El úl­ti­mo ca­ba­lle­ro

El Observador - - ECONOMÍA Y FINANZAS - DA­NI­LO AR­BI­LLA

El vier­nes 8 mu­rió Ho­ra­cio Agui­rre Ba­ca en su ca­sa de Mia­mi. No fue por huir del hu­ra­cán: con 64 años en el sur de Flo­ri­da si ha­brá vi­vi­do tor­na­dos, llu­vias y vien­tos fuer­tes. Y nin­guno, por cier­to, ni tan fuer­tes ni tan avie­sos co­mo los que en­fren­tó a lo lar­go de su vi­da en de­fen­sa de la li­ber­tad de pren­sa.

En su ca­sa, me di­cen, ha­bía da­do refugio a va­rios ami­gos. Su ge­ne­ro­si­dad no te­nía lí­mi­tes. Sal­vo unas car­tas ori­gi­na­les de Rubén Darío, po­día dar y com­par­tir to­do. Y lo ha­cía con ale­gría y has­ta im­pe­ra­ti­va­men­te.

Ho­ra­cio, lo lla­mo así por­que fui­mos ami­gos du­ran­te 40 años, era un visionario: fun­dó en el sur de Flo­ri­da, en 1953, el pri­mer dia­rio en es­pa­ñol. ¿ Se ne­ce­si­ta al­gu­na prue­ba más pa­ra co­rro­bo­rar que veía un po­co más ade­lan­te que el res­to de sus con­tem­po­rá­neos?

Fue un lu­cha­dor, sin tre­gua y sin cuar­tel, en de­fen­sa de la de­mo­cra­cia, de la li­ber­tad de ex­pre­sión y con­tra las dicta-

Ho­ra­cio Agui­rre Ba­ca era de de­re­chas, ¿y por qué no? Nun­ca se in­mu­tó por ello: de de­re­cha y dog­má­ti­co de­fen­sor de la li­ber­tad. De la li­ber­tad en se­rio, de la li­ber­tad li­bre, en­tién­da­se bien. Uno po­día dis­cre­par con él, ¡y có­mo no!, pe­ro na­die po­día no re­co­no­cer que era un hom­bre to­le­ran­te, res­pe­tuo­so de sus ad­ver­sa­rios y de sus opi­nio­nes; y con un gran don de gen­tes, que de es­to le so­bra­ba

••• ••• du­ras, del signo que fue­ran, y con­tra el co­mu­nis­mo.

Fue de los gran­des de la So­cie­dad In­te­ra­me­ri­ca­na de Pren­sa. Le dio to­do su apo­yo: in­te­lec­tual, de tiem­po y ma­te­rial. La SIP fun­cio­nó mu­cho tiem­po en un edi­fi­co del Dia­rio Las Amé­ri­cas.

¡Dia­rio Las Amé­ri­cas! ¡ Qué gri­fa. Y quien más au­to­ri­za­do pa­ra usu­fruc­tuar­le que al­guien na­ci­do en EEUU, que vi­vió su ni­ñez y ju­ven­tud en Ni­ca­ra­gua, que se asi­ló en Pa­na­má, que vol­vió a EEUU y fun­dó un dia­rio en cas­te­llano, y que re­co­rrió el con­ti­nen­te pe­lean­do pa­ra que la gen­te pue­da sa­ber to­do lo que pa­sa.

Se la ju­gó en Costa Ri­ca, en la Cor­te In­te­ra­me­ri­ca­na de Jus­ti­cia, con­tra la co­le­gia­ción obli­ga­to­ria de los pe­rio­dis­tas y en Pa­rís, en la Unes­co, con­tra el nue­vo or­den in­for­ma­ti­vo in­ter­na­cio­nal. En los dos ca­sos ga­nó. Se lo de­be­mos, to­dos.

De de­re­chas, ¿ y por qué no? Nun­ca se in­mu­tó por ello: de de­re­cha y dog­má­ti­co de­fen­sor de la li­ber­tad. De la li­ber­tad en se­rio, de la li­ber­tad li­bre, en­tién­da­se bien. Uno po­día dis­cre­par con él, ¡ y có­mo no!, pe­ro na­die po­día no re­co­no­cer que era un hom­bre to­le­ran­te, res­pe­tuo­so de sus ad­ver­sa­rios y de sus opi­nio­nes; y con un gran don de gen­tes, que de es­to le so­bra­ba.

Re­cuer­do ver­lo en To­ron­to, en el año 1979, de­par­tir y dis­cu­tir cor­dial­men­te con Sean McB­ri­de, premio No­bel y Le­nin de la Paz, so­bre el in­ten­to de crear “un nue­vo or­den” pa­ra la li­ber­tad de ex­pre­sión.

O con Ga­briel Gar­cía Már­quez. Ho­ra­cio fue de los que tu­vo mu­chas du­das res­pec­to a in­vi­tar­lo a la Asam­blea de la SIP, en Los Án­ge­les, en 1996. La amis­tad en­tre el co­lom­biano y Fi­del le chi­rria­ba, pe­ro ce­dió; “es un mag­ni­fi­co escritor”, ex­pli­có. En la asam­blea en la que Ga­bo ha­bló del “me­jor ofi­cio del mun­do”, se los veía char­lan­do asi­dua­men­te. Ho­ra­cio le ha­cía lle­gar el dia­rio a la ha­bi­ta­ción. “Qué le pa­re­ce el dia­rio?”, le pre­gun­tó una ma­ña­na y el escritor le di­jo con pi­car­día: “Bueno, has­ta me en­te­ré de al­gu­nas no­ti­cias vie­jas”, a lo que Ho­ra­cio le re­pli­có: “Pues de eso se tra­ta, de que te en­te­res”.

Ho­ra­cio era un se­ñor; siem­pre; en to­das las cir­cuns­tan­cias lo era.

Y era ade­más un ele­gan­te y ale­gre ca­ba­lle­ro y un es­tu­pen­do com­pa­ñe­ro de via­je. Con Ho­ra­cio, un con­nais­seur sin du­das, Pa­rís era más Pa­rís. Él se ma­ne­ja­ba a sus an­chas en Ma­xim’s o en un pe­que­ño bistró de un re­co­ve­co del Ba­rrio La­tino o en un ca­fé en un re­pe­cho de Mont­mar­tre, jun­to a la ca­sa don­de Su­san Va­la­don ges­tó, no se es­tá se­gu­ro con quien, a Mau­ri­ce Utri­llo. Él te lo re­se­ña­ba.

Su sa­voir fai­re y sus mo­da­les lo ca­rac­te­ri­za­ban; ja­más en­va­ra­do, aun con su tra­je os­cu­ro y sin aflo­jar­se la cor­ba­ta. Y ni que de­cir ya más deses­truc­tu­ra­do con gua­ya­be­ra; blan­ca y de man­ga lar­ga.

Era ale­gre; con sal y pi­mien­ta lle­ga­do el ca­so, y más cuan­do es­ta­ban jun­tos con He­len, su ama­da es­po­sa y ma­ra­vi­llo­sa mu­jer.

Te­nía es­ti­lo. Era sí, efec­ti­va­men­te, un ca­ba­lle­ro. El úl­ti­mo qui­zá. •

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