­tas de en­can­to. Ma­li­bú se dis­fru­ta ade­más por los mon­tes, mez­cla de mon­ta­ñas y pla­yas, que la ro­dean.

Los Án­ge­les tie­ne es­pa­cio tam­bién pa­ra el ar­te. El MO­CA (Mu­seo de Ar­te Con­tem­po­rá­neo de Los Án­ge­les) es la se­gun­da ga­le­ría de ar­te más im­por­tan­te de Es­ta­dos Uni­dos y en­tre una enor­me va­rie­dad de obras se pue­den dis­fru­tar de tra­ba­jos de Jack­son Po­llock, Frank Ste­lla o Ed­ward Rus­cha. O el Brea Tar Pits, el cu­rio­so mu­seo que mues­tra el al­qui­trán que por más de 40 mil años se fil­tró por la tie­rra. En­tre sus ma­yo­res atrac­ti­vos, se pue­de ver un sin­gu­lar po­zo de pe­tró­leo y una enor­me co­lec­ción de fó­si­les que in­clu­ye una gran va­rie­dad de fau­na. Por su par­te, la Ca­te­dral de Cris­tal, en el con­da­do de Oran­ge, es sin du­das una de las igle­sias más im­pre­sio­nan­tes del mun­do. Su fan­tás­ti­ca cons­truc­ción de cris­tal es­tá ro­dea­da de jar­di­nes am­plios que le dan un ai­re de fan­ta­sía. El Ob­ser­va­to­rio Grif­fith per­mi­te apre­ciar la ciu­dad des­de las al­tu­ras. Si­tua­do jus­to en­ci­ma de una co­li­na, al sur de Holly­wood, per­mi­te ver la in­creí­ble ex­ten­sión de la ciu­dad de Los Án­ge­les y es una gran zo­na ver­de y apa­ci­ble.

Los Án­ge­les es la me­ca del ci­ne y es­tá aso­cia­da a las es­tre­llas de Holly­wood, pe­ro ofre­ce a los via­je­ros mu­chas otras alternativas in­tere­san­tes

SLICES OF LIGHT - FLICKR

Walt Dis­ney Con­cert Hall.

MAR­TIN DE WITTE - FLICKR

La estrella de Los Sim­pson.

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