La len­ta ago­nía de las es­cue­las ru­ra­les

En la úl­ti­ma dé­ca­da ce­rra­ron en pro­me­dio cin­co es­cue­las ru­ra­les por año de­bi­do a la caí­da de la po­bla­ción en esas zo­nas; hay 24 cen­tros con un úni­co alumno

El Observador Fin de Semana - - Portada - SE­BAS­TIÁN PANZL twit­ter.com/spanzl

La historia de Hi­la­rio Cae­tano ha­bla mu­cho de aquel Uru­guay de fi­nes de la dé­ca­da de 1920. Ese hom­bre, que no era maes­tro, se las in­ge­nia­ba pa­ra en­se­ñar­les a los ni­ños de la zo­na a leer, a es­cri­bir y a ha­cer cuen­tas. Aque­lla vie­ja es­cue­la que él mis­mo cons­tru­yó so­bre­vi­vió va­rias dé­ca­das has­ta que fi­nal­men­te ce­rró sus puer­tas es­te año.

Ha­ce po­cos días, el bis­nie­to de Cae­tano no pu­do evi­tar sen­tir una gran tris­te­za cuan­do pa­só fren­te al lu­gar que su­po ser el es­ce­na­rio no so­lo de re­creos rui­do­sos, sino tam­bién de fies­tas po­pu­la­res a las que asis­tía to­do el ve­cin­da­rio.

El pas­to lar­go evi­den­cia­ba que ya no ha­bía ni­ños co­rre­tean­do por allí, co­mo los que veía Hi­la­rio a prin­ci­pio de si­glo y los que dis­fru­ta­ban otros maes­tros has­ta ha­ce po­co. El des­cen­dien­te de aquel maes­tro por vo­ca­ción no es otro que el in­ten­den­te de Ce­rro Lar­go, el na­cio­na­lis­ta Sergio Bo­ta­na.

“Sen­tí un gran do­lor cuan­do me en­te­ré de la no­ti­cia y cuan­do pa­so por ahí me vuel­ve a in­va­dir ese sen­ti­mien­to”, di­jo el je­rar­ca. La reali­dad de la es­cue­la 70 de aquel pe­que­ño pue­bli­to de Ce­rro Lar­go no es, ni por aso­mo, ais­la­da. A cau­sa de la fal­ta de alum­nos, en

“Creo que la edu­ca­ción ru­ral tie­ne mu­cho que apor­tar al pien­so de la edu­ca­ción en ge­ne­ral” Ros­sa­na Mon­te­ro MAES­TRA/DI­REC­TO­RA DE LA ES­CUE­LA 7 DE PA­SO DEL BO­TE

“Yo cues­tiono el cie­rre de las es­cue­las. La es­cue­la es el cen­tro so­cial en la cam­pa­ña”

Sergio Bo­ta­na

IN­TEN­DEN­TE DE CE­RRO LAR­GO

la úl­ti­ma dé­ca­da han ce­rra­do en pro­me­dio cin­co es­cue­las ca­da año.

¿ A qué se de­be ese he­cho? A la ya co­no­ci­da (y cre­cien­te) emi­gra­ción del cam­po a la ciu­dad. Las ci­fras son elo­cuen­tes. En

1985, vi­vían en el cam­po 374.154 per­so­nas, 12,7% de la po­bla­ción to­tal. On­ce años más tar­de, en

1996, la ci­fra ya ha­bía des­cen­di­do a 291.686 (9,2%) y en 2011 re­si­dían en zo­nas ru­ra­les so­lo 175.614

(5,3%).

El con­se­je­ro de Pri­ma­ria, Héc­tor Flo­rit, apor­tó otros da­tos que ayu­dan a di­men­sio­nar la cri­sis de la edu­ca­ción ru­ral. “En la dé­ca­da de 1960, te­nía­mos 60 mil alum­nos en las es­cue­las ru­ra­les. Hoy hay 16 mil”, di­jo el je­rar­ca.

Hoy en día hay 1.105 es­cue­las ru­ra­les en Uru­guay, pe­ro el pro­me­dio de alum­nos en ellas es ca­da vez más ba­jo.

De he­cho, hay 24 que tie­ne un úni­co alumno. Otras 42 cuen­tan con tan so­lo dos es­tu­dian­tes, al tiem­po que hay otras 72 con tres asis­ten­tes ( ver Ci­fras).

Las au­to­ri­da­des afir­man que ha­cen to­dos los in­ten­tos por evi­tar el cie­rre de las es­cue­las del in­te­rior pro­fun­do, pe­ro a ve­ces re­sul­ta im­po­si­ble man­te­ner sus puer­tas abier­tas.

“Una es­cue­la cie­rra cuan­do hay ce­ro alumno. Ese es el úni­co cri­te­rio, no hay otro”, di­jo Flo­rit. De he­cho, han man­te­ni­do al­gu­nos cen­tros edu­ca­ti­vos abier­tos sin alum­nos por un pe­río­do bre­ve, en ca­sos en los que sa­ben que hay

un ni­ño en la zo­na que pron­to se­rá ins­cri­to pa­ra es­tu­diar.

A ve­ces, ad­mi­nis­tra­ti­va­men­te, pue­de ser más efi­cien­te dejar las puer­tas abier­tas en vez de ce­rrar to­das las cuen­tas (luz, agua, te­lé­fono) y vol­ver a dar­les de al­ta po­cos me­ses des­pués. “Ha­ce­mos reunio­nes con los ve­ci­nos y un cen­so en la zo­na a ver si hay al­gún ni­ño pró­xi­mo a ha­cer la es­cue­la”, ex­pli­có Flo­rit.

La otra reali­dad

La ca­da vez más evi­den­te fal­ta de alum­nos no es la úni­ca reali­dad de las es­cue­las ru­ra­les hoy. En for­ma si­len­cio­sa, en cen­te­na­res de si­tios per­di­dos en el me­dio del cam­po, ca­da día, tem­prano en la ma­ña­na, lle­ga el maes­tro y es­pe­ra a los alum­nos (o al alumno).

“Aho­ra va­mos a la­var­nos las ma­nos por­que va­mos a co­mer”, les di­jo a los ni­ños Ros­sa­na Mon­te­ro, la di­rec­to­ra de la es­cue­la 7 del pa­ra­je Pa­so del Bo­te, una zo­na ru­ral ubi­ca­da cer­ca de Los Ce­rri­llos, en Ca­ne­lo­nes. Unos mi­nu­tos an­tes, con la pa­cien­cia que so­lo un maes­tro de es­cue­la pue­de te­ner, Mon­te­ro re­co­rría uno a uno los ban­cos de sus alum­nos ayu­dan­do a los es­tu­dian­tes. “Maes­tra, ¿es­tá bien lo que hi­ce?”, le pre­gun­tó una ni­ña pei­na­da con dos co­li­tas lue­go de mos­trar el cua­derno en el que ha­bía di­bu­ja­do una brú­ju­la. “Es­tá muy bien”, res­pon­dió Ros­sa­na con una son­ri­sa en su ros­tro es­te jue­ves, cuan­do El Ob­ser­va­dor con­cu­rrió a la cla­se.

La es­cue­la, que cuen­ta con 15 alum­nos, es­tá re­ple­ta de de­ta­lles que la ha­cen aco­ge­do­ra. Ade­más de su per­fec­ta lim­pie­za, sus pa­re­des pin­ta­das de co­lo­res vi­vos y su her­mo­sa huerta, hay un in­ten­to por­que los ni­ños sien­tan que tie­nen su lu­gar. Con el nom­bre de ca­da uno de ellos ins­cri­to, hay bol­sas de te­las col­ga­das de las pa­re­des en las que los alum­nos pue­den guar­dar sus ma­te­ria­les. A su vez, una co­lo­ri­da car­te­le­ra re­cuer­da sus cum­plea­ños.

La historia de la es­cue­la ya ha atra­ve­sa­do tres si­glos. Co­men­zó sus ac­ti­vi­da­des en 1875, en los tiem­pos de la re­for­ma va­re­lia­na. Des­de en­ton­ces, va­rias ge­ne­ra­cio­nes de las fa­mi­lias de la zo­na han apren­di­do allí.

La zo­na, por la que pa­só Jo­sé Ar­ti­gas jun­to a sus pai­sa­nos en el éxo­do de ca­mino al norte, te­nía a fi­nes del si­glo XIX las con­di­cio­nes per­fec­tas pa­ra con­tar con una es­cue­la. Los cam­pos per­te­ne­cían a Dal­mi­ro Ve­ra­cier­to, una gran per­so­na­li­dad de ese lu­gar. “Ha­bía mu­chí­si­ma gu­ri­sa­da y no ha­bía nin­gu­na es­cue­la en la zo­na”, di­jo la di­rec­to­ra. En­ton­ces, un ve­cino lla­ma­do Ju­lián pres­tó un ran­cho y un ve­cino ilus­tra­do de ape­lli­do Achía co­men­zó a en­se­ñar.

Tiem­po más tar­de, otra ve­ci­na pres­tó un vie­jo gal­pón, que aún es­tá en pie y per­te­ne­ce a la abue­la de una de las alum­nas. En 1912, se cons­tru­yó por pri­me­ra vez una edi­fi­ca­ción pen­sa­da pa­ra ser una es­cue­la y, des­de en­ton­ces, allí hay cla­ses ca­da día. En sus tiem­pos de au­ge, lle­gó a te­ner una ma­trí­cu­la de 120 alum­nos.

A las 12, los ni­ños se sen­ta­ron a la me­sa a al­mor­zar un so­pón con ver­du­ras, fi­deos y car­ne que co­ci­nó Ir­ma, quien tra­ba­ja ha­ce 30 años en la es­cue­la. De pos­tre hu­bo ba­na­nas.

“¿Me pue­do ir a la­var los dien­tes?”, pre­gun­tó una alum­na. “Sí, pe­ro bien ce­pi­lla­di­tos”, le con­tes­tó la maes­tra, en­se­ñan­do el ges­to co­rrec­to con su mano de­re­cha. Po­co des­pués, so­bre las 13, lle­gó la ho­ra de la des­pe­di­da. Uno a uno, la maes­tra sa­lu­dó con be­sos y abra­zos a los alum­nos, hi­jos de tra­ba­ja­do­res de tam­bos, de plan­ta­cio­nes hor­tí­co­las y del fri­go­rí­fi­co Las Piedras. Ros­sa­na de­fen­dió el mo­de­lo de cer­ca­nía que lo­gra con los ni­ños. “Yo tra­ba­jé en Mon­te­vi­deo to­da mi vi­da y ve­nir acá era un desafío. Creo que la edu­ca­ción ru­ral tie­ne mu­cho que apor­tar al pien­so de la edu­ca­ción en ge­ne­ral”, di­jo.

Tras gru­pos más nu­me­ro­sos

A jui­cio de las au­to­ri­da­des de la edu­ca­ción, no es po­si­ti­vo que ha­ya uno o dos ni­ños es­tu­dian­do so­los en una es­cue­la, por­que hay va­rias ex­pe­rien­cias que no lle­gan a vi­vir y eso no es bueno pa­ra su apren­di­za­je. Por ese mo­ti­vo, hay un plan en mar­cha en cua­tro de­par­ta­men­tos (Ta­cua­rem­bó, Ce­rro Lar­go, Pay­san­dú y Ri­ve­ra) en los que se agru­pa a va­rios alum­nos en una úni­ca es­cue­la. Por ejem­plo, los ni­ños de la es­cue­la 44 de Ce­rro Lar­go aho­ra es­tán yen­do a la 60 en un óm­ni­bus. Esa de­ci­sión fue re­sis­ti­da por va­rios pa­dres, quie­nes tu­vie­ron reunio­nes con los je­rar­cas de Pri­ma­ria de la zo­na. Sus ges­tio­nes no tu­vie­ron el éxi­to desea­do. Co­mo se ve­rá, las es­cue­las ru­ra­les co­rren el ries­go de des­apa­re­cer, pe­ro aún hay quie­nes se afe­rran a un sue­ño co­mo aquel que en la dé­ca­da de 1920 so­ñó don Hi­la­rio.

FO­TOS: D. BATTISTE

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