FLO­REN­CIA FRAN­CO

Seisgrados - - Contenido -

So­bre la ru­ta que co­nec­ta Fray Ben­tos con Mon­te­vi­deo es­tá el pue­blo San­ta Ca­ta­li­na. Las ca­sas ba­jas, las ca­lles de tie­rra, la vía so­bre la que cre­ce la ma­le­za. Aquí tam­bién la vi­da se abre pa­so y la fuer­za de las mujeres su­pera la iner­cia del tiem­po que pa­re­ce de­te­ni­do. El pre­mio Pue­blo Tu­rís­ti­co del Mi­nis­te­rio de Tu­ris­mo —que in­clu­ye in­cen­ti­vo mo­ne­ta­rio y ase­so­ra­mien­to téc­ni­co y hu­mano—, ob­te­ni­do en 2014, nu­cleó los pro­yec­tos de un gru­po de mujeres de campo. Ca­da sue­ño, ca­da lu­cha co­ti­dia­na con­si­guió hil­va­nar­se con el de la otra y así un círcu­lo vir­tuo­so em­pe­zó a ro­dar y a avan­zar. Y con ellas el pue­blo, que co­men­zó la­ván­do­se la ca­ra y sa­can­do a re­lu­cir sus me­jo­res ro­pas pa­ra re­ci­bir a los tu­ris­tas y via­je­ros. El pun­to neu­rál­gi­co fue la vieja es­ta­ción de fe­rro­ca­rril que otro­ra di­na­mi­zó el de­sa­rro­llo del pe­que­ño pue­blo y su pro­duc­ción. Cen­tro pa­ra even­tos, res­tau­ran­te oca­sio­nal, lu­gar de en­cuen­tros y tes­ti­mo­nio en pie de una par­te de la his­to­ria del pue­blo, hoy lu­ce com­ple­ta­men­te lleno de vi­da, re­no­va­do pa­ra de­lei­te de los vi­si­tan­tes y lo­ca­les. So­fía es hoy la due­ña de la Es­tan­cia San­ta Ca­ta­li­na, una vieja ca­so­na que vie­ra na­cer el pa­go ha­ce más de un si­glo. Ro­dea­da de un jar­dín de plan­tas au­tóc­to­nas y flo­res de to­do ti­po, es­pe­ra a sus vi­si­tan­tes en­vuel­ta en su chal, pa­ra ser­vir­les un ex­qui­si­to té con tor­tas y en­se­ñar­les al­gu­nos ru­di­men­tos de jar­di­ne­ría. Ka­ren es que­se­ra. Des­de ha­ce años co­mien­za su jor­na­da con el or­de­ñe a las 4 a.m. Pa­ra las 7, los que­sos es­tán en la pren­sa, las va­cas en el campo y la ni­ña en pie pa­ra ir rum­bo a la es­cue­la. Sus ojos ce­les­tes co­mo el cie­lo y pí­ca­ros co­mo los de una ni­ña se hu­me­de­cen al con­tar que cuan­do su ma­ri­do no es­tá ella rei­na y de­ci­de so­bre su te­rri­to­rio: el tam­bo. Te­re­si­ta es maes­tra, pe­ro tam­bién do­mi­na el ce­re­mo­nial. Do­ra pin­ta y en­se­ña en su ate­lier. Ma­rie­la es la guía y ofre­ce hos­pe­da­je en su ca­sa. To­das sue­ñan hoy de la mano. Por­que las mujeres en círcu­lo pue­den con­ju­rar cual­quier mie­do o cual­quier de­seo. Pue­den he­chi­zar la reali­dad y con­ven­cer­la de tra­ba­jar pa­ra ellas, crear­la, ami­gar­se con ella, acep­tán­do­la y trans­for­mán­do­la a la vez.

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